LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN. UN ENSAYO SOBRE LA TONTERÍA

Cada vez encuentro menos argumentos que me animan a poder razonar sobre el comportamiento de esta sociedad, la catalana en su conjunto y, por ende, de su clase dirigente. El “problema catalán” no se ha resuelto y, sin duda, ya podemos certificar que la puesta en marcha del artículo 155 de la Constitución, tal como se planteó, ha sido un fracaso al no conseguir calmar las ansias independentistas. Sin embargo, visto lo vivido, conviene reflexionar que, aunque el pasado no nos va a decir que es lo que vamos a hacer, por el contrario, si nos ha demostrado que es lo que debemos evitar.

Algunos intuimos que la amenaza de ruptura del Estado va aumentando, no por la fortaleza de los separatistas, sino por la debilidad y desunión de los Partidos constitucionalistas que recordemos, tienen como máxima responsabilidad la defensa de su integridad política y territorial. En definitiva, la conspiración para la consecución de un golpe de Estado sigue latente a los ojos de los perplejos ciudadanos que observamos cómo se manipulan instituciones y medios de comunicación en pro de un objetivo, la ruptura con el régimen democrático establecido.

Vemos con resignación que buena parte de la clase política dirigente catalana está fracasando tanto en sus objetivos como en sus métodos, generando una frustración creciente en la ciudadanía de imprevisibles consecuencias. Todo ello alentado por un discurso xenófobo e incendiario del nuevo títere de Puigdemont apoyado por los “progres cuperos”. Este personaje, sencillamente se muestra resuelto a imponer sus opiniones, no quiere dar razones ni quiere tener razón, es lo que alguien denominó La razón de la sin razón. Decía el pensador francés Anatole France que: “Un necio es mucho más funesto que un malvado; porque el malvado descansa algunas veces, el necio jamás”. Todo un ensayo sobre la tontería.

Pienso que estaremos todos y todas de acuerdo que en política no todo vale; por tanto, no se puede ser condescendiente ni darle el mínimo privilegio a alguien que desacredita al menos a una parte de la sociedad y a una institución que tanto ha costado a todos construir. Estamos hoy en día sino lo remediamos como sociedad más cerca de perder la Generalitat que de ganar la independencia.

Los esfuerzos por el dialogo del nuevo ejecutivo socialista deben pues continuar en el sentido integrador y no excluyente. Hoy en día no hay otro camino razonable que seguir porque, compañeros, no debemos olvidar que España se construyó mediante un vasto sistema de incorporación y, en esta, la fuerza tiene un carácter secundario, no esencial. La pregunta entonces que debemos hacernos es ¿Qué puede interesar a esa parte de la sociedad catalana que ha decidido romper lazos con el resto?… La respuesta no es fácil, al menos en este Consell no he encontrado propuestas que alienten una solución a corto plazo. Sin embargo, escuchad lo que dicen al respecto personas que se encontraron en la misma tesitura que nosotros. El poder que verdaderamente impulsa y nutre nuestra nación se basa en un proyecto sugestivo de vida en común, por tanto, debemos rechazar toda interpretación estática de la convivencia nacional y entenderla dinámicamente. Recordemos que no viven juntas las personas porque sí; esa cohesión a priori solo existe en la familia. Los ciudadanos catalanes, españoles, que integramos un Estado, una nación, no convivimos por estar juntos sino para hacer algo juntos; por tanto, sigamos en esta línea.

En Cataluña formamos parte de dos sociedades cada día más separadas, como ha manifestado recientemente el ex presidente Montilla, en que cada una de ellas deja de sentirse a sí misma como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás. Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos “oprimidos” por el resto de España, cuando la situación privilegiada de la que gozan es tan evidente que, a primera vista, esa queja llega a lo grotesco. Desafortunadamente, cuando parte de una sociedad degenera hasta el punto de caer en un estado de espíritu como el descrito, son inútiles razonamientos y predicación. Su enfermedad consiste precisamente en que no quiere dejarse influir, en que no está dispuesta a la humilde actitud de escuchar. Cuánto más se la quiera adoctrinar, más herméticamente cerrará sus oídos y con mayor violencia pisoteará a los predicadores. Nuestra generación debe hacer frente a los retos que cíclicamente nos envuelve en la confrontación y el desánimo y nos exige de nuevo defender los intereses de esta sociedad que algunos quieren fragmentar. Es necesario por lo tanto que superemos con optimismo la “conllevancia” llevada hasta ahora entre las dos formas de pensar y sin ninguna solución final. Debemos recuperar la llamada “opinión pública”, pues es la fuerza radical que en nuestra sociedad produce el fenómeno de mandar, en definitiva, gobernar. Ese es el camino que debemos seguir y no aquel que describió perfectamente Tayllerand cuando indicó a Napoleón: “Con las bayonetas, sire, se puede hacer todo menos una cosa: sentarse sobre ellas”. Gobernar no es gesto de arrebatar el poder, sino tranquilo ejercicio de él.

Llegados a este punto creo que, si la sociedad catalana en su conjunto quiere corregir su suerte y lanzarse de nuevo a una ascensión histórica, tiene que cortar en lo más hondo de sí misma esa radical perversión de los instintos sociales. Debemos superar el particularismo que genera aquel estado de espíritu en que creemos no tener por qué contar con los demás, unas veces por excesiva estimación de nosotros mismos, otras por excesivo menosprecio del prójimo. Es ahí donde perdemos la noción de nuestros propios límites y comenzamos a sentirnos como todos, independientes. Cataluña y España en su conjunto se formarán y vivirán de tener un programa para mañana: un objetivo común.         No es necesario, ni importante, que las partes de un todo social coincidan en sus deseos y sus ideas; lo necesario y sustancial es que tanto los catalanes que quieren romper, como los que queremos convivir conjuntamente, en cierto modo vivamos las inquietudes de unos y de otros. En 1992 tuvimos la experiencia de la que estoy hablando. Las Olimpiadas en Barcelona tuvieron éxito porque todos, ambas sociedades, teníamos un objetivo común y por eso tenía que salir bien. Por el contrario, la pérdida de la capitalidad de la Agencia Europea del Medicamento en Barcelona, así como el dudoso éxito de los recientes juegos del Mediterráneo celebrados en Tarragona nos ha demostrado lo inverso. Busquemos todos, la clase política los primeros, nuevos objetivos que interesen a todos en su conjunto y de nuevo seremos grandes como sociedad y como individuos. Esta es nuestra propuesta.

sábado, 14 de Julio del 2018

Eduardo Valencia Hernán, Doctor en Historia y miembro de Ágora Socialista.

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