El día de mañana. Una solución al problema catalán

No piensen ustedes, queridos lectores, que lo que van a encontrar a continuación hace referencia a situaciones e ideas catastrofistas con referencias bíblicas que se ciernen sobre Cataluña. Simplemente trato de corroborar la constante involución política que sufrimos con una sociedad rota y cada vez más dividida entre buenos y malos, entre “indepes” o “españolistas”, según a quien se pregunte.

En Cataluña se gobierna con el amparo del Gobierno de la Nación desde octubre del 2017 bajo los auspicios del artículo 155 de la Constitución Española con el objetivo de preservar el statu quo legal y civil en España. En todo este tiempo, hemos visto de todo, hasta llegar a hacer el ridículo según palabras de un antiguo expresidente de la Generalitat. Incluso, hemos contemplado situaciones que rozan lo esperpéntico. Así pues, nos encontramos de nuevo, tras ocho agotadores meses, en la casilla de salida y en manos de un colectivo minoritario anarco nacionalista que ha decidido que la amargura, el desaliento y la “mala leche” deben continuar entre nosotros. Si señores, todo se ha resuelto en una reunión asamblearia de la CUP en un pueblo histórico de la provincia de Lleida, Cervera. Un municipio de la Cataluña profunda, que no solo es conocido como el lugar donde nació nuestro ídolo actual, Marc Márquez, sino como una de las ciudades que optaron con aliarse con el Rey Felipe V en la tan denostada Guerra de Sucesión Española. Casualidades de la historia.

La propuesta es nombrar o no a un gobernante títere, según sus propias reflexiones. Un diputado del Parlament de Catalunya que hasta hoy la mayoría de nosotros no conocíamos ni su nombre, y que su único mérito, que no es poco, dado los tiempos que corren, es ofrecer su lealtad y vasallaje al príncipe destronado por un rey borbón. Eso sí, con la jubilación perpetua como prebenda ¿Verdad que suena a alucinante? De momento no hay solución, solo queda esperar. Por eso, mientras tanto, prefiero ser más productivo y positivo en la búsqueda de una solución que nos indique la salida a este bucle enfermizo que nos agota.

Sin duda, todos estamos de acuerdo en que el “problema catalán” sigue vigente y que el artículo 155 de la Constitución, tal como se planteó, no ha sido suficiente como era de esperar para calmar las ansias independentistas. Es más, la crispación se va transformando en grosería, vía tuits, etc., ante la indiferencia de las partes beligerantes en el Parlament que ya ni se hablan ni se entienden.

Por otro lado, el Gobierno de la Nación sigue encallado en no arriesgar en su acción política encubriéndose con una justificación judicial que ya no da más de sí y con la aquiescencia de una débil oposición preocupada más por sus problemas internos que no por ir todos juntos con un mensaje unitario de lealtad al Estado y a la ciudadanía que les refrenda. En conclusión, la intervención del Estado en la Generalitat ha sido un fracaso más bien por su “proporcionalidad” que no por su legalidad. Mientras tanto, el Gobierno, como si de un juego se tratara, está por la labor de renunciar a su máxima responsabilidad institucional accediendo a los caprichos y el chantaje de las minorías nacionalistas para conseguir la aprobación de los presupuestos del Estado.

Algunos intuimos que la amenaza de ruptura del Estado va aumentando, no por la fortaleza de los nacionalistas, sino por la debilidad de los Partidos Constitucionalistas que tienen como máxima responsabilidad la defensa de su integridad política y territorial. En definitiva, la conspiración para la consecución de un golpe de Estado sigue latente a los ojos de los perplejos ciudadanos que observamos cómo se manipulan instituciones y medios de comunicación en pro de un objetivo, la ruptura con el régimen democrático establecido.

Vemos con resignación que la clase política catalana ha fracasado tanto en sus objetivos como en sus métodos, generando una frustración en la ciudadanía de imprevisibles consecuencias. El discurso incendiario del nuevo títere de Puigdemont apoyado por los “cuperos” ha colmado el vaso de mí paciencia. Creo que en política no todo vale, por tanto, no se puede ser condescendiente ni darle el mínimo privilegio a alguien que desacredita al menos a una parte de la sociedad y a una institución que tanto ha costado a todos construir. Lo de Molt Honorable se gana, no se otorga. Ya lo dijo Felipe González. “Están más cerca de perder la Generalitat que de ganar la independencia”. No obstante, y a la espera del día de mañana, no debemos olvidar que España se construyó mediante un vasto sistema de incorporación y, en esta, la fuerza tiene un carácter secundario, no esencial. El poder que verdaderamente impulsa y nutre nuestra nación se basa en un proyecto sugestivo de vida en común, por tanto, debemos rechazar toda interpretación estática de la convivencia nacional y entenderla dinámicamente. Recordemos que no viven juntas las personas porque sí; esa cohesión a priori solo existe en la familia. Los ciudadanos que integran un Estado, una nación, no conviven por estar juntos sino para hacer algo juntos; por tanto, sigamos en esta línea.

El concepto de España como nación no se hizo desde dentro, sino desde fuera. Solo una acertada política internacional, política de magnas empresas, hizo posible una fecunda política interior. Así pues, la unidad española creada hace cinco siglos, fue el resultado de la unificación de las dos grandes políticas internacionales que a la sazón había en la península, la Corona de Castilla y la de Aragón. Por lo tanto, fue hecha para intentarla.

Ahora, en pleno Siglo XXI parece que volvemos de nuevo a lo que Ortega y Gasset denominó como “particularismo” que es la manifestación más acusada del estado de descomposición social en que nos encontramos. Dos sociedades cada día más separadas, como ha manifestado recientemente el expresidente Montilla, en que cada una de ellas deja de sentirse a sí misma como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás. Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos “oprimidos” por el resto de España, cuando la situación privilegiada de la que gozan es tan evidente que, a primera vista, esa queja llega a lo grotesco. No obstante, a quien le interese no tanto, juzgar a las gentes, como entenderlas, debería importarle más notar que ese sentimiento para ellos es sincero, por muy injustificado e irracional que sea. Se trata de algo puramente relativo, veamos. El hombre condenado a vivir con una mujer a quien no ama siente las caricias de esta como un irritante roce de cadenas. Así, aquel sentimiento de opresión, injustificado en cuanto pretende reflejar una situación objetiva, es síntoma verídico del estado subjetivo en que Cataluña y el País Vasco se hallan. Si esto lo hemos llegado a entender, entonces debemos llegar a la conclusión de que quien desee que España entre en un periodo de consolidación, deberá contar con los demás y aunar fuerzas. Desafortunadamente, cuando parte de una sociedad degenera hasta el punto de caer en un estado de espíritu como el descrito, son inútiles razonamientos y predicación. Su enfermedad consiste precisamente en que no quiere dejarse influir, en que no está dispuesta a la humilde actitud de escuchar. Cuánto más se la quiera adoctrinar, más herméticamente cerrará sus oídos y con mayor violencia pisoteará a los predicadores. Entramos en una etapa donde la ausencia de los mejores (políticos, economistas, filósofos) o, cuando menos, su escasez, actúa sobre toda nuestra historia e impide que seamos nunca una nación suficientemente normal, como lo han sido las demás nacidas de similares condiciones.

Nuestra generación debe hacer frente a los retos que cíclicamente nos envuelve en la confrontación y el desánimo y nos exige de nuevo defender los intereses de esta sociedad que algunos quieren fragmentar. Es necesario por lo tanto que superemos con optimismo la “conllevancia” llevada hasta ahora entre las dos formas de pensar y sin ninguna solución final.

Llegados a este punto creo que si la sociedad catalana en su conjunto quiere corregir su suerte y lanzarse de nuevo a una ascensión histórica, tiene que cortar en lo más hondo de sí misma esa radical perversión de los instintos sociales. Debemos superar el particularismo que genera aquel estado de espíritu en que creemos no tener por qué contar con los demás, unas veces por excesiva estimación de nosotros mismos, otras por excesivo menosprecio del prójimo. Es ahí donde perdemos la noción de nuestros propios límites y comenzamos a sentirnos como todos, independientes. Las naciones se forman y viven de tener un programa para mañana: un objetivo común. No es necesario, ni importante, que las partes de un todo social coincidan en sus deseos y sus ideas; lo necesario y sustancial es que tanto los catalanes que quieren romper, como los que queremos convivir conjuntamente, en cierto modo vivamos las inquietudes de unos y de otros. En 1992 tuvimos la experiencia de la que estoy hablando. Las Olimpiadas en Barcelona tuvieron éxito porque todos, ambas sociedades, teníamos un objetivo común y por eso tenía que salir bien. Por el contrario, la pérdida de la capitalidad de la Agencia Europea del Medicamento en Barcelona nos ha demostrado lo inverso. Busquemos entonces nuevos objetivos que interesen a todos en su conjunto y de nuevo seremos grandes como sociedad y como individuos.

Mayo del  2018

Eduardo Valencia. Doctor en Historia Contemporánea y miembro del Consell Nacional del PSC.

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