Diciembre 21. Del frío solsticio catalán a una apuesta por la esperanza

El ritmo es imparable, casi agotador. Tras un verano lleno de incertidumbres sobre el futuro de Cataluña; por fin, el miércoles 6 de septiembre, el gobierno catalán, títere de la ANC, se decide a dar el paso definitivo en su camino a ninguna parte aprobando las dos leyes de desconexión con el estado de derecho y con la Constitución española. En definitiva, un golpe de estado encubierto. A partir de entonces todos hemos padecido en algún modo el síndrome provocado por la incertidumbre y el descontrol social marcados por el simulacro de “referéndum” del 1 de octubre pasado y la DUI un mes más tarde. Un gélido cambio de ciclo en la política catalana y española.

El Estado, perplejo ante la consumación de los hechos difícilmente creíbles, no ha tenido más remedio que llevar a trámite, previa autorización del Senado, el artículo 155 de la Constitución española. Una herramienta que concede al Gobierno amplios poderes para intervenir la Generalitat de Cataluña en la medida más conveniente para el interés general.

Como si de un juego se tratara, el Gobierno de la nación, bajo grandes presiones de los principales partidos de la oposición y de parte de la minoría nacionalista necesaria para la aprobación del presupuesto del Estado, propone una solución transitoria anunciando nuevos comicios autonómicos con la esperanza de volver a la normalidad social y política ¡Craso error! La cita es el 21 de Diciembre del 2017 y nuevamente la maquinaria electoral se pone en marcha intentando hacer olvidar a la ciudadanía el fracaso y la ineptitud de una clase política privilegiada que ha estado a punto de romper los lazos afectivos de una sociedad mestiza que durante décadas se han ido conformando en Cataluña.

Sin duda, algo ha cambiado tras la implantación del tan denostado artículo, aunque en lo sustancial continuamos en la inmovilidad con la esperanza de un cambio de actitud en el sector soberanista. Quizás a esta propuesta le sobre ingenuidad, algo comparable a la poca visión de futuro que se está instalando en el bloque llamado “constitucionalista” y en el socialismo catalán. Dicho esto, solo les invito que compartan conmigo algunas reflexiones referidas al “problema catalán” que den sentido y ofrezcan una salida al bucle en que nos encontramos con el deseo de que no esperen de mí respuestas tan contundentes como la que utilizan últimamente algunos políticos dando a entender que la solución pasa por ellos.

Hace más de un siglo que el filósofo español José Ortega y Gasset comparaba como si de una repetición se tratara, la creación, el progreso y la decadencia del pueblo romano como un buen ejemplo a seguir al encontrar cierta similitud con nuestra realidad histórica como sociedad y como país. Roma es, pues, la única trayectoria completa de organismo nacional que conocemos con un principio y un fin. La historia de toda nación, y sobre todo de la nación latina, es un vasto sistema de incorporación y, en esta, la fuerza tiene un carácter adjetivo. La potencia verdaderamente sustantiva que impulsa y nutre el proceso es siempre un dogma nacional, un proyecto sugestivo de vida en común, por lo tanto, dice Ortega, debemos rechazar toda interpretación estática de la convivencia nacional y entenderla dinámicamente. No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí; esa cohesión a priori solo existe en la familia. Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos sino para hacer algo juntos. Por supuesto que el concepto de lo que conocemos como España es una cosa hecha por Castilla porque si hubieran sido los catalanes y vascos los forjadores de esa unión, habrían dejado la península convertida en una pululación de mil cantones; por eso, el concepto de España como nación no se ha hecho desde dentro, sino desde fuera. Solo una acertada política internacional, política de magnas empresas, hizo posible una fecunda política interior. La unidad española fue, ante todo y sobre todo, la unificación de las dos grandes políticas internacionales que a la sazón había en la península. Los españoles nos juntamos hace cinco siglos para emprender una Weltpolitik: la unidad de España fue hecha para intentarla.

Todos los que nos dedicamos a estudiar el pasado histórico y la evolución de nuestro pueblo conocemos que tras un periodo de expansión territorial  y cultural casi inacabable en el mundo occidental conocido, llegó el largo letargo de la decadencia que acabó con la pérdida irreparable de los territorios extra peninsulares y que continua desde finales del siglo XIX con la ruptura interior de la sociedad española en su conjunto. Las guerras carlistas y la guerra civil española han sido un claro ejemplo de ello.

Ahora nos encontramos en pleno Siglo XXI y, tras lo aprendido, no conviene que cometamos los mismos errores de antaño en la creencia de que para combatir y responder al separatismo o a los movimientos de secesión étnica y territorial debemos actuar mediante la persecución de sus ideas, sus organizaciones y sus hombres. Al principio en la época expansiva de los Austrias, el proceso incorporativo de sociedades y pueblos diferenciados consistió en una faena de totalización; o sea, los grupos sociales que eran todos aparte quedaban integrados como partes de un todo. Posteriormente, en la decadencia se desarrolló el proceso inverso, el de la desintegración: las partes del todo comienzan a vivir como todos aparte. A este fenómeno histórico lo denomina Ortega como “particularismo” que es la manifestación más acusada del estado de descomposición en que cae nuestro pueblo. La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás. Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos “oprimidos” por el resto de España, cuando la situación privilegiada de la que gozan es tan evidente que, a primera vista, esa queja llega a lo grotesco. No obstante, a quien le interese no tanto, juzgar a las gentes, como entenderlas, debería importarle más notar que ese sentimiento para ellos es sincero, por muy injustificado e irracional que sea. Se trata de algo puramente relativo, veamos. El hombre condenado a vivir con una mujer a quien no ama siente las caricias de esta como un irritante roce de cadenas. Así, aquel sentimiento de opresión, injustificado en cuanto pretende reflejar una situación objetiva, es síntoma verídico del estado subjetivo en que Cataluña y el País Vasco se hallan. Si esto lo hemos llegado a entender, entonces debemos llegar a la conclusión de que quien desee que España entre en un periodo de consolidación, deberá contar con los demás, aunar fuerzas y, como decía el filósofo francés Ernest Renan,”excluir toda exclusión”.

Entonces, aceptando estos términos, debemos entender como nación a una masa humana organizada, estructurada por una minoría de individuos selectos, los aristócratas de los que hablaban los griegos. Desafortunadamente, la enfermedad española es más grave que la conocida “inmoralidad pública”. Peor que tener una enfermedad es ser una enfermedad. Que una sociedad sea inmoral, tenga o contenga inmoralidad, es grave; pero que una sociedad no sea una sociedad, es mucho más grave. Pues bien, éste es nuestro caso. La sociedad española se está disociando desde hace largo tiempo porque tiene infectada la raíz misma de la actividad socializadora.

Nuestra gente parte de un estado de espíritu inverso a éste: la sospecha de que alguien pretenda entender de algo un poco más que él, le pone fuera de sí. Dondequiera asistimos al deprimente espectáculo de que los peores, que son los más, se revuelven frenéticamente contra los mejores. ¿Cómo va a ver organización en la política española, si no la hay ni siquiera en las conversaciones? España, dice Ortega, se arrastra invertebrada, no ya en su política, sino, lo que es más hondo y sustantivo que la política, en la convivencia social misma. No hay ruta posible para salir de tal situación, porque, negándose la masa a lo que es su biológica misión, o sea, a seguir a los mejores, no acepta ni escucha las opiniones de éstos, y solo triunfan en el ambiente colectivo las opiniones de la masa, siempre inconexas, desacertadas y pueriles.

Cuando la masa nacional degenera hasta el punto de caer en un estado de espíritu como el descrito, son inútiles razonamientos y predicación. Su enfermedad consiste precisamente en que no quiere dejarse influir, en que no está dispuesta a la humilde actitud de escuchar. Cuánto más se la quiera adoctrinar, más herméticamente cerrará sus oídos y con mayor violencia pisoteará a los predicadores. Para sanar será preciso que sufra en su propia carne las consecuencias de su desviación moral. Así ha acontecido siempre. El dolor y el fracaso crean en las masas una nueva actitud de sincera humildad que les hace volver la espalda a todas aquellas ilusiones y teorías anti aristocráticas. Cesa el rencor contra la minoría eminente y se reconoce la necesidad de su intervención específica en la convivencia social. De esa suerte, aquel ciclo histórico se cierra y vuelve a abrirse otro. Comienza un periodo en el que se va a formar una nueva aristocracia. Y en eso estamos ahora.

En definitiva, la ausencia de los mejores (políticos, economistas, filósofos) o, cuando menos, su escasez, actúa sobre toda nuestra historia y ha impedido que seamos nunca una nación suficientemente normal, como lo han sido las demás nacidas de similares condiciones. Nietzsche sostenía, con razón, que en nuestra vida influyen no solo las cosas que nos pasan, sino también, las que no nos pasan.

De nuevo nuestra generación debe hacer frente a los retos que cíclicamente nos envuelve en la confrontación y el desánimo. Es el momento de defender los intereses de esta sociedad que algunos quieren fragmentar. Es necesario que superemos con optimismo la “conllevancia” llevada hasta ahora entre las dos formas de pensar y sin ninguna solución final porque sabemos que la misma sociedad en su conjunto sabrá encontrar a nuevos interlocutores, los mejores. Esos que hasta hoy la misma sociedad rechaza y, sin saber aprovecharlos, a menudo los aniquila. Si la sociedad española en su conjunto quiere corregir su suerte y lanzarse de nuevo a una ascensión histórica, tiene que cortar en lo más hondo de sí misma esa radical perversión de los instintos sociales. Debemos superar el particularismo que genera aquel estado de espíritu en que creemos no tener por qué contar con los demás. Unas veces por excesiva estimación de nosotros mismos, otras por excesivo menosprecio del prójimo. Es ahí donde perdemos la noción de nuestros propios límites y comenzamos a sentirnos como todos, independientes.

No es el ayer, compañeros, y lo digo en unos momentos tan significativos como los que estamos contemplando, lo decisivo para que Cataluña y España en su conjunto existan tal como son. Este error nace de buscar en la familia, en la comunidad nativa, previa, ancestral, en el pasado, el origen del Estado. Las naciones se forman y viven de tener un programa para mañana, un objetivo común. No es necesario,  ni importante, que las partes de un todo social coincidan en sus deseos y sus ideas; lo necesario y sustancial es que tanto los catalanes que quieren romper, como los que queremos convivir conjuntamente, en cierto modo vivamos las inquietudes de unos y de otros. No convivimos en sociedad para estar juntos sino para hacer algo juntos. En definitiva, no habrá solución sino encontramos un objetivo común entre todos. Un objetivo donde, dentro de nuestras diferencias, nos encontremos cómodos sin renunciar a nuestra razón de ser basada en la igualdad y la justicia social que nos hemos dado. Busquemos ese objetivo que nos una y de nuevo seremos grandes como sociedad y como individuos.

Volviendo a la realidad, todo estará dispuesto por ambas partes, Gobierno del Estado y Govern de la Generalitat cuando se constituya, para dilucidar un envite que a decir de todos, no conviene a nadie. Entramos pues en el periodo donde las hojas de ruta están destinadas a efectuar sus movimientos para escarnio del contrario. Las preguntas sobre lo que va  a pasar y cuáles van a ser sus consecuencias se repiten constantemente entre la masa social expectante por ambos bandos. Incluso algunos, como profetas ilustrados, se atreven a predecir el futuro a corto y a largo. Desafortunadamente, lo único que prevalece cada vez con más insistencia es la unanimidad social de percibir con rechazo a los políticos. Difícil tarea nos queda tanto a ellos como a los que convivimos cerca de ellos si cada vez que abrimos la boca o intentamos comunicarnos con algo que no sea un WhatsApp o un Twitter, se nos ningunea intelectualmente como algo despreciable tanto para la masa social como para la mal llamada “clase política”. Eduardo Valencia es Presidente de Ágora Socialista y miembro del Consell Nacional del  PSC.

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