La singularidad ‘nacional’ de Cataluña

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La visión de la realidad española está deformada por la inmensa falsificación separatista, jamás combatida desde las instituciones.

2016-12-23 Artículo de Jesús Lainz

Por el momento son sólo frases, mensajes cortos, medias palabras, anticipos. Pero, dada la experiencia sufrida por los españoles desde que Suárez empezó a alzarse las enaguas ante los separatistas, alzamiento agravado paulatinamente, sin excepción, por Calvo-Sotelo, González, Aznar, Zapatero y Rajoy, nada bueno debemos esperar de los déspotas iletrados que desgobiernan desde Moncloa de espaldas a los españoles y en contra de la voluntad hasta de sus votantes.

Se habla de distensión, de consenso, de inexistencia de límites para el diálogo, de benevolencia judicial con quienes llevan años cometiendo todo tipo de delitos, de “gestos” con la lengua catalana –cuando la perseguida en Cataluña es la española–, de reforma constitucional para mimarles un poco más, de que algo habrá que conceder, de que alguna razón tendrán…

Siguen nuestros gobernantes sin comprender que el separatismo no está provocado por un problema de fondo del que los separatistas serían consecuencia, sino que son ellos los creadores de un problema, antes inexistente, mediante su paciente operación de lavado de cerebro masivo, eficaz tanto en Cataluña como en el resto de España e incluso más allá de nuestras fronteras, como veremos a continuación. Y también siguen sin comprender que, tras la primera siembra efectuada por Jordi Pujol, el español ejemplar, los que han regado generosamente el terreno han sido los gobernantes de Madrid. Gobernantes que, en un Estado de Derecho de verdad, hace ya muchos años que habrían pasado por los tribunales para responder por sus continuos incumplimientos de la ley, Constitución incluida.

Pero, ya que tan convencidos están de esa singularidad catalana que parece exigir que los españoles estemos perpetuamente dando la razón a los separatistas hasta el punto de incumplir, reformar y reinventar Constituciones para satisfacerles, plantearemos aquí una sencilla cuestión con la vana esperanza de obtener respuesta.

El Instituto Geográfico De Agostini publica desde hace ciento doce años su prestigioso Calendario Atlante, informadísimo atlas socioeconómico con información actualizada de todos los países del mundo. Como dato inicial apuntaremos que España queda dividida en los siguientes “grupos étnicos”: españoles (74,4%), catalanes (16,9%), gallegos (6,4%) y vascos (1,6%). Ya desde el principio sorprende la facilidad con la que se identifica lo castellano –para ser precisos, las provincias monolingües– con lo español, quedando el resto excluido de dicha categoría.

Pero lo más interesante proviene de la comparación con otros países. Alemania, por ejemplo, queda dividida étnicamente entre un 92% de alemanes y el resto subdividido entre ciudadanos de otras nacionalidades presentes en suelo alemán, es decir, la población emigrante (turcos, yugoslavos, italianos, griegos, etc). No se considera a prusianos, sajones, renanos o bávaros como grupos diferenciables, a pesar de sus muy notables diferencias históricas, dialectales, culturales y religiosas, muchas de ellas mayores que las existentes entre las regiones españolas. Para empezar, la gran línea divisoria, de medio milenio de antigüedad, entre católicos y protestantes. Y continuando con el hecho de que no conformaron una unidad política hasta hace ciento cuarenta años, tras una guerra entre bávaros y prusianos en 1866, algo inimaginable en España.

En el Reino Unido pasa lo mismo: los grupos étnicos a considerar están definidos por el color de la piel: un 92% de blancos en contraste con los grupos extraeuropeos (hindúes, negros y pakistaníes). No se menciona ni a galeses ni a escoceses, naciones reconocidas constitucionalmente y de personalidad histórica, étnica y lingüística indudablemente no menor que la que gallegos, vascos y catalanes tienen en relación con el conjunto de España.

Lo mismo sucede con Italia, donde no se hace matiz alguno entre tiroleses, sardos, piamonteses, lombardos y sicilianos, a todos los cuales se considera igualmente italianos sin atender a las divisiones históricas, culturales y lingüísticas, mucho más numerosas y profundas que las existentes en España. ¿Por qué las zonas lingüísticas italianas, de enorme contraste, no son consideradas constituyentes de entidades étnicas singularizables, mientras que en España sí? ¿Por qué los vascos, mayoritariamente hispanohablantes, son considerados distintos de los españoles y los sudtiroleses, mayoritariamente germanohablantes, no son considerados distintos de los italianos? ¿Por qué los catalanohablantes de España son considerados étnicamente distintos y los de Cerdeña no? ¿Cuál es la causa de esta sorprendente diferencia de criterios?

Y, finalmente, el caso más cercano y de contradicción más evidente: Francia. Porque la población francesa queda dividida, una vez más, entre un 93% de franceses y el resto repartido entre argelinos, senegaleses, cameruneses, marroquíes, turcos, españoles, portugueses, italianos y otros. Es decir, que las únicas divisiones étnicas rastreables en suelo galo son las referidas a los emigrantes extranjeros. No se menciona ni a corsos ni a normandos ni a bretones ni a gascones ni a provenzales ni a alsacianos, de peculiaridades culturales y lingüísticas no menores que las existentes en España.

Pero lo más sorprendente de todo es que los vascofranceses y los catalanofranceses no son considerados constituyentes de una unidad étnica diferenciada en el conjunto de Francia, mientras que los vascoespañoles y los catalanoespañoles sí.

¿Por qué?

Como ningún responsable político dará nunca ninguna respuesta, la daremos nosotros: porque la visión de la realidad española está deformada por la inmensa falsificación separatista, jamás combatida desde las instituciones.

Por eso se la han tragado sin rechistar los catalanes, los españoles –empezando por sus ignorantísimos políticos– y los extranjeros.

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