El tam-tam del victimismo

  • Más allá de crisis coyunturales, los catalanes de hoy son más iguales a los demás españoles que nunca antes en la historia de nuestra península. El historial de renta por comunidades a lo largo de la democracia informa de un estrechamiento sostenido de la brecha económica entre un catalán y un andaluz, por ejemplo, o incluso del ‘sorpasso’ per cápita del madrileño. Y eso es difícil de digerir para el que siempre se sintió especial. Mucho se ha repetido desde que lo descubrió un profesor que tuvo Juaristi, pero lo diremos una vez más: no es que los nacionalistas quieran ser ex españoles, es que quieren ser españoles de primera.
  • JORGE BUSTOS 20/05/2016

Redoblan los tambores de hojalata del tabarrón catalán y es lógico: están tocando a elecciones y hay que exhibir la llaga. A los tamborileros insomnes del ‘Procés’ solo hay una cosa que les guste más que una urna, y es una urna prohibida. Una bandera vetada. Un sentimiento oprimido. Un Homs procesado. Una lengua no lo suficientemente humedecida con saliva pública. El nacionalista es un zahorí de agravios tan fino que resulta casi imposible escamotearle un vislumbre de desprecio, una humillación entrevista, un desamor mascullado por un remoto pastor mesetario. El Estado lo tiene jodido para no ofender a un catalán, para no fabricar el puñadito de ‘indepes’ de cada día. Porque cada día abre los ojos a la causa de la dignidad un catalán agredido desde tiempos ancestrales, cuando fueron feliz tribu. Y mira que el Estado se pone de puntillas en algunas fechas señaladas. Pero nada: allí, en la tierra del despecho, nadie echa cuentas al escrúpulo plurinacional y ‘compiyogui’ de Madrid, nadie pondera tan periférica delicadeza. Llevan fama los callos madrileños, pero los verdaderamente grandes son los callos catalanes; tan grandes que no hay día que no pisemos uno.

-Nuestro pueblo está condenado a que, con monarquía o con república, en paz o en guerra, bajo un régimen unitario y asimilista o bajo un régimen autonómico, la cuestión catalana perdure como un manantial de perturbaciones, de discordias apasionadas, de injusticias, ya las cometa el Estado, ya se cometan contra él: eso prueba la realidad del problema.

Así habló Azaña desde su amargo exilio francés, y así hablará cualquier español dentro de cien años. El nacionalismo perdura porque es una estrategia política siempre exitosa, un ‘win-win’, que dicen en las escuelas de negocios. Siendo nacionalista ganas cuando Cataluña va bien, porque la bonanza justifica tus razones para sentirte superior al resto de España; y ganas cuando -como ahora-Cataluña se hunde en el bono basura y ha de vivir de prestado de Montoro, porque tan ominosa condición alimenta el resentimiento, que ceba la maquinaria electoral. Y en ambos escenarios, acogiéndose a siglas variables, el político nacionalista ve engordar su bolsa de votantes, porque al cabo todos necesitamos consuelo y autoestima. El nacionalismo siempre te ofrece una salida, como buena religión.

Más allá de crisis coyunturales, los catalanes de hoy son más iguales a los demás españoles que nunca antes en la historia de nuestra península. El historial de renta por comunidades a lo largo de la democracia informa de un estrechamiento sostenido de la brecha económica entre un catalán y un andaluz, por ejemplo, o incluso del ‘sorpasso’ per cápita del madrileño. Y eso es difícil de digerir para el que siempre se sintió especial. Mucho se ha repetido desde que lo descubrió un profesor que tuvo Juaristi, pero lo diremos una vez más: no es que los nacionalistas quieran ser ex españoles, es que quieren ser españoles de primera. El folclore cuatribarrado tan solo sirve para colorear las celdillas de la cuenta bancaria, donde ha de estribar la genuina diferencia.

Que Colau y Puigdemont pertenezcan a partidos distintos solo obedece a necesidades del guión para el reparto de papeles en la gran función nacionalista. Que ambos se hayan sentido tan afrentados por la prohibición de la estelada como para ausentarse de la final delata no solo su unidad de destino en lo local, sino su adicción incurable al victimismo: no van a exponerse ¡en campaña! a sufrir una victoria de su equipo.

 

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