Antonio Robles: Pastores y rebaños en el PSC(y 2)

Como les decía en la primera parte de este artículo, dos agrupaciones, la Fecac y Crisol, la primera controlada por CiU y PSC y la segunda íntegramente por el PSC, han sido los instrumentos para tener controlados a los siempre mal llamados inmigrantes andaluces, tan decisivos en los resultados electorales de Cataluña.

En esta lucha por controlar el mundo asociativo regional destaca sobre todos Josep Maria Sala, jefe de capitanes del PSC, seguramente el hombre más cercano al mundo inmigrante y, por lo mismo, el pastor más eficaz de la inmigración.

Convencido de que la cultura de origen deja una impronta imborrable, recorre ferias y fiestas, ahora una misa rociera, después una degustación de platos típicos, rápido, que le esperan en una procesión o en una corrida de toros, siempre dispuesto a estar allí donde una casa regional o un tablao flamenco lo requiera. Es el cordón umbilical de las entidades andaluzas, extremeñas, gallegas, o las que se tercien, con el partido.

Secretario de formación de la ejecutiva socialista, ha amamantado a los pastores más eficaces del cinturón industrial de Barcelona: Manuela de Madre, José Montilla, Mayor Zaragoza, Miguel Iceta, Celestino Corbacho y todos aquellos que proviniendo de ese mundo pudieran servir para reducirlo a rebaño. Aunque su obra de arte más preciada ha debido compartirla con CiU: Francisco García Prieto, presidente de la Fecac y organizador de la Feria de Abril en Cataluña, el mayor pastor y traficante de sentimientos andaluces para provecho de su bolsillo y tranquilidad nacionalista. Pudiendo ayudar a sus paisanos, ha preferido sacrificarlos al catalanismo por un suculento plato de lentejas.

Creador y muñidor de la Feria de Abril de Cataluña, durante años se ha dejado mimar a través de subvenciones millonarias. Con las trazas de un cacique andaluz, apoyó la ley de política lingüística de la Generalitat de 1983 y la inmersión, mientras él llevaba a sus hijos a un colegio del Opus de Sant Cugat en castellano. No le tembló el pulso a principios de los 90 para simular un acercamiento a las tesis críticas contra el monolingüismo escolar de las asociaciones en defensa de la libertad lingüística que por aquellos años amenazaban la estabilidad del oasis catalán. Puesto el señuelo, PSC y CIU subieron la oferta… y el presidente extraparlamentario andaluz se desdijo.

Francisco García Prieto. Repitió la jugada a propósito de la segunda Ley de Política Lingüística, de 1998, al exteriorizar su desacuerdo con la inclusión de sanciones a establecimientos que no utilizaran el catalán. Su teatralidad le llevó a prohibir la entrada a Josep Maria Pujals, por entonces Concejal de Cultura de la Generalitat, al recinto de la Feria de Abril (ahora ya “Fira d’Abril”) y a amenazar con recoger un millón de firmas contra la ley. Pura bravata: su amigo Xavier Trías, conseller de Presidencia, hubo de tragarse el marrón de transmitir al conseller Joan Maria Pujals el malestar del cacique de Can Fam, ahora Forum. Con el honor restaurado y una suculenta subida de las subvenciones a la Feria (ahora “Fira”), el presidente de la Fecac se desdijo. Y aquí no pasó nada. Una legislatura más de silencio para el mundo castellanohablante.

Hombres como Xavier Trías o Josep Maria Sala saben que pastores como Francisco García Prieto no tienen precio, por eso el primero no dudó un instante en enviarle una avioneta particular a cargo del presupuesto de la Generalitat para traerlo y hospitalizarlo en Barcelona desde Huelva, después de que sufriera un infarto estando de vacaciones.

Si reparamos en la personalidad de este tipo de representantes del mundo inmigrante, enseguida se comprende por qué los castellanohablantes no están representados en el Parlament. Los ceban, como a los patos, a fino y a pescaíto, los cercan en reservas indias, aquí llamadas ferias de abril o encuentros interculturales, pero su lengua y su cultura españolas han desaparecido de las instituciones donde pagan impuestos, pegan el callo y serán enterrados.

A Justo Molinero, señor de Radio Tele Taxi y creador de macroconciertos, le siguen cientos de miles de personas tras los acordes de la música andaluza. En 1992 Jordi Pujol le concedió la licencia de Radio Tele Taxi que el Gobierno central le había cerrado en el 86 por ilegal. Aunque parezca un contrasentido regalar una licencia a quien cultiva música mayoritariamente en castellano, no lo es en absoluto. Lo que no se puede evitar se compra, y Pujol pactó con Justo Molinero franjas horarias de catalán para envolver sus sevillanas con el tufillo nacionalista.

Antonio Franco, director de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA. Esto ya lo ha hecho en otras muchas ocasiones. Quizás la más indecente fue la operación de El Periódico de Catalunya. A finales de los 80, viendo que el Cinturón Rojo seguía de espaldas al nacionalismo, crea a través de su mano derecha, Prenafeta, El Observador, periódico en castellano para introducir las ideas nacionalistas entre la inmigración. No tuvo éxito y se hundió. Los 2.000 millones de pesetas de pérdidas los pagamos todos. Fracasada esa operación, centró su fuerza en el diario más vendido entre la inmigración: El Periódico de Catalunya. Desembarcó con publicidad institucional, créditos a fondo perdido para subvencionar “el periódico en la escuela” (diarios gratis que se reparten en escuelas e institutos de toda Cataluña con temáticas cercanas a la juventud), créditos blandos para modernizar la empresa y publicar el periódico en bilingüe, etcétera. El resultado salta a la vista: de un periódico legible ha pasado a un periódico nacionalista. ¡Y con el mismo director! Un nuevo caballo de Troya.

Vuelvo a las concesiones de emisoras de radio. El regalo de Pujol a Justo Molinero pretendía introducir el virus nacionalista entre cientos de miles de oyentes aislados en burbujas castellanohablantes que de otro modo le resultaría casi imposible infectar. Y como los favores siempre se pagan, Justo fue justo y se hizo de Convergencia. Y como los favores se renuevan, con ocasión de las elecciones autonómicas de 1999 Justo monta un festival en Nou Barris con los Changuitos para sacrificar su gente a los discursos electorales de su partido. Allí estaban, como el que no quiere la cosa, Durán i Lleida, Pujol, etcétera. El escándalo fue mayúsculo, la gente se rebotó y sacó a gritos de “¡Fuera!, ¡fuera!” a los intrusos. Gafes del oficio.

Al fin y al cabo, ¿quién le puede pedir cuentas a alguien que el pasado 2 de abril reúne a 600.000 personas en Can Fam en un macroconcierto? “El que importa de debò, Justo Molinero, és que continues cuinant país”. ¡Con qué cariño y qué bien lo describe Alfred Bosch en el Avui del día 5, a propósito de su éxito de convocatoria! Hasta el mismísimo Pascual Maragall estuvo allí para dejarse ver. Hay que cuidar las formas en territorio comanche, hay que colaborar con quienes entretienen a quienes se podrían revelar contra el nacionalcatalanismo.

Justo Molinero. Quizás lo más triste de todo es que Justo Molinero no es nacionalista, y es perfectamente consciente del atropello lingüístico. Ahora sólo hace falta que encuentre una conexión entre su fuerza mediática y la ética de la responsabilidad.

Con la ciudadanía inmigrante de extracción española bien tabulada, Josep Maria Sala y las Manuelas de Madre de turno andan atareadísimos con la inmigración del resto del mundo. Estos no tienen problemas para crear sus propias asociaciones, se las abonan directamente para convertirlos en rebaño desde el principio. Los años enseñan. Todo es muy sutil, promocionan eventos culturales y subvencionan a aquellas personas u organizaciones que se avienen a su juego. Todos los partidos tienen su reserva india. Y cuando algún grupo tiene la personalidad de hacer su propia asociación sin interferencias, entonces las compran o las combaten.

Es el caso de la mayor de todas ellas, Fasamcat (Federación de Asociaciones Americanas en Catalunya). Nació en 2001, y su evento más conocido fue la organización del I Simposio de Migraciones Interiores Españolas y Latinoamericanas, conjuntamente con Fecarecat (Federación de Casas Regionales y Entidades Culturales en Cataluña). Allí estaba Josep Maria Sala, controlando todas las ponencias y sus conclusiones. Al fin y al cabo, pagaban el Ayuntamiento de Barcelona, la Diputación de Barcelona, la Generalitat de Cataluña y el Forum. Una reserva india más para tratar sobre la asimilación, que por estos lares llaman integración.

Pero además de Sala estaban numerosos miembros de asociaciones en defensa de la libertad lingüística. El choque fue inevitable, y a pesar de intentar por todos los medios que en las conclusiones no saliera mención alguna a las denuncias sobre la exclusión del castellano de las instituciones, la ponencia que presidía la presidenta, Laura Rojas, contempló el descontento.

No se lo han perdonado. Desde entonces la han querido suplantar promocionando de la noche a la mañana a un hombre de paja, Javier García Bonomi, y a una asociación minúscula, Fedelatina, afín al PSC, para controlar la inmigración latinoamericana. Enseguida le concedieron una sede social de 260 m2 en el centro de Barcelona, 50.000 euros y publicidad institucional en sus publicaciones. Mientras tanto, a la más grande federación de entidades latinoamericanas, ni agua. Así son las cosas aquí.

 

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