TE TOCA A TI, FELIPE.

Artículo de Eduardo Valencia

Recuerdo que en vísperas de la gran Diada nacional, leyendo la prensa hubo algo que me llamó la atención. Se trataba de una frase sin importancia pero que sin querer llegó a captar toda mi atención. “Para que queremos la historia si ya tenemos la televisión”.

Sin duda habrá algunos, presiento que muchos, que estarán en perfecta sintonía con el significado de esta frase; otros como podría ser mi caso, no haríamos más que escandalizarnos de ver hasta donde hemos llegado en tan poco espacio de tiempo. En el fondo, tratándose de comunicación, estamos volviendo otra vez al origen del fracaso cultural en nuestro país y quizás en nuestro entorno. Informar─ desinformar, este es el dilema. Antes, la escasez de información, sobre todo la verídica, nos dejaba como presa fácil de la manipulación informativa y por tanto, al servicio del poder. Ahora, la acumulación de información, cada vez menos contrastada, puesta en manos de serviles “periodistas” a sueldo de los grandes dirigentes políticos y económicos del país, nos está llevando también sin remedio al mismo lugar de donde partíamos; o sea, la desinformación cada vez más perfeccionada.

Aunque todavía me considero novel en la materia, no dejo de reflexionar a menudo sobre lo mismo. Fijaros lo que son las cosas. Nos encontramos a menos de una semana de unas votaciones que para unos van a ser históricas, pues en su interior las van a tomar como algo personal, simbólico. Por fin ha llegado el momento de saber cuántos son numéricamente los verdaderos catalanes, la verdadera nación catalana. Definitivamente ya tendrán una base contante y sonante en la que apoyarse y poder buscar otros objetivos que les diferencien del resto de la ciudadanía pues por algo se han cuidado en decir que quien no vote a la candidatura independentista, falsa expresión, será excomulgado de ser catalán. Díganme ustedes si la gente que piensa así está más cerca de la historia real o de los adictos a los informativos y tertulias de la televisión como decíamos al principio.

Se preguntarán qué tiene que ver todo lo escrito hasta ahora con el título tan ocurrente que me he dignado poner. Simplemente es que se me ha ocurrido la idea de compartir contigo, mi sufrido lector, un juego de comparaciones históricas mediante frases publicadas por los protagonistas que a continuación citaré, o encuentros e intercambios de ideas de los cuales yo he sido protagonista accidental.

El protagonista principal de este juego histórico ya se lo imaginan. Si, Felipe González Márquez, nuestro idolatrado, querido, respetado e incluso amado por buena parte de la población española, sobre todo la votante de izquierdas. Felipe, el libertador real de la etapa negra del franquismo decadente, el que nos devolvió la ilusión de pensar que en este país algún día todos seriamos iguales ante la ley y la riqueza, etc., etc.

He de confesar que aunque siempre me he considerado guerrista desde que tengo uso de razón política, siempre he tenido a Felipe como el ídolo al que todos aspirábamos a emular algún día. Confieso que de los personajes que completan esta particular historia, él es el único con el que nunca he hablado ni compartido ideas aunque no desespero que un día lo pensado se convierta en realidad.

Llevo desde el año 1997, o sea 18 años, relacionado de una u otra manera con eso que en España denominamos “política”. Tengo experiencia municipal pues incluso llegué a ser nombrado concejal a finales del siglo pasado. Sin embargo, créanme que en realidad lo que siempre me ha atraído ha sido el debate de las ideas y contrastarlas con los grandes gurús de la política actual. Poca ha sido la experiencia, deseo ser sincero, de la que pueda extraer algo interesante; no obstante, quiero adelantar que los breves encuentros que he tenido con ellos siempre han tenido un factor común. Lo más apreciable es que he podido contrastar la humanidad de estos personajes, a veces confundidos por sus debilidades, prejuicios y vanidades. Algo que nos sorprende, nos guste o no, aunque lo demos por hecho. En fin, vayamos al grano y centrémonos en lo acordado al principio.

Todo esto comienza en un vuelo Madrid─Barcelona en 1997. Se imaginan estar sentado en clase turista en el avión que me devolvería de nuevo a casa y de pronto sentarse al lado tuyo a un vicepresidente del Gobierno, bueno, ex vicepresidente, preguntando si estaba ocupado el asiento. Efectivamente le invité a sentarse y pasados los primeros momentos de sorpresa mientras él estaba imbuido en sus papeles, se me ocurre comentarle: “Es sorprendente lo que ocurre en este país”. ¿Qué es lo que le sorprende tanto?─respondió─. Estoy viendo pasar a esos diputados de Convergencia todos a la zona preferente y usted, un Vicepresidente del Gobierno hasta hace muy poco, en turista, y agobiado. Hay cosas que no cambian. Una ligera sonrisa salió espontáneamente por ambas partes. Antes de bajar del avión me dio su tarjeta personal y me dijo que me apuntara al partido. Adiós Narcis, hasta la vista.

Pasado algunos meses, en una convención de candidatos municipalistas coincido de nuevo con alguno de los protagonistas de esta historia. Yo iba de candidato e interesaba hacerme fotos junto a los líderes del socialismo catalán y español. Mi mujer, la fotógrafo accidental del acto, me comenta que sonría al saludar. Saludo a Narcís, foto. Saludo al alcalde Clos, foto. Saludo a Maragall… Saludo a Borrell con un fuerte abrazo deseándole suerte en la candidatura a la presidencia del Gobierno y el corresponde por igual, foto. Y así, algunos más que ya no recuerdo. Al llegar a casa pregunto a mi mujer por qué no me fotografió con Maragall. Ella no sabía quién era aquel personaje pues prácticamente llevaba tres años en el país. ¡Ah! ¿Te refieres a ese señor que venía antes de Borrell? ─ Si, ese, dije algo crispado. Pues no te hice la foto ─responde ella─ porque yo no fotografío a alguien que te saluda y no te mira. Me quedé con cara de idiota. Con el tiempo descubrí cuánta razón tenía. De todos modos le deseo lo mejor a mi buen Pascual.

Poco tiempo transcurrió al coincidir de nuevo con José Borrell en un congreso del partido. Estaba solo en medio de la sala y por un instante nadie se acercaba ni a saludarle. Acababa de dimitir en la carrera a la Presidencia del Gobierno. Josep, ¿no te acuerdas de mí? Nos conocimos en la convención Municipal en Barcelona hace unos meses.─ No recuerdo, no. No importa, lo curioso del caso es que me deseaste suerte en mi candidatura municipal y ahora estoy confundido por tu decisión de no presentarte.─ Ya ves, son cosas que pasan.

─ ¿Te puedo hacer una pregunta pues es importante para mí y solo estamos tu y yo.─                ─¡Adelante! ─responde seguro─.

─ ¿De verdad dimitiste por el comportamiento esos dos compañeros tuyos de Hacienda?

─ ¿Te refieres a esos dos hijos de…? Pues evidentemente que no. Lo que pasa es que yo no podía tener en contra mía juntos a Felipe y “El país” y… esa es la realidad.

─ Ya veo que yo no estaba equivocado. Bueno, de nuevo te deseo suerte, cuenta conmigo en lo que pueda ayudar, y gracias por tu sinceridad.

Malos presagios comenzaron a pasar por mi mente en aquellos días sobre el futuro del socialismo tanto en Cataluña como en el resto de España. Es como si estuviéramos recibiendo el castigo de los Idus de Marzo cometido por algunos de los dirigentes socialistas por temor a su exclusión posterior en la cúpula del poder.

Pasado algún tiempo he tenido ocasión de poder contrastar ideas con algunos personajes de la política actual; sin embargo, para la conclusión de este artículo me referiré solo a dos de ellos por su simbolismo e influencia en la política catalana y española, Jordi Pujol y Alfonso Guerra.

Mi encuentro con Jordi Pujol y señora fue casual y espontáneo en un restaurante del pueblo donde convivimos. El debate a tres fue de lo más enriquecedor, llegando a ser tenso y con final desagradable e indignante provocado por intentar corregir por mi parte a la señora Ferrusola de un craso error histórico. La tensión llegó al cenit cuando obcecadamente insistía en negar que hubiera habido presidentes de gobierno catalanes o similares de España, a pesar de recordarle la existencia de Pí i Margall o el propio general Prim. Esto, supongo que generó una reacción de irritación en el ex President que le llegó a calificarme de “intrús” en su amado país. Bueno, no hay más que hablar aunque quizás puedo entender su razonamiento después de haber leído alguna de sus creencias históricas en su carrera política. Vean:

“Nosotros tenemos unas líneas definidas para la actuación política en España, la línea europeísta que nos viene dada por la geopolítica. Cataluña es una marca hispánica que nació como frontera sur de los francos, no como último reducto de los visigodos”.[1]

Por otro lado, por fin tuve ocasión de conocer al último de mis personajes en persona. Reconozco que no tuve la oportunidad de mantener una conversación larga y productiva con él pero, es igual; me sirve con sus reflexiones o confesiones, tómenselo como quieran, sobre su responsabilidad en la creación de mi estimado partido político PSC. El relato en sus “Memorias” de los hechos en la fusión de los tres partidos socialistas catalanes en 1976 no deja duda; sin embargo, deseo dejar constancia mi admiración hacia su persona por el reconocimiento público del grave error político cometido. Va por ti, Alfonso:

“Convoqué una reunión con los socialistas del PSOE. El salón, repleto de militantes, rezumaba espíritu patriótico de Partido. Todos protestaban porque consideraban que se relegaba a los socialistas de la Federación, en beneficio del grupo de “intelectuales” cercanos a las tesis nacionalistas que ellos no compartían. Tuve que tragarme el corazón y con un discurso que no lograba dominar por completo intenté mostrarles la importancia que para la conexión de los ciudadanos de Cataluña y el socialismo tenía el presentarnos ante el pueblo como un sólo grupo socialista. Fue una intervención capciosa, pues yo mismo no estaba convencido plenamente de lo que decía. Se votó, y aceptaron mis argumentos. Muchos expresaron que lo hacían porque los defendía yo, no porque creyeran en ellos. Me sentí mal. Tenía la angustiosa sensación de estar equivocándolos, de engañarlos. Mucho tiempo después, y a tenor de la evolución de los hechos, un sabor salado me sube a los labios: es el gusto de la incertidumbre acerca de mis actos. ¿Debí negarme a un acuerdo que efectivamente ha ido de forma paulatina imponiendo unas tesis que la Federación Socialista del PSOE no aceptaba? Estas son las marcas que deja la responsabilidad. Tomar decisiones no es tan difícil; salvar tu conciencia de los efectos morales de las decisiones es un pago inevitable.” [2]

En los últimos meses también he tenido oportunidad de establecer una cierta relación con Josep Mª Triginer, otro de los protagonistas del pacto por el socialismo catalán. En sus reflexiones no he podido descifrar todavía su acierto o arrepentimiento sobre los hechos anteriormente narrados aunque si, pude percibir cierta decepción.

Se dan cuenta, queridos lectores, tantos años de política, de filosofar, de líderes que pasan, de jarrones chinos difíciles de asentar como algunos lo denominan. Tanto pensar para luego llegar a esto, a la crispación, al enfrentamiento, a tener que votar si tengo que seguir o no en mi propio país. Quizás es hora de entonar el mea culpa para poder llegar a alguna solución práctica, incluso asumible para los que hoy se sienten iluminados. No es tan grave aceptar un error, lo que es imperdonable es continuar en ello.

Finalmente queda el último personaje de ésta historia inacabada. Eso es, Felipe. Quizás en sus memorias, si las escribe algún día, nos de su impresión y responsabilidad en todo esto. Su postura, a veces equívoca en el tema identitario solo me permite entenderlo desde un punto de vista maquiavélico, dicen que la política de alto nivel funciona así; no obstante, seguiré esperando a recibir una respuesta histórica sobre su participación en todo lo narrado. Por eso sigo pensando, ahora te toca a ti, Felipe.

Eduardo Valencia, Septiembre 2015

[1] Tele/Expres, 8-6-1974.

[2] GUERRA, Alfonso, op. cit., pp. 301-303. También ver Tele/Expres, 15-12-1977.

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