El Lerroux de Vallecas, por Antonio Robles

ANTROBLES

                                       Pablo Iglesias escava aún más hondo en busca de los derechos históricos, o si quieren, en contra de la historia. Su proceso constituyente pretende dar a Cataluña la potestad de monopolizar la soberanía que pertenece a todos los españoles para que puedan realizar un referéndum unilateral sobre la independencia

podrían representar una gran esperanza si traen nuevas políticas y  obligando a que las antiguas izquierdas abandonen sus prácticas  nacionalistas pero también sería una tremenda frustración que Podemos represente otra gran estafa como lo vienen siendo PSC e Iniciativa… nos dice el Blogger

Las redes sociales, con la biógrafa de Artur Mas a la cabeza, Pilar Rahola, acaban de desenterrar al Rey del Paralelo, el inefable Alejandro Lerroux en la figura de Pablo Iglesias. Bastó un resoplido sin complejos en tierras catalanas contra la casta soberanista, para que la jauría desatara su ira contra el Lerroux de Vallecas. Ni chavista, ni comunista, la casta nacionalista prefiere satanizarle con el fantasma de Lerroux. La mafia a casa nostra tiene sus propios estigmas, els nostres: salvapatrias, lerrouxista, franquista, neoespañolista. Son como el tres en uno, lo mismo sirven para un “pijo” de C’s que para un “coletas” de Podemos. Todos son españoles. Gentuza, ya se sabe.

Tienen razones para estar aterrados. Podemos no quita votos al independentismo, pero frena su expansión a los cotos castellanohablantes del cinturón rojo de Barcelona y recupera a cientos de miles, varados hasta ahora en la abstención.

Tienen razones para recurrir al estigma, por primera vez en 34 años, una izquierda de manual, radical y crecida, planta cara a la casta soberanista de derechas, y desenmascara el colaboracionismo de la izquierda con ella.

Coces contra la casta nacionalista

Se podrá estar de acuerdo o no con Podemos, pero, o bien la izquierda catalanista abandona el concubinato con la derecha nacionalista para centrarse en el objeto de su existencia, es decir, en la igualdad y la defensa de la clase asalariada, parados y servicios sociales, o desaparecerá barrida por el huracán de Podemos. El problema no serán ya vías o uves catalanas, sino hospitales públicos con listas de espera o sin ellas. Esta es la nueva realidad inaugurada por Pablo Iglesias el pasado domingo en su primer mitin en Barcelona. Casi nada.

Su discurso ha sido el alegato más corrosivo contra el nacionalismo secesionista que se haya hecho desde que Ciudadanos irrumpiera en el Parlamento autonómico de Cataluña. En forma y contenido.

En forma, porque quiso enfatizar desde el principio la ruptura total con la casta catalana (“Quienes tienen cuentas en Suiza o Andorra tienen un nombre. Traidor. Traidores a su pueblo. Se llamen Pujol o se llamen Rodrigo Rato, no tienen más patria que su dinero”); y en contenido, porque el derecho a decidir que defendió lo generalizó a todo y lo priorizó en temas sociales, relegando el derecho a decidir la independencia a un proceso constituyente sin fecha ni concreción (“Derecho a decidir, ¡por supuesto! Pero el derecho a decidir implica decidir sobre todas las cosas, sobre lo que construye la soberanía, que es la democratización de la economía, derecho a decidir que la ley no persiga a la gente que no pueda pagar una hipoteca, que la ley persiga a los evasores fiscales”).

En forma, porque dejó claro a la izquierda secesionista que él nunca pactará con la derecha ningún tema (“A mí no me veréis darme un abrazo ni con Rajoy ni con Mas”), y en contenido, porque nombró uno por uno los problemas sociales que esa izquierda ha relegado en nombre de la nación.

En forma, porque se preguntó retóricamente a sí mismo, “¿Quiero yo que Cataluña se vaya?”, y con emoción contenida se respondió: “No quiero”; es decir, sin expresar un rechazo explícito a la autodeterminación, impugnó implícitamente la independencia, hecho que no pasó desapercibido por los miles de seguidores que abarrotaban el interior y exterior del Centre Municipal d’Esports Olimpics del Vall d’Hebrón. A juzgar por la euforia desbordada que despertó, el guiño es relevante, definitivo contra las aspiraciones del independentismo, pues si este obtuvo un escasísimo 29,8% a favor de la independencia el 9N, solo la extensión del secesionismo al cinturón rojo de Barcelona y a la banda costera de Cataluña poblada de empleados del sector terciario, les podría garantizar un aumento de partidarios. Neutraliza esas expectativas con la irrupción de Podemos, el independentismo habrá perdido cualquier opción de convertirse en mayoritario.

En forma, porque arremetió sin piedad contra el uso y abuso de las banderas, de todas las banderas. En contenido, porque desenmascaraba así la utilización obsesiva de la estelada como marca de territorio e instrumento de la derecha para disolver la lucha de clases en odios inducidos contra un enemigo exterior: “Vamos a hablar de patria. Algunos dicen que la patria es la pulsera que llevan en la muñeca, algunos llevan la pulsera con la bandera de España, otro llevan en la muñeca la pulsera de Cataluña, algunos, muy modernos, le añaden la bandera de la Unión Europea. No me importan las pulseras, me importan las cuentas bancarias. Quienes tienen cuentas en Suiza o Andorra tienen un nombre. Traidor. Traidores a su pueblo. Se llamen Pujol o se llamen Rodrigo Rato, no tienen más patria que su dinero”.

Nacimiento de un líder carismático

Llegué al lugar del mitin en metro una hora y cuarto antes. Quería palpar la atmósfera del primer baño de masas de Pablo Iglesias en Barcelona. Al llegar, los andenes estaban abarrotados de gentes que confluían como una riada en dirección al pabellón deportivo. La premura en coger sitio, la excitación del ambiente, el aire de fiesta y el entusiasmo que mostraban personas que ni siquiera se conocían entre sí, me indicaron enseguida el fervor que Podemos suscitaba. Intenté calibrar cada detalle. La mayoría hablaba castellano, los vértices de edad iban de 30 a 50 años, sus maneras recordaban la cultura obrera del cinturón industrial de Barcelona y a los hijos de la inmigración instalados ya en profesiones liberales. Mucho votante del PSC, y de la izquierda en general, hastiados de estas formaciones. Según una encuesta del periódico independentista Ara, la radiografía de podemos en Cataluña arroja las siguientes cifras: un 41% proviene de la abstención o del voto en blanco, un 15% del PSC, un 11% de ICV-EUiA, un 8% de ERC, un 5% de CiU, un 5% de C’s, y un 16% no sabe o no contesta. Según tal radiografía, un 47 % proviene de la clase media, un 37 % de la clase media/baja y un 20 % de la clase baja. Solo un 3% de la clase media/alta.

La impaciencia que se respiraba una hora antes del inicio del mitin por ver y escuchar a su líder se reflejaba en gritos aislados de “¡Pablo, presidente!” o en intentos intermitentes de corear el “¡Sí podemos!, ¡sí podemos!, ¡sí podemos! Me paseo por el recinto, recorro conversaciones, tomo fotos, falta algo, no sé qué, algo extraño que no logró concretar. Al fin caigo, no hay una sola bandera, ni una. Ni dentro ni fuera. Asombrosa la circunstancia. Imposible de explicar en una Cataluña donde la estelada lo ha profanado todo, eventos, actos de cualquier color y condición, parques, fachadas, edificios oficiales, farolas, y cualquier lugar emblemático para marcar territorio. Quien quiera entender esa ausencia como un dato irrelevante, que lo haga, pero se pasará por alto dos hechos fundamentales: el dirigismo de la dirección, por mucho que alardeen de democracia popular, y la determinación de huir de los instrumentos simbólicos de alienación que la casta utiliza para controlar el poder. En su lugar, camisetas moradas con el logo de Podemos y algunas pancartas del mismo color.

A medida que se fue acercando la hora, los intentos de encender las gradas al grito de guerra, “¡Sí podemos!”, se multiplicaron, hasta que a las 11:20, cuarenta minutos antes del inicio, cuajaron. Imponía la fuerza depositada en el eslogan. Aquello entroncaba directamente con los primeros mítines de la transición política y dejaba en el aire pasión y fe por los nuevos modos de hacer política. El líder se palpaba en el ambiente. Gritos aislados de “¡Pablo!”, “¡Pablo, presidente!”, “El pueblo unido jamás será vencido” y de nuevo “¡Sí podemos!, ¡sí podemos!, ¡sí podemos!”, recreaba más un ritual religioso que político. Y se acentuó a medida que nos acercamos a las 12 de la mañana. Para entonces, todos estaban pendientes del líder. Quien más quien menos, barruntaba por dónde entraría. Finalmente, las miradas ansiosas se concentraron bajo la entrada coronada por “Podem”, grandes letras de poliespán blanco. Esta vez, sí, en catalán. Lo único, a excepción de la presentadora y la telonera. Eslóganes y gritos, todos fueron en castellano. Eso indica que las decisiones aún no están burocratizadas, cuando lo estén, será el catalán el que acapare cualquier comunicación. Ya pasó con el 15M. Como movimiento espontáneo, los eslóganes, los mensajes y pancartas eran mayoritariamente en castellano, a medida que se controló por el nacionalismo y la izquierda oficial, el paisaje lingüístico cambió radicalmente al catalán.

Unos metros después de la puerta de entrada al recinto, también en grandes letras, el público le esperaba con el eslogan “Vuestro odio, nuestra sonrisa”. Extraña paradoja, pues en buena medida, muchos votantes de Podemos obedecen más a la necesidad de vengarse de tanto político corrupto, que a su confianza en una alternativa política contrastada.

De pronto, un remolino de cámaras y gentes crearon una gran expectación. No era Pablo, sino Pasqual Maragall. El público lo recibió con muchos aplausos. Para cuando salió el líder 20 minutos después de la hora prevista, al grito de “¡Pablo presidente!”, la gente estaba entregada al aquelarre de Podemos. El resto, delirio. Me recordó muchísimo a las masas enfervorecidas que llenaron la Monumental en plena transición del 1977 con la llegada de Felipe González. No me quedó duda alguna que había nacido un líder de masas con más capacidades de las que sus enemigos le escatiman. Más para mal que para bien. ¿Qué por qué? Porque el entusiasmo de la gente suele permitir a los líderes abusar de su posición de poder.

Complicidades con el nacionalismo

Pero no todo su discurso desautorizó al nacionalismo más retrógrado, muy al contrario, dejó intacta la falacia del derecho a decidir, olvidó por completo la exclusión cultural de los castellanohablantes en Cataluña y abonó la tesis de que España es una nación discutida y discutible. Veamos.

“Quiero yo que Cataluña se vaya? No, no quiero”. Y como si pretendiera que le perdonasen el atrevimiento, enseguida añadió: “Sé que la casta española ha insultado a los catalanes, sé que la casta española no ha entendido que España es un país de países, que España es un país de naciones, donde se hablan diferentes lenguas, donde hay diferentes culturas. Algunos pretenden elevar muros, nosotros preferimos tender puentes”.

¿A qué casta se refiere exactamente? ¿Qué insultos ha lanzado contra Cataluña? Y si los ha proferido, ¿cuál fue el motivo? ¿Acaso se ha insultado a Cataluña por adecuar el Estatuto de Autonomía de Cataluña a la ley? ¿Acaso se ha insultado a Cataluña por no permitir un referéndum que impedía decidir al resto de españoles sobre su propio país? ¿Quizás fuera porque el Tribunal Constitucional no permitió el golpe institucional contra el Estado de Derecho? ¿O puede que fuera la denuncia del fiscal general del Estado contra los golpistas del 9N? Se lo pongo más fácil, ¿fue el ministro de educación Wert por intentar garantizar la opción de estudiar en castellano a los niños castellanohablantes, que así lo deseen, en un ridículo 25% de las asignaturas del currículum escolar?

Ya nos lo dirá un día de estos, cuando no se sienta obligado a dar una de cal y otra de arena en temas donde se necesitan arrestos. O no, porque la gente enrollada de Madrid arrastra una extrañísima culpa histórica frente a Cataluña por el mero hecho de ser de Madrid, como si tal condición les hubiera atado por los siglos a los agravios que el franquismo infringió, y como penitencia hubieran de guardar pleitesía a una Cataluña eternamente maltratada. ¡Qué cruz!

Aparte de esa incomprensible sumisión, Pablo Iglesias comete un error aún mayor: ignora lo que debería saber y desde esa ceguera pontifica: “Sé que la casta española no ha entendido que España es un país de países, un país de naciones…”.

No Pablo, España es un Estado social y democrático de derecho, organizado territorialmente en autonomías. En el pasado, mejor dicho, en uno de sus tantos pasados, fue un reino de taifas. Allí sí que había una casta insoportable: los califas y los señores feudales. Los califas en la España musulmana, y los señores feudales en la España cristiana. Tal para cual. Más tarde fue también un conglomerado de reinos. Si ‘Juego de Tronos’ te deja un rato, échale un vistazo a la serie de TVE1 ‘Isabel’. Puede que eso de España como país de naciones encaje en tales derechos históricos. Desde luego, en ninguno de los dos referentes votó el pueblo cosa alguna. Nosotros, sí, Pablo, nosotros votamos nuestra Constitución y la forma territorial de nuestro Estado. Y nos dimos normas para cambiarlo. Si fuere nuestro deseo. Pero no somos un país de países. Podríamos serlo si así lo decidiéramos, pero de momento, somos lo que nos hemos determinado a ser. Porque si nos replegáramos a “tu país de países”, habríamos de colegir que hay una esencia preexistente que nos define y de la cual no podemos escapar. Como nos pasa con el color de los ojos, o la especie animal a la que pertenecemos. Es la fatalidad, el destino griego, atados por la esencia de lo que somos antes de ser. Los demócratas preferimos la libertad de Jean Paul Sartre, donde no es la esencia previa a existir lo que nos determina a ser, sino la existencia vivida en libertad la que nos va definiendo en cada una de nuestras elecciones. El destino griego o la libertad existencialista, los derechos históricos de la aristocracia o la voluntad general del pueblo constituida en leyes. Esa es la cuestión. O el espíritu del pueblo (Volkgeist) monopolizado por la voluntad romántica de los nacionalistas organizados en uves y vías, o la democracia representativa amparada por una Constitución. Repara en lo que dices. Y sus efectos colaterales.

No contento con repetir inconscientemente el mantra favorito de los nacionalistas, cae de bruces en sus mentiras: “La casta española no ha entendido que España es un país de países, que España es un país de naciones, donde se hablan diferentes lenguas, donde hay diferentes culturas”. No Pablo, no, quien no ha entendido eres tú. ¿Aún no te has enterado de que no es España quien excluye las diferentes lenguas regionales, sino la casta nacionalista? Aún sigues sin enterarte que cualquier niño en Cataluña puede estudiar en catalán todo el ciclo educativo, pero ningún niño catalán puede estudiar en castellano. Solo pueden escaparse de esta dictadura de la inmersión los hijos de los ricos. ¿Sabes que hoy en Cataluña la lengua de prestigio, la lengua institucional, la lengua que tienen todas las subvenciones y mimos, la que utilizan en exclusividad todos los medios públicos de información, cultura y recreo, es la catalana? ¿Sabes que todo lo que depende de las instituciones autonómicas, empezando por el gobierno de la Generalidad es únicamente en catalán? ¿Y sabes que, por el contrario, todas las instituciones que dependen del Estado, es decir de esa España que según tú aún no se ha enterado de que en algunos de sus territorios se hablan diferentes lenguas, facilitan todo en bilingüe?

Parece que para algunos acomplejados ante el catalanismo, o ante las mentiras lacrimógenas del nacionalismo, aún seguimos en el franquismo en materia de cultura o lenguas. En cierto modo tienen razón, por ejemplo Cataluña se acerca al modelo, pero al revés. Ahora la lengua proscrita es el castellano, y los derechos lingüísticos de los castellanohablantes (que te recuerdo que no tienen que haber nacido necesariamente en Almería o Albacete, pues son millones los catalanes de nacimiento que lo tienen por lengua materna desde hace siglos) diezmados. Por ir a los hechos, aquí te dejo los datos sobre población y lengua de 2013 catalogados por el IDESCAT (Instituto de Estadística de Cataluña):

  • Lengua familiar o inicial

– Catalán: 31,0%

– Castellano: 55,1%

– Ambas: 2,4%

  • Lengua de identificación

– Catalán: 36,4%

– Castellano: 47,5%

– Ambas: 7,0%

  • Lengua habitual

– Catalán: 36,3%

– Castellano: 50,7%

– Ambas: 6,8%

Por supuesto, no te tragues el cuento de la necesidad de la discriminación positiva. Dicha disculpa solo le sirve a la banca para asegurar la hegemonía que ya posee.

Cometerás un error muy grave si no te documentas sobre la gran mentira de la inmersión y cómo es utilizada para borrar al castellano de la normalidad escolar, social e institucional como paso previo a declararlo extraño a la cultura catalana. Cometerás un error aún mayor, si no reparas en su capacidad de adoctrinamiento nacionalista y de clase, que en este caso son indisolubles, a juzgar cómo se comporta la izquierda catalana, y finalmente serás tremendamente injusto con las clases sociales humildes que pretendes defender, si no reparas que mientras Mas lleva a sus hijos al colegio francés, donde no hay inmersión a la catalana, y Montilla, al alemán, donde tampoco hay inmersión a la catalana, los hijos de Cornellá, Hospitalet o Vallecas (cito tus propios ejemplos), no pueden estudiar en su propia lengua. Ya no te digo nada con la inmigración sudamericana. Pagan con la pérdida de dos cursos o el abandono escolar el empeño del nacionalismo en no permitírseles la oportunidad de disponer de libros de texto en español. Reprochaba a Carlos Barral en ‘Historia de la Resistencia al nacionalismo en Cataluña’, que despreciara en 1981 la lengua castellana en Cataluña como “casta del poder económico”: “¿Dónde viviría el señorito para no reparar en el millón doscientos mil inmigrantes de fardel y trenes legañosos que ponían las calles todas las madrugadas, servían en todos los restaurantes y levantaban todos los edificios que otros señoritos como él gestionaban? Hay que ser muy miserable para cebarse en quienes, por no tener, no tenían ni la posibilidad de legar a sus hijos en herencia lo único que tenían en propiedad, su cultura y su lengua” (pág. 98).

Como vemos, Pablo Iglesias, puede estar cayendo en la misma flacidez ética que la izquierda catalana a la que reprocha su concubinato con la casta catalana de derechas, en la misma que cayó Zapatero y que parece, está cayendo el actual líder del PSOE. Precisamente le dirigí una carta abierta a Pedro Sánchez, que me ahorrará repetirla de nuevo a Pablo Iglesias. Aquel pretende blindar lengua, cultura, tribunales de justicia y garantizar un federalismo asimétrico en economía. Pablo Iglesias escava aún más hondo en busca de los derechos históricos, o si quieren, en contra de la historia. Su proceso constituyente pretende dar a Cataluña la potestad de monopolizar la soberanía que pertenece a todos los españoles para que puedan realizar un referéndum unilateral sobre la independencia.

Sabemos que no es su prioridad el derecho a decidir. Lo ha dejado claro. Su objetivo primero es democratizar la economía. En la práctica limitar el liberalismo económico a favor del dirigismo de Estado en una economía planificada. Es ahí donde confluyen los intereses de nacionalistas y Podemos. Para conseguir volar las bases constitucionales de la transición no dudará en pactar con los enemigos de la Constitución. Ahora sabemos por qué. Lo que no sabemos es cómo quedará España después de romperla en pedazos por todos los que no la sienten como un espacio común de convivencia.

Anuncios