Teo Uriarte: Federalismo y confederalismo

Un texto de 2008 en el que años después aún podemos encontrar valiosas enseñanzas. Vale la pena leerlo con detenimiento: Si no existe lealtad, el proceso de convivencia descentralizada no tiene ningún sentido positivo. Para que el federalismo sea posible es necesario que haya federalistas, y es incompatible con los nacionalismos periféricos. Federalismo que posibilita en razón a la eficacia del sistema que existan competencias irrenunciables por el poder central y otras que sean de ida y vuelta, que se gestiones bien por la autonomía, bien por el centro en función de su eficacia… Es curioso, también, que salvo cuando se habla del Estado como órgano de servicios sociales el socialismo no considere a éste como una necesidad imprescindible para la convivencia y el bienestar de los ciudadanos…

Ahora, todos los que hablan de federalismo me temo mucho que hablan más de confederalismo que de otra cosa. Es decir, ofrecen la opción antitética del federalismo como si fuera lo mismo. La opción que, nada menos, organizó la única y crudelísima guerra civil que han padecido los norteamericanos.

Una de las razones del desprestigio de esta fórmula de organización territorial de una nación, el federalismo, es que los españoles nunca la hemos entendido bien. Frente a los norteamericanos que instituyeron el primer sistema federal amplio y de comprobada eficacia, que empiezan por recitar su constitución con aquello “de nosotros el pueblo de los Estados Unidos…”, haciendo ver que la soberanía reside en el pueblo norteamericano, es decir, en la Unión, nosotros le hicimos mangas por capirotes a Pi i Margall y convertimos su federalismo en puro cantonalismo, apuntillando la existencia de la I República con tan exaltada reacción anarquista. Ahora, todos los que hablan de federalismo me temo mucho que hablan más de confederalismo que de otra cosa. Es decir, ofrecen la opción antitética del federalismo como si fuera lo mismo. La opción que, nada menos, organizó la única y crudelísima guerra civil que han padecido los norteamericanos. Fíjense, pues, en la importante diferencia que existe entre una opción y otra: como para organizar una guerra.

En general aquí se tiene la misma concepción o punto de vista sobre el federalismo que el que tenía y hacía gala un preso de Algorta al que conocí en la cárcel de Córdoba, ya fallecido, sobre lo que era ser un librepensador. Preguntado lo que para él era eso de librepensador nos contestó que era pensar lo que le salía de determinada parte, demostrándonos que más que un librepensador era un botarate. Para tener una visión del federalismo sería necesario una coherencia y lógica política, amen de un gran respeto por la legalidad, de la que no podemos especialmente vanagloriarnos.

Así como no dejo de denunciar la diferencia que existe entre política y partidismo (¡por qué le llaman política cuando quieren decir partidismo!), habría que preocuparse por esta camuflada vía a la secesión, el confederalismo, al fin y al cabo los confederales eran los secesionistas de la Guerra de Secesión, y no hay teórico de las ideas política que no lo considere la antesala de la separación. Aquí, algunos, aprovechándose de la gran incultura política existente, nos quieren vender gato por liebre, puesto que para los confederales, origen de la contradicción política con la Unión que acabara en guerra, la soberanía residía en cada estado, soberanía originaria que diría más de un nacionalista periférico de España, frente a la Unión que constituyó que ésta residía en el conjunto de los norteamericanos. Cuestión que ya se había planteado al poco del origen de los Estados Unidos y fue aclarada con una reforma constitucional por los padres mismos de dicha nación, encabezada por Thomas Jefferson, y que alcanzó el calificativo de centralista por parte de los aristócratas sureños. Verán ustedes poco a poco si me siguen que la trama que analizamos tiene que ver con lo que plantea el nacionalismo vasco, y algún otro en ciernes, y su vía a la autodeterminación.

En el fondo, realizando una concesión al marxismo, aquella crisis norteamericana entre dos concepciones políticas, que acabó en guerra, era el resultado de dos sistemas de producción enfrentados. Ante el liberalismo económico norteño y federal quería pervivir un sistema agrario latifundista, sostenido en el esclavismo, y soberanista, en el sentido en que la soberanía recaía en cada uno de los estados. Para ello los rebeldes confederales debían buscar un territorio político aparte donde garantizarse el poder para proseguir con su modelo social, aristocrático, conservador y paternalista, cada día más amenazado ante el avance del maquinismo del que no era algo ajeno el ferrocarril (1). Era la búsqueda del mantenimiento de la garantía de hegemonía de una determinada clase, los conservadores señores agrarios, frente a un marco político y social más dinámico y participativo, poroso, flexible y abierto donde podían ser expulsados del poder que se creían iban a disfrutar vitaliciamente por razón histórica y designio divino.

“Lo que el Viento se Llevó” no es sólo una novela de amores, desamores y egoísmos personales, supone un cierto retrato político y social simbólicamente centrado en la casquivana y malvada personalidad de mi admirada Escarlata O’Hara. Cuando grita en Tara aquellos de “juro ante Dios que nunca volveré a pasar hambre”, no vino a decir otra cosa que Sabino Arana con aquello de “Vizcaya por su independencia”cuando vio la fortuna paterna empobrecida por el apoyo que su padre diera al carlismo derrotado en la tercera guerra y que el nuevo sistema social capitalista se estaba apoderando de su tradicional y católica patria chica. Buscó algo para no pasar hambre, para que perviviera el sistema tradicional donde su familia era poderosa, venida a menos en la posguerra y sin acomodarse ante una realidad protagonizada por empresarios, financieros capitalistas e inmigrantes obreros que traían con ellos el socialismo ateo y el baile agarrado.

Sabino, como Escarlata, no supo asumir el sistema social que le venía encima e irrumpía en su terruño. El integrismo católico carlista no servía del todo ante la nueva sociedad y sus relaciones. Con muchas guerras en el XIX los carlistas demostraron su enorme presencia e influencia en el mundo rural vasco, que lo era casi todo pues el desarrollo demográfico de las ciudades empezó a partir de 1876 tras la tercera guerra carlista y con la liberalización absoluta de la extracción de minerales, y esta opción política, el tradicionalismo, necesitaba una cierta adecuación para sobrevivir. Se dio la paradoja de que si la mayoría de los líderes militares carlistas acabaron integrados en el Ejército español, y que coyunturas conservadoras tanto en el Gobiernos de Isabel II, lo que se llamó el carlismo sin don Carlos, o en la Restauración posibilitaron integraciones importantes de los insurrectos en la vida social, lisonjeándoles el propio Unamuno (2) con lo de buenas y respetables personas que eran en su vida civil, algunos militares extranjeros que vinieron aquí al olor de la pólvora con la esperanza de que triunfara al menos una contrarrevolución en todo el orbe, no dejaron de seguir guerreando en toda reacción que se encontraran. Así, el capitán británico Henningsen, compañero de insurrección y biógrafo de Zumalacarregui, acabó encontrando gloriosa muerte con las tropas confederales en el empleo de coronel en la guerra de secesión americana. Observen la coincidencia.

El Maestro, título que sus seguidores osaron ofrecer a Sabino Arana, tampoco asumió el juego político liberal ni el papel de los partidos, aunque se atreviera a fundar uno, siempre aceptado como un mal necesario, pues a la manera de los neocatólicos entonces en boga le parecía en principio un mal. Pero este partido tendría como primera misión la salvación del alma de los vascos, en riesgo ante los vertiginoso cambios, pues su concepción política tradicionalista no dejaba de hacer presente y hegemónica la religión en la política. Coherentemente, formuló tal partido con atribuciones propias de un rey absoluto, pues en él se concentraban todos los poderes, incluido el judicial, y probablemente el poder soberano también. Para salvar la distancia y los escrúpulos en aceptar la participación partidista que la política le ofrecía hizo incompatible con ella la existencia de muchos cargos internos, entre ellos, nada menos, que el de su presidente, hoy ostentado por Urkullu. Barrera sanitaria para distanciar de la política liberal al partido llamado a salvar terrenal y celestialmente a todos los vascos que dispusieran del correspondiente cráneo dolicocéfalo y Rh negativo. Resultado, el Rh negativo, de la más enfermiza de las endogamias. Lo otro, posiblemente también.

Espero que no se sorprendan, partidos más modernos en la búsqueda alocada de todas las garantías para permanecer en el poder suelen deslizar de vez en cuando mensajes descalificadores de los contrapoderes del estado que garantizan la convivencia democrática declarando la muerte de Montesquieu, por ejemplo, y eso después de pasar por una asunción, más bien superficial, de la Constitución. ¿Qué decir de un partido surgido frente al liberalismo, cuyo tronco ideológico esencialmente es integrista y sólo en momentos determinados, empujado sin duda por las condiciones y asumiendo un pragmatismo que su misma misión integrista y redentora suele justificar, asume abrirse al mundo como José Antonio Aguirre en la II República o el mismo Arzalluz con su discurso del Arriaga porque acababa de perder las elecciones?. En esencia el tronco ideológico del nacionalismo vasco, tanto el del PNV como el de ETA, es de carácter reaccionario desde su origen.

Así, atribuyendo al partido PNV competencias del monarca absoluto no entienden los nacionalistas vascos que la soberanía pasara de éste a la nación, al pueblo español, y que la territorialidad del estado siguiera siendo la de la vieja monarquía sin que a nadie se le ocurriera lo contrario, visto el ejemplo marcado por la revolución Francesa(3), donde la Asamblea nacional empezó a recibir meses antes de la desaparición del soberano el tratamiento de éste por los propios funcionarios reales. Es verdad que dicho hito histórico no es santo de su devoción, ni para los nacionalistas conservadores ni para los violentos, que escudándose estos últimos fariseamente en el marxismo, en todas sus variedades según época y coyuntura, e inclusos anarquismos libertarios, lo único que les ha preocupado es plantear un discurso ideológico, del que surgiría una práctica política, que no encajase en ningún caso con el sistema democrático erigido por el pueblo español.

El nacionalismo vasco ha inventado un discurso en otra sintonía, anacrónico respecto a la democracia en vigor en Occidente. Bien por no llegar en la concepción preliberal del PNV, bien por pasarse (en apariencia, que es otra manera de no llegar) en la concepción marxista-populista propia de países del tercer mundo aportada por ETA. Ambas concepciones repelerá los encuentros con los que no son nacionalistas, como finalmente ha ocurrido con el Estatuto de Guernica, pues el nacionalismo vasco es una anacronía de otra época –salvo para la generación consciente del fracaso que supuso la guerra civil, como Javier Landaburu, Juan de Ajuriaguerra, Koldo Mitxelena, que aportaron su colaboración desde el congreso de Munich al amparo de la democracia cristiana europea para recuperar la democracia-.

En la actualidad el nacionalismo vasco se ha constituido en una reacción continua, porque lo que verdaderamente bulle también en el nacionalismo más moderno y violento de ETA es la vieja ideología, para enfrentarla a lo que en cada época considere que es España. En el viejo PNV actualmente lo que se observa es la admiración y el oportunismo hacia ETA, porque finalmente ha sido y puede seguir siendo rentista de su violencia, además de la comunión con el otro nacionalismo a pesar de la práctica violenta de éste, que a veces denuncia, pero que a la postre reconoce como instrumento fundamental para hacer posibles y creíbles sus propias reivindicaciones desmesuradas y anacrónicas. El rito de la violencia y de la muerte, la capacidad de sacrificio de sus protagonistas, convierte milagrosamente en creíble ante la opinión pública cualquier disparate. Sólo una minoría del nacionalismo conservador, concretamente en Vizcaya, podría escaparse del anclaje ideológico del nacionalismo vasco, pero no hay valor para ello pues el nacionalismo es una vieja comunión como el tradicionalismo, cuando hay escisión se rompe con mucho más que un mero partido político. No sólo se pierde las relaciones de amistad, se pierde el alma, también la cuenta corriente, y lo más importante: la seguridad.

Abandonemos la arqueología.

Dejemos el fósil y pasemos al ámbito catalán. Abandonemos la arqueología política con la que no hay manera de encuentro, a pesar de todas las fórmulas utilizadas, ni mediante la disposición final primera de la Constitución, ni el Estatuto de autonomía y sus posteriores ampliaciones, ni con ninguna negociación con ETA, y pasemos a la formulación moderna reivindicativa catalana, con la que a primera vista, y teniendo en cuenta lo poquito que sabemos de los fundamentos de la política, parecería que se puede coincidir y llegar a acuerdo.

Es evidente que el nacionalismo catalán en los últimos tiempos ha sufrido una involución de la que no es ajena el proceso de radicalización del nacionalismo vasco, lo sorprendente a primera vista es que el PSC haya asumido dicha radicalización propugnando un nuevo estatuto de difícil encaje en un estado, sea este descentralizado mediante la anterior fórmula o federal. Se puede justificar este devaneo hacia planteamientos y prácticas nacionalistas con la necesidad de alcanzar un peso electoral suficiente para mantener el poder arrebatado a los nacionalistas, pero estos comportamientos suelen pasar factura y convertirnos de verdad en lo que decimos y hacemos, máxime cuando no hay organización ni colectivo social, mucho menos un partido, que no acabe convirtiéndose en un fin en sí mismo.

Cuando desde un cierto condicionamiento nacionalista se aboga por el federalismo no se suele nombrar a éste sin calificarlo, se habla de fórmula federalizante, de proceso, tendencia o espíritu federalizante, y de federalismo asimétrico, concepto que es una contradicción en sí misma. Mediante su matización o calificación se degenera el sustantivo, y los que conocemos la política vasca sabemos desde años que lo importante no es el sustantivo, lo determinante es la calificación o la matización.. No se dice claramente queremos una constitución u organización territorial federal, porque, seamos claros, eso no lo quieren. Porque a la vez que se formula una complicada mención al federalismo se aboga por el mantenimiento de la bilateralidad, relación entre el Estado central y la autonomía -fórmula de gran raigambre en el Antiguo Régimen que en la actualidad contaría para la promoción del proceso centrifugo con la inexistencia del virrey o del corregidor que limitaba estos excesos como autoridad real-. Bilateralidad, también, contradictoria con la solicitud de una cámara de las autonomías, el Senado, que no tendría sentido con el uso de esta relación. Luego, según la queja realizada por el profesor Francisco Sosa Wagner, un federalismo con diecisiete autonomías más dos ciudades autónomas sería por su número, y carencia de masa crítica en la mayoría de las autonomías, inmanejable y, por consiguiente, irrealizable si lo comparamos con la experiencia del sistema federal alemán. Tendríamos más estados federales que Alemania, sólo dieciséis, con la mitad de población.

Si el sistema solicitado es el federal no debiera aceptarse que los adjetivos o matizaciones acaben convirtiendo en no federal lo que se propone, hasta tal punto que admitida la asimetría y la bilateralidad del mismo lo que se nos ofrece como tal es confederalismo, máxime si los proponentes lo hacen tras haber definido como nación su autonomía y blindado sus competencias y finanzas como si de una entidad soberana se tratase. Frente al comportamiento político más rústico y sincero, hijo del carácter de castellano viejo que todo buen vasco posee(4), de llamar soberanía a la soberanía y de ir a un proceso, que sólo los muy interesados en no verlo no pueden otra cosa que aceptar que es de autodeterminación, versus independencia, en el caso catalán, competencia tras competencia, definición tras definición, nos descarrilan hacia el mismo objetivo proponiendo finalmente bajo el nombre de federalismo algo que es confederación.

El federalismo no sería una mala fórmula para reparar el actual desastre, pero a la que se van a oponer los primeros los nacionalistas o los defensores del federalismo asimétrico, llamándolo centralista, como los aristócratas del sur a la reforma constitucional de Jefferson, pues supondría un reforzamiento de las instituciones unitarias. Salvo que sea otra cosa, al nacionalismo periférico le repugna el federalismo. En el fondo la nueva aristocracia política periférica, nacionalista o sin tal nombre, tras treinta años de Estado de las Autonomías actúa de la misma manera que la vieja y anquilosada de la “Cabaña del Tío Tom”. Y es que, lo que se puede ir sospechando, es que sin saber lo que es federalismo, abogando por el confederalismo, sosteniendo la antigua foralidad en el caso vasco y navarro, sin la coherencia, racionalismo, y ejercicio de todas los contrapoderes democráticos que todo sistema descentralizado requiere, nuestra deriva se va dirgiendo hacia el Antiguo Régimen. Y creíamos que la izquierda era garantía de progreso, y sin embargo está pasando por un fuerte sarampión de admiración hacia los nacionalismos, y nuestra derecha, para retrasar las posibilidades que el federalismo pudiera tener en la solución ante la voladura del Estado y la nación, seguía llamando hasta hace un mes su líder federalismo, como un mal, a lo que no es más que confederalismo.

El federalismo exige de entrada asumir la soberanía de la unión y, por consiguiente, la potestad de ésta ante las partes. Por otro lado, si se desea su funcionalidad es obligado la lealtad de las partes con el todo, pues si las competencias periféricas se usan para romper con el sistema y lanzarnos a diferentes ínsulas de Barataria, donde antes de estar allí nos parece toda una meta feliz, pero una vez conseguida, dimensión, proceso político previo cuajado de egoísmo, insolidaridad e intolerancia, sino es como en Euskadi de pistoletazos en la nuca, nos acabarían pareciendo irrespirables, como al mismo Sancho.

Si no existe lealtad, el proceso de convivencia descentralizada no tiene ningún sentido positivo. Para que el federalismo sea posible es necesario que haya federalistas, y es incompatible con los nacionalismos periféricos. Federalismo que posibilita en razón a la eficacia del sistema que existan competencias irrenunciables por el poder central y otras que sean de ida y vuelta, que se gestiones bien por la autonomía, bien por el centro en función de su eficacia.

Es curioso, también, que salvo cuando se habla del Estado como órgano de servicios sociales el socialismo no considere a éste como una necesidad imprescindible para la convivencia y el bienestar de los ciudadanos. Observando que lo que entre sus bases está de moda ahora es la pluriculturalidad, la diferencia, el anarco-cristianismo de ONGs asistenciales, y hasta el nacionalismo periférico, versus catalanismo, vasquismo, galleguismo, todo ello como si nuestro socialismo hubiera sido parido directamente por el sindicalismo, ajeno a la política, y nada tuviera que ver con la génesis de la socialdemocracia europea ni el, aunque humilde, republicanismo español, también deudores en política del liberalismo. Para el socialismo patrio es como si el Estado fuera la patronal, según aquel eslogan radical y estúpido de los primeros años de la transición, que, además de hacerle pagar toda crisis, como si pudiera, se debiera limitar a verse arrebatado de todo tipo de atribuciones cual la llegada de Atila sobre Roma. Todo, como si la descentralización fuera positiva per sé.

Quizás sea cierto el origen apolítico del socialismo español, reticente y ajeno a la política tras muchos años de caracterizarla de burguesa y santificación del obrerismo, por ello cuando han buscado en su orfandad ideológica un discurso frente a la derecha, y para recoger el poder en la periferia frente a los nacionalistas, no se le ha ocurrido oportunistamente nada mejor que realizar un discurso ideológico y político muy parecido al de los nacionalismos periféricos. Cuidado con el oportunismo que los carga el diablo, porque si además se esperase encontrar un terreno de juego donde no entrara la derecha, almena desde donde sacudirle sin que ésta ose entrar dentro, téngase cuidado, porque si alguien ha sido localista y regionalista lo ha sido nuestra derecha, por dos orígenes, el tradicionalista y el de la Restauración, ambos con el resultado del localismo caciquil. Además le va más, lo nuestro, lo de la izquierda, creíamos, por el contrario, eran los himnos universales. Al menos eso creíamos que éramos.

Sin duda alguna toda esta deriva sea el resultado de una organización territorial muy autónoma, con tendencia a la dispersión, y sin definir ni cerrar, donde la toma de la iniciativa por los poderes periféricos ha sido muy grande. En gran parte ha sido así porque el partido gobernante en España ha pasado demasiado tiempo supeditado, salvo legislaturas puntuales, a conseguir el apoyo de algunos de los partidos nacionalistas, sin que nadie osara cerrar legalmente definitivamente el proceso centrífugo, que no se diera con una fórmula definitiva para la organización territorial y que el propio Senado se acabara definiendo como Cámara de las Autonomías, no sólo enunciándolo como tal.

También al Gobierno central le ha gustado, o al menos no le ha molestado en exceso, moverse en esta confusa relación con los partidos periféricos, jugando el seductor papel de monarca absoluto o de sultán cada presidente del Gobierno. Bajo la precariedad en la gobernabilidad por carecer de mayoría absoluta, y un cada día más difícil acuerdo entre los partidos, e, incluso, en el seno de los propios partidos, y ante la etérea línea del techo competencial de las autonomías, los partidos, nacionalistas o no, que viven sobre el terreno, se han dejado engullir por la espiral del localismo más atroz y estúpido -lo califico así pues parece un comportamiento infantil el ordeñar al Estado hasta que éste se quede seco o caiga desfallecido-, y los diferentes poderes lo han ido aceptando como lo más normal y útil. Por lo que se ha fomentado y perdurado la negociación bilateral del Gobierno con las autonomías, y todos los partidos, que viven sobre el terreno, insisto, para depredación del Estado, han ido socavándolo hasta dejarlo en la mínima expresión (dándose una cierta semejanza con la situación que se dio en la guerra contra Napoleón con las Cortes de Cádiz, donde las juntas regionales, y a su vez las partidas, hacían lo que les daba la gana).

También la oposición, sea del color que sea, se ve arrastrada por el poder fáctico de los poderes periféricos. La oposición que espera en los cuarteles de invierno encuentra en las autonomías que le son propia, no como en otras naciones en los ayuntamientos que es un poder más limitado, la plataforma para sobrevivir, dejándose presionar por ellas. No sólo Zapatero en su relación con Cataluña, convertida cuando estaba en la oposición en una plataforma de acción contra el Gobierno y hoy como presidente del Gobierno en un problema muy serio para él, también a Rajoy le empieza a pasar lo mismo ante los poderes autonómicos de su partido. Esta dinámica tan poco institucional lo que ha facilitado es un protagonismo de los partidos excesivo. Era el acuerdo entre partidos y no entre instituciones los que han ido cerrando los problemas y la aprobación de los presupuestos unos tras otros. La Generalitat catalana recibía unos ingresos extras porque CiU negociaba con el presidente de turno inversiones y transferencias para aprobarle sus presupuestos, y parece que no es muy diferente con el PSC. Es evidente que este tipo de práctica ha supeditado el tejido institucional a la actuación de los partidos.

Pero habiendo llegado ya a un punto crítico, donde la opereta empieza a convertirse en tragedia, y los apoyos de ayer en angustia para el presente, esperemos que la conciencia sobre esta situación nos permita observar, apreciando la necesidad de la supervivencia del Estado, que no se puede seguir acentuando esta deriva abocados a que el discurso nacionalista de la periferia nos acabe arrastrando a que no haya nada para nadie. Quizás la crisis económica nos obligue a ver que tanta incompetencia, tanto aeropuerto por capricho político, tanto gasto en cultura autóctona, cuando no es en las llamadas lenguas propias, tantos programas simbólicos de investigación dispersos si no contradictorios, tantos fracasados sistemas educativos, tantos organismo de protección civil que a la hora de calamidades no sirven para nada y hay que convertir a parte del Ejército en bomberos para que pueda intervenir en cualquier parte del territorio (lo que pudiera acabar por convertirse en instrumento regenerador de la nación, en vez de alcanzar el título de Ejercito Nacional como con Espartero, acabarán llamándose bomberos nacionales), además de costarnos un ojo, acabará en esta situación por demostrarnos que nunca más por este camino. Que la dispersión y la destrucción del Estado tiene un límite.

Y entonces, posiblemente, debiera darse la reflexión, de la utilidad de una gran coalición para la solución del tema territorial que puede colapsar, como lo descubrieron los políticos alemanes ante menores síntomas que empezaba a sufrir la administración estatal ante las contradicciones entre el poder central y el descentralizado. Pero en Alemania no existen nacionalismos periféricos, todos son leales con el sistema -la estructura política no ha arrastrado a la creación de discursos secesionistas-, la política goza de tradición y cultura, además de conciencia y culpabilidad por los errores del pasado (aquí los errores y las culpas son de los otros), y en la solución de los problemas, no sólo el territorial, se ha arbitrado una gran coalición entre conservadores y socialdemócratas. En España la solución es más complicada, la solera política de nuestros partidos es inexistente, el lema es el poder aunque hundamos el barco, y el pragmatismo más ramplón unido a la improvisación está siendo la tónica general especialmente en los últimos tiempos. Sería necesaria una cierta catarsis que facilitara el encuentro ente el PSOE y el PP para resolver el problema de la organización territorial. Es verdad que vista la deriva sectaria de los últimos tiempos este logro sería más que sorprendente, pero el nuevo acuerdo sobre política de seguridad frente al terrorismo pudiera ser una buena plataforma inicial para ello. Pero, además, precisamente por la inestabilidad de la política española y falta de reflexión, las soluciones en España están cuajadas de cosas aún más imprevisibles y extrañas, como, por ejemplo, que Largo Caballero colaborara con la dictadura de Primo de Rivera (aunque me guarde mi explicación sobre ello), nada menos el que fuera calificado una década después como el Lenin español, o que fueran personas procedentes de la dictadura anterior los que facilitaran el paso a la actual democracia.

Posiblemente sería inalcanzable una gran coalición a la alemana pero aunque fuera mediante acuerdos más discretos es necesario poner fin rápidamente, acuciados por la crisis económica, a las tensiones territoriales existentes. Y para ello es necesario entender que mayores cotas de descentralización, y no digamos la separación, a los único que les ha interesado ha sido a los partidos políticos, que han convertido, pues el lema es mayor poder como sea, estos objetivos en un fin exclusivo. Ni los sondeos sobre el proceso autodeterminista en Euskadi ofrece un porcentaje amplio de apoyo ciudadano, ni el referéndum catalán que rubricaba el nuevo estatuto fue un portento de participación, y no digamos nada de la participación ciudadana en el andaluz. Las tensiones que por el tema territorial, a pesar del costo que tanta descentralización ineficaz nos está suponiendo, sólo les interesa a los partidos políticos y a alguna academia regional de estudios etnológicos.

Mientras que todo tipo de capricho se hace ostensible en las ofertas populistas de los caudillos regionales, la gobernabilidad de España se hace cada día más difícil. No es sólo en el terreno político, consulta de Ibarretxe, nuevos estatutos en el filo o en las afueras de la constitucionalidad, sino en el social y económico, dificultad de financiación, guerra del agua, escaramuzas en la pesca ente montañeses y vascos, dificultades en el mantenimiento del sistema sanitario, fracaso educativo, imposiciones del idioma vernáculo de las autonomías, causas estructurales en nuestra crisis económica, etc., parece que la más llamada a preocuparse, la izquierda, ha olvidado sus discursos, sus mitos, su retórica, sus principios, como aquellos que relatara Michelet embriagado por el aroma de la revolución francesa y que uno de los pocos republicanos españoles, Blasco Ibáñez, se atreviera a traducirnos:

“El tres de noviembre (de 1.789) es un gran día. Aquel mismo día se acaban los Parlamentos y los Estados provinciales. Aquel mismo día se presenta un informe de Thouret sobre la organización de los departamentos, sobre la necesidad de borrar las provincias, de acabar con aquellas falsas nacionalidades, resistentes y de mala fe, para constituir en el espíritu de la unidad una nación verdadera. ¿Quién tenía interés en mantener aquellas viejas divisiones, aquellas odiosas rivalidades, en conservar a los gascones, los provenzales, a los bretones, en impedir a los franceses constituir una Francia?. Los que reinaban en las provincias, los Parlamentos y los Estados provinciales, falsa imágenes de la libertad, que durante tanto tiempo le habían hecho sombra, la habían maniatado, le habían impedido nacer”.(5)

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1- En Euskadi padecemos ahora una campaña contra el tren de alta velocidad protagonizada por los que además de abertzles se autodenominan socialistas.

2- En su segunda conferencia en la Sociedad el Sitio de Bilbao, en 1908, don Miguel se sorprendía por el ambiente de enfrentamiento provocado por los nacionalistas: “Hubo un tiempo, allá en mi niñez y en mis mocedades, en que este nuestro pueblo y su región toda estaban divididos en dos bandos políticos: liberales y carlistas. En tiempo de guerra andaban a tiros unos con otros, pero hecha la paz convivían y se trataban, si no siempre con cordialidad, por lo menos con cortesía……Habría de reconocerse que eran por lo común, gente bien educada. Hoy, con las nuevas divisiones, parece que las cosas han cambiado. Apenas pasa domingo que después de unos y otros gritos no vengan a las manos muchachos de diferentes bandos. Y esto lo ha traído el bizkaitarrismo. No me asusta idea política alguna, paso hasta por las doctrinas de los que en el fondo no anhelan sino poder separarse de España. Si es que realmente lo quieren y si pueden lograrlo sepárense, hasta esto llego, pero sepárense a tiros, no a coces”. Conferencia titulada “La Conciencia Liberal y Española de Bilbao”, 5 de septiembre de 1908. “La Tribuna de “El Sitio”. 125 Años de Expresión Libre en Bilbao (1875-2000)”, sociedad El Sitio, Noaín (Navarra), 2001, págs. 72 y 73.

3- Michelet, Jules, “Historia de la Revolución Francesa”, Ediciones Ikusager, Vitoria, 2008, página 163, Tomo I.

4- …Y bruto, como aquella frase de Arzalluz en un alderdi eguna de “antes cortarnos el brazo que aprobar una constitución”.

5- Michelet, J., op. cit., página 329, tomo I.

Eduardo Uriarte Romero, 15/8/2008