Julián Delgado: La desnacionalización

Soy de los que han defendido, contra las críticas del neoprogresismo, el éxito de la Transición; convencido de que el paso pacífico de la dictadura a la democracia (relativo, hubo más de 500 víctimas) había sido un ejemplo para la historia. Pero ahora, a la vista de los resultados, considero que en su bodega llevaba colocadas unas cuantas bombas de relojería. Me voy a referir a una de ellas: la desmañada solución fraguada en la CE de 1978 para solventar el problema de los nacionalismos periféricos que, en lugar de solucionarlo, lo ha agravado… Artículo publicado en Última hora de palma.

El café para todos, que pudo ordenar la burocracia estatal, ha devenido en un artefacto de destrucción masiva para el concepto de España como nación.

Nadie se ocupó de reconstruir un nuevo patriotismo español disociado del franquismo, nadie creó un relato coherente, un nuevo sentido de pertenencia libre de yugos y flechas, que lo hiciera creíble, que proporcionara fe en la nación; algo que merecía después de sufrir una dictadura durante cuatro décadas y de haber luchado y sufrido por conquistar las libertades. España, a la defensiva, se cargó con esa rémora histórica vergonzante y con el correspondiente complejo de culpa, sumergida en una maraña en la que el Estado, la Nación y el Gobierno se confundían en una misma patria deleznable heredera de la dictadura.

Ante esta situación, la izquierda hizo suyo ese relato y se alió con los nacionalismos excluyentes, jugando sus bazas y rompiendo principios esenciales, algo inaudito en la socialdemocracia occidental. La derecha, acomplejada, con intención de redimirse, procuró quitarse de encima el sanbenito de ser la heredera del franquismo y renunció a fomentar el sentimiento nacional español.

Mientras tanto, aprovechando el vacío que dejaba la desnacionalización española, los nacionalismos periféricos comenzaron a construir sus respectivas naciones desde el primer momento. Crearon sus mitos, su legitimidad mágica, reinterpretaron la historia a su conveniencia y consiguieron que los ciudadanos se sintieran parte de una realidad nacional, en detrimento de la española, presentando a ésta, además, como ajena, opresora y deslegitimada. Así, poco a poco, se fue diluyendo en Cataluña y el País Vasco el concepto de nación española, negando incluso su existencia, al referirse a ella siempre como Estado Español, consiguiendo barrer de sus territorios sus símbolos y vestigios, en un intento de negar los vínculos seculares que nos unen.

Hoy vemos como en Cataluña no pasa un día sin que en algún acto oficial suene Els Segadors cantado por los asistentes, algunos con los ojos llorosos de emoción patriótica, mientras que el himno nacional español no se escucha en esa comunidad más que en escasas ocasiones, en su versión corta para no provocar, y en las que es siempre abucheado. No seré yo el que critique esas lágrimas cuando las he vertido el otro día cuando se murió mi perro, algo menos metafísico. Sólo quiero señalar, que a esa exaltación nacionalista, a ese sentimiento de pertenencia mágico, España debió contraponer otro, superior y compatible, que pudiera vertebrar sus diversos territorios, persuadiendo, seduciendo y convenciendo. Algún día tendremos que empezar.

Julián Delgado   (escritor)

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