Blog de Carlos Carnicero, 15/9/2013: España, ¿un estado fallido?

…el PSC, que ha pasado de ser fuerza gobernante a quedarse en el extrarradio de la política catalana. Su discurso ha abandonado la ambigüedad y se ha instalado en la irrelevancia. Su intento de competir en el espectro de los partidos nacionalistas se ha convertido en una verdadera pesadilla. Cuantos más cavan en su propio agujero más se hunden…   La definición de “estado fallido” no es precisa y es más mediática que propia de la ciencia política. Pero en general se refiere a la pérdida del control efectivo de un estado sobre la fuerza o del territorio. No es en modo alguno aplicable a la situación española. Pero convendría tener en cuenta esa posibilidad en función de la encrucijada que se está planteando en Cataluña.

Por circunstancias que sería prolijo determinar, una parte importante de los ciudadanos que habitan en Cataluña, y una mayoría decisiva de sus fuerzas políticas están inmersos en un proceso de desvinculación del estado español, promoviendo tesis de independencia y amenazando, incluso, con superar  el orden constitucional para disociarse del conjunto de España. Es la amenaza de convertir España en un estado fallido.

La solución de “aplicar la ley” es impecable desde el punto de vista jurídico pero alimenta la incógnita de si se puede perpetuar la situación actual, en la medida en que se profundice la desafección de una mayoría de catalanes hacia España.

El PSC y el PP corren el riesgo, si no lo están ya, de convertirse en fuerzas marginales e irrelevantes en el panorama político catalán. La peor de las situaciones posibles la monopoliza el PSC, que ha pasado de ser fuerza gobernante a quedarse en el extrarradio de la política catalana. Su discurso ha abandonado la ambigüedad y se ha instalado en la irrelevancia. Su intento de competir en el espectro de los partidos nacionalistas se ha convertido en una verdadera pesadilla. Cuantos más cavan en su propio agujero más se hunden. Carecen de relevancia, han sido abandonados por el electorado que les fue natural y no han conquistado votos en el semillero de un nacionalismo in crescendo.

La respuesta tardía y forzada -por las demostraciones populares de adhesión a la agenda independentista-  ha dejado también a Mariano Rajoy sin discurso. Se limita a ofrecer una nueva reforma de la financiación.  Una más, para capear el temporal en espera de la próxima exigencia nacionalista.

El problema radica en calibrar lo que es la esencia de un partido nacionalista. En el esquema ideológico y político de los nacionalismos no resulta definitorio ni relevante el eje izquierda/ derecha. Lo fundamental es el manejo calculado de la tensión con el estado al que reta permanentemente, con la inmensa ventaja de que esa espiral no tiene fin. O mejor dicho, su fin es la independencia, formulada en términos de ensoñación que solo se puede desinflar parcialmente cuando la escisión inminente puede significar una tragedia constatable por sus ciudadanos.

Cerca de cuarenta años de rodaje democrático no han conseguido establecer un estado sólido, sostenible, indiscutido y capaz de albergar en confort a la totalidad de los españoles. La tensión permanente del terrorismo ha estado acompañada por la permanente disputa para ocupar terrenos reservados a la soberanía de la nación en Cataluña y en Euskadi. Con la resaca de la inhabilitación de ETA como organización terrorista operativa, los nacionalistas catalanes han cogido el relevo para retar al estado y al conjunto de los españoles con soluciones imposibles en el ordenamiento constitucional.

Esta vorágine amenaza, incluso, a la burguesía catalana, que ha sido el eje hegemónico en la historia del nacionalismo catalán. Pero sus pasos, probablemente mal calculados, tienen difícil retroceso. Sus expectativas sobre la bondad de la independencia han calado hondo en la sociedad catalana. ¿Cómo reconocer ahora que la independencia no era un objetivo sino solo un instrumento? CiU como coalición hegemónica del nacionalismo catalán, está ahora amenazada por los cachorros que crió.  Josep Antoní Durán i Lleida, líder de Unió Democrática de Catalunya y comparsa obligada en la coalición CiU ya se ha dado cuenta. Pero su vida al margen de la coalición donde ha acomodado su existencia no es fácil. No tiene ni el peso ni el partido suficiente para estabilizar una dinámica en la que ya está inmerso.

Si el problema de Cataluña tiene una solución, que ahora mismo no se atisba, debe ser admitida por el conjunto de la sociedad española, que no sea discriminatoria de unos españoles frente a otros y que ofrezca sostenibilidad. El objetivo debiera ser no solucionar el llamado contencioso catalán, sino además encontrar una conceptualización y estructuración de España como un estado moderno, solidario de unos ciudadanos con los demás, y que garantice la igualdad de derechos y de obligaciones de todos los españoles, sea cual sea la comunidad, nacionalidad, nación o territorio en el que habiten.

No se me ocurre ninguna otra fórmula que una revisión sosegada, libre de presiones y realizada en libertad, de la Constitución, para encontrar una fórmula jurídica y política que permita y consolide el crecimiento de España como un estado moderno. La superación de las tensiones preexistentes, radicadas en la historia pasada, muchas veces falsificada y modificada por los nacionalismos, es una cuestión que no admite aplazamiento y que exige la lealtad de todos. No podemos vivir siempre con la amenaza de este problema no resuelto. Y los nacionalistas se deben comprometer a aceptar de manera estable el resultado de esa voluntad renovada en un proceso que tiene algunas similitudes con una solución constituyente.