Marcus Pucnik en Crónica Global: Hace falta una oposición unida

El panorama político catalán ya es tal que permite hablar de una opinión única, una opinión oficial, un monopolio que recuerda cada día más a los estados totalitarios. Lo que se lleva hoy ya no son dictaduras claramente identificables como tales. La Rusia de Putin ha entendido eso, y la China popular está en camino de crear una dictablanda. Lo que se lleva hoy es la ingeniería social bajo una fina capa de democracia nominal: estamos asistiendo a la venezolanización de Cataluña.   La oposición catalana se encuentra fraccionada ante una fuerza dominante que se ha unido por un único objetivo, la independencia. Además, tiene en contra suyo un gran poder institucional y mediático, y para colmo muestra mucho menos actividad que los nacionalistas/separatistas.

Esa fuerza dominante, es decir el poder gubernamental autonómico, se despliega en dos vertientes, el Gobierno autonómico en sí y la llamada “sociedad civil”, o más precisamente la Assemblea Nacional Catalana (ANC), entre los que CiU y ERC operan como bisagra. Es un engranaje que funciona a la perfección y que ha logrado algo muy curioso: que mucha gente defienda unos supuestos derechos colectivos por encima de sus muy reales derechos civiles.

La oposición ha permitido esto porque por lo menos parte de ella no tiene claras sus prioridades y toda ella parece haberse perdido entre los varios tentáculos que representan el Gobierno autonómico. Lo que le falta es un consenso básico. Este consenso debería ser fácil de establecer. Si una muy variopinta coalición soberanista ha logrado congregarse alrededor de la sencilla fórmula “independencia”, la de la oposición debería ser el Estado de derecho, una fórmula aun más sencilla que la independencia por tres razones: está mejor definida, defiende los derechos individuales y, sobre todo, es algo real y presente, y no la promesa de un incierto futuro.

Es muy difícil hacer demagogia con el Estado de derecho. Pero por desgracia vivimos en tiempos de demagogia, y la fuerza dominante sabe manejar la suya a la perfección. Con su nueva actitud legal, Artur Mas intenta blindarse contra la crítica más severa, la de no ejercer su función básica de cumplir y hacer cumplir la ley, algo que delante de la comunidad internacional le puede costar muchos puntos.

La ANC no es sociedad civil sino parte del engranaje del Gobierno autonómico, la oposición haría bien en oponerse a ella sin complejos

Esto no significa que esta fuerza dominante vaya a ser menos demagógica a partir de ahora. Sirviéndose del engranaje separatista, lo que ha hecho Mas es externalizar la demagogia, o por lo menos gran parte de ella, fuera del Gobierno autonómico. La demagogia, y las actividades más sospechosas desde el punto de vista democrático (y legal) son cosa de la ANC. Es una jugada magistral porque crea una situación novedosa que representa un dilema para la oposición: ¿Cómo atacar a los que se presentan como sociedad civil? Tradicionalmente son los partidos políticos los que compiten entre sí, la sociedad civil es algo que todos ellos han de respetar.

Resolvamos este dilema paso a paso. Primero de todo, llamemos a esta “sociedad civil” por su nombre: es la ANC, que no es otra cosa que un conglomerado de organizaciones políticas (aunque sean ONG) mantenidas durante mucho tiempo mediante subvenciones -cosa que también es válida para los medios que les son afines-, que tiene claros vínculos con ERC y funciona en connivencia con una CiU radicalizada. Zarzalejos llama a la ANC “testaferro de los partidos independentistas (CDC y ERC)”, una descripción correcta. Desde su guarida “civil”, representando la misma política que estos partidos pero sin sufrir su desgaste ni el desencanto con los políticos hoy muy extendido, este testaferro es ideal para hacer el trabajo sucio para el Gobierno autonómico. Se trata de una simple división de trabajo, la táctica de poli bueno/poli malo.

Veamos ahora cómo funciona esto al detalle con el ejemplo de la Associació de Municipis per la Independència (AMI), el “brazo institucional del soberanismo” como la llaman algunos y que según la ANC forma parte de sus “estructuras”.

La AMI comete una subversión de las instituciones -municipios, consejos comarcales, etc.- que es memorable. En palabras de Mercè Conesa, alcaldesa de Sant Cugat del Vallès (Barcelona) y miembro de la dirección de la AMI, “los ayuntamientos y el municipalismo agrupado en la AMI tiene que ser el motor para empujar el proceso de independencia de abajo hacia arriba. Como administración más próxima al ciudadano, tenemos que trabajar para construir grandes mayorías sociales”.

Es obvio que esto no es para nada el mandato de los gobiernos municipales. Todo lo contrario, tienen la obligación de guardar cierta neutralidad política. Tal y como no pueden hacer propaganda por un partido político, tampoco pueden promover una idea política de la manera como lo hacen, por ejemplo declarando su enseña, la estelada, “bandera oficial”. Ni tiene el ciudadano por qué verse forzado a pasar debajo de esta estelada “oficial” día tras día, muchísimo menos cuando esta representa claramente una de las opciones que en este momento compiten directamente entre sí y en un futuro cercano pueden ser objeto de votación. Los municipios AMI se hacen partidarios de una opción política excluyendo a las otras, le hacen la propaganda desde su poder público intentando influir en el voto, y esto es democráticamente imperdonable y posiblemente ilegal.

Es, además, cuando menos extraño que los municipios se ocupen de fronteras estatales. La pertenencia nacional, la soberanía, es un asunto que primero incumbe a cada ciudadano de manera muy personal y a todos los ciudadanos en su conjunto, y después a un parlamento nacional, que según los mismos soberanistas sería el Parlamento autonómico. Aquí, los separatistas muestran que no respetan nada, ni sus propios principios siquiera. Esta es su tan cacareada “legalidad democrática” que falsamente oponen a una “legalidad jurídica”. Al final, los separatistas no cumplen ni con una ni con otra. Solo se imponen.

La oposición fraccionada que hoy vemos nunca estará a la altura de dar aquella réplica efectiva que los ciudadanos que representa se merecen.

Dicen que solo quieren votar, a la vez que se esfuerzan al máximo para predeterminar el resultado de esta votación. Unas ansias de control que se repiten con el Consejo Asesor para la Transición Nacional (CATN), compuesto íntegramente por separatistas, algunos de los cuales siguen haciendo campaña a favor de la independencia a pesar de su posición institucional. Cosa que es indigna considerando que en teoría deben defender el (mal llamado) “derecho a decidir” de todos los catalanes; mandato que, además, el CATN excede al prejuzgar con su trabajo a favor de unas “estructuras de Estado” aquel voto que todavía tiene que aprobar tal Estado. En figuras como Ferran Requejo y Salvador Cardús (y Pilar Rahola: inexplicable presencia) se ve claramente que el CATN opera en las dos vertientes arriba descritas, la oficial y la de la “sociedad civil”. O, mejor dicho, es la ANC hecha institución por voluntad de Mas. El engranaje. Las ansias de control por supuesto también se ven en el trabajo de los medios de comunicación públicos, que ya no merecen ser llamados “públicos”.

Este “éxito” separatista es posible gracias a la colaboración fluida entre la ANC por un lado y ERC y CiU (o bien el Gobierno autonómico, directamente) por el otro, como lo es también gracias a ERC y CiU que la ANC como tal pueda campar a sus anchas en los municipios, arrogándose hablar en nombre del pueblo y metiéndose hasta en las fiestas locales. La ANC es la “voz del pueblo”, la única voz, la que ERC y CiU escuchan tan a gusto porque es su propia voz.

Queda claro que el argumento del patriotismo es letal para el debate político, sobre todo en las unidades territoriales más pequeñas, donde se conoce todo el mundo. Juega con un temor atávico del ser humano, el de verse excluido de la tribu. Este temor es parte de nuestro ADN, los que se quedaron excluidos de la tribu tenían bastante menos posibilidad de tener descendencia. (Y por lo que a los convencidos se refiere, la situación no es mucho mejor. Se juega con sus sentimientos nacionales, que a veces son muy fuertes e íntimos, a favor de unas finalidades políticas más que dudosas y bastante irreales: tanto las “consultas” entre 2009 y 2011 como la Via Catalana tenían un fuerte elemento expansionista, seguramente no compartido por muchísimos de los que participaron en ellas).

La democracia instala mecanismos para amortiguar gregarismos y garantizar la libertad individual, mecanismos que el nacionalismo/separatismo catalán está poniendo fuera de servicio sin escrúpulos, mientras que sin ruborizarse se describe a sí mismo como “escrupulosamente democrático”. Es como menos dudoso que bajo estas condiciones se puedan garantizar unas elecciones (referéndum) libres y justas.

Esta es la manera de operar de la mal llamada “sociedad civil” catalana, desde la cual se define quién forma parte del pueblo y quién no, y desde la cual se puede llamar impunemente traidores a los que discrepan, o amenazar con la expulsión. Esta es la manera de llevar a cabo el trabajo de poli malo mientras que Mas se puede lavar las manos en el escenario internacional, felicitándose de cuán pacífico, democrático y civilizado es su “proceso”.

La ANC no es sociedad civil sino parte del engranaje del Gobierno autonómico, y, sin despreciar el trabajo parlamentario, la oposición haría bien en oponerse a ella sin complejos.

Para ello se debe servir de los mismos niveles municipal y ciudadano que la ANC. Los partidos de la oposición tienen que hacer frente a AMI/ANC en cada municipio de forma contundente y coordinada. Por el lado ciudadano, iniciativas como el Col·lectiu Emma o Help Catalonia, que se dedican a promover su causa por el mundo, son fáciles de copiar. ¿O es que aquí no hay nadie que hable inglés? ¿No hay nadie que sepa diseñar una página web? ¿No hay profesionales de la comunicación? ¿No hay, en definitiva, ciudadanos preocupados y con la voluntad de resistir? Otra sociedad civil es posible.

El panorama político catalán ya es tal que permite hablar de una opinión única, una opinión oficial, un monopolio que recuerda cada día más a los estados totalitarios

Algunos barajan la posibilidad de que la meta de Artur Mas no sea la independencia, sino que use el separatismo para ganar lo máximo dentro de España. Que las Autonomías obtuvieran más competencias podría ser algo muy positivo, pero no al precio de fomentar un etnicismo, entonces incluso protegido por Madrid, cuando como Estado independiente Cataluña tendría todas las de perder por ejemplo en materias como la inmersión y, por supuesto, en el tema del pancatalanismo. Da igual si Mas tira para ese lado o aquel. No debería ser problema operar sobre las dos hipótesis a la vez, y oponerse a ambos supuestos, porque al final representan lo mismo: una victoria del nacionalismo más beligerante y exclusivo, y una derrota de los derechos civiles. Son estos los que deben unir a la oposición desde ya.

Una oposición unida también podría haberse enfrentado a una de las últimas ofensivas propagandísticas de la Generalidad. Simultáneamente, Artur Mas y Francesc Homs publicaron la semana pasada sendos artículos de opinión en el The New York Times y The Guardian. ¿Quién da la réplica ahora?

La oposición fraccionada que hoy vemos nunca estará a la altura de dar aquella réplica efectiva que los ciudadanos que representa se merecen. Una oposición que, más allá de los partidismos, hable sin ambages y de forma coordinada de los excesos del nacionalismo/separatismo ya tendría otra categoría. Que hable de que la meta final del separatismo es la Gran Cataluña. Que dé a conocer el abuso de poder de los municipios de la AMI. Que explique a todo el mundo que los medios de comunicación públicos son ya solo meros órganos de régimen, escudándose, ellos también, en la existencia de esa falsa “sociedad civil”. Que apunte con el dedo todas las veces que uno es llamado traidor o botifler por el mero hecho de disentir. Que revele que para algunos el clima se está haciendo irrespirable en Cataluña, que se ha inventado un “derecho a decidir”, invento y puro invento en base al que se ha levantado la veda contra todos aquellos que no proponen un referéndum, o los que se oponen a un referéndum ilegal.

El panorama político catalán ya es tal que permite hablar de una opinión única, una opinión oficial, un monopolio que recuerda cada día más a los estados totalitarios. Lo que se lleva hoy ya no son dictaduras claramente identificables como tales. La Rusia de Putin ha entendido eso, y la China popular está en camino de crear una dictablanda. Lo que se lleva hoy es la ingeniería social bajo una fina capa de democracia nominal: estamos asistiendo a la venezolanización de Cataluña.

En esta situación hace falta argumentar más y mejor, tener las cosas claras y unos principios universales bien llevados. Y antes de nada hace falta una cosa: unidad, que también y sobre todo debe ser unidad de acción.

La presente situación política en Cataluña muestra, en varios aspectos, similitudes con aquella que en Eslovenia, en 1990, hizo necesaria la creación de la coalición opositora DEMOS; experiencia de la que se puede aprender alguna lección. DEMOS ganó las primeras elecciones democráticas.

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