Desde Australia, José Luís Ruíz (*) El Final de los Borbones

 JLRuíz                                    Es en este ambiente de incertidumbre y quebrantamiento ético-político y social, sin embargo, donde también por primera vez, la monarquía y sus representantes despiertan el interés del ciudadano ordinario debido principalmente a una serie de escándalos financieros protagonizados por varios miembros de la familia real, el oscurantismo que rodea a la institución… 

 La ciudadanía aparece este verano más revuelta, enfadada e impaciente que de costumbre debido, entre otras cosas, a la creciente ola de corrupción institucional y política que invade este país desde hace bastante tiempo.

Hasta podría decirse que por primera vez en la historia reciente de la democracia el ciudadano de a pie toma conciencia del grave deterioro que vienen sufriendo todas las instituciones del estado en general y la clase política en particular. Las primeras por negligencia e incumplimiento de sus funciones y deberes democráticos, y los segundos por haber traspasado con creces todas las líneas rojas en cuanto a ineptitud, incompetencia y corrupción personal.

Ahí están para atestiguarlo la falta de autoridad del Estado en las Comunidades Autónomas, las mentiras y promesas electorales incumplidas por la administración central o los ya innumerables casos de corrupción que afectan a la casi totalidad de las organizaciones políticas.

Como también están presentes las constantes movilizaciones de jóvenes y clase trabajadora a través de diversos colectivos y asociaciones independientes para demostrar el alto grado de desafección existente con la política oficial y los partidos políticos tradicionales.

 Es en este ambiente de incertidumbre y quebrantamiento ético-político y social, sin embargo, donde también por primera vez, la monarquía y sus representantes despiertan el interés del ciudadano ordinario debido principalmente a una serie de escándalos financieros protagonizados por varios miembros de la familia real, el oscurantismo que rodea a la institución, la intolerable actitud personal de altanería y desprecio por la ley desplegada tanto por el rey como sus vástagos y el costo oneroso que representa para el contribuyente el mantenimiento de la casa real.

Ante esta nueva percepción ciudadana cabria preguntarse si no ha llegado la hora de cambiar el sistema político español y otorgar la voz al pueblo soberano para que decida sobre la continuidad de la monarquía borbónica.

 Después de todo, resulta incongruente no cuestionar la monarquía en un país donde, hoy día, solo se podría encontrar algún monárquico de verdad en la redacción del ABC. Donde el arco parlamentario, incluido el PP, carece de convicciones monárquicas y los apoyos reales se reducen a varias docenas de personas de su entorno y la complicidad de los dirigentes del PP y PSOE.

 Para ser el pueblo español un país de raíz y pensamiento eminentemente libertario y republicano desde la invasión napoleónica, resulta una paradoja el hecho de que, excepto fuera de periodos brevísimos, continuamente hayamos tenido que soportar y sufrir la plaga borbónica hasta nuestros días.

 Efectivamente, los Borbones nos han perseguido como una maldición tres siglos sin que nada pudiera remediarlo y sin encontrar manera o antídoto que nos librase de esas sanguijuelas.

A pesar de haber defenestrado la monarquía con carácter definitivo en 1931; a pesar de 40 años de una  dictadura a la que se le podría llamar de todo menos  monárquica; a pesar de que el Caudillo dictador y sus secuaces jefes militares jamás se plantearon en serio restablecer la institución real, aquí estamos, en pleno siglo XXI, gobernados por un monarca de precario coeficiente intelectual, del cual somos todos sus súbditos.

 Aquí los tenemos todos los días asomados a la prensa y medios de comunicación con relatos sobre la cacería en Bostwana y los avatares de los Urdangarines usando todas sus artimañas e influencias para librarse de la cárcel donde, por cierto, deberían haber ingresado hace mucho tiempo de haber vivido en cualquier otro país democrático.

 Pero gracias a esas acciones delictivas de la pareja y al bochornoso y bananero espectáculo del aparato judicial tratando de exculparlos, aun a costa de su escasa credibilidad, la ciudadanía ha abierto, por fin, los ojos a la cruda realidad de extrema corrupción, arbitrariedad y privilegios que habita en la llamada casa real.

 Sainete, vaudeville, farsa, comedia,…..llámenle lo que se les ocurra a este circo permanente de despropósitos reales. La cosa no tendría mayor trascendencia e incluso tendría su gracia, como en Holanda, Bélgica o Dinamarca y otros lugares en Europa donde la monarquía solo sirve para vender revistas del corazón a ciertos sectores de la sociedad que se entretienen con historias rosas de celebridades, si no fuera por los cimientos antidemocráticos de la institución española.

 Impuesta a dedo por el dictador más sanguinario de la historia española con el solo objetivo de perpetuar el régimen fascista después de su muerte, la monarquía, de forma alevosa y vergonzante, queda legitimada por su inclusión en la nueva Constitución Española de 1978. Sin necesidad de referéndum ni plebiscito alguno el Borbón se había garantizado el trono una vez más pero, en esta ocasión, gracias a unas fuerzas políticas netamente republicanas por tradición, ideología y base.

 Por si esto fuera poco, el espaldarazo monárquico final se lleva a cabo aprovechando la tragicomedia del Tejerazo en 1981, que representa el segundo y definitivo acto de legitimización de la monarquía por el socialismo y comunismo patrios. Si Pablo Iglesias, Largo Caballero, Azaña o José Díaz levantaran la cabeza!

 Ciertamente, la monarquía se integra en el imaginario popular a consecuencia de la manipulación de los partidos, de derecha e izquierda indistintamente, sobre los hechos acaecidos durante el esperpéntico intento de golpe llevado a cabo por un par de generales sin respaldo alguno y condenado al fracaso desde su misma incepción.

 Este acontecimiento, en el que el Rey se distingue no precisamente por su valor y coraje frente al intento golpista sino por su acción dubitativa, instinto de conservación e interés personal hasta el mismo momento en que la rebelión militar fracasa por su propio peso, fue sin embargo la oportunidad elegida por las fuerzas políticas para erigir al monarca a la categoría de héroe nacional.

 Como sabemos muy bien por el sistema implantado por el nazismo, una mentira incesantemente repetida se  convierte en verdad absoluta en un corto periodo de tiempo. Esto, unido a una masiva campaña propagandística en favor del rey, termina por convencer a la ciudadanía de la bondad, rectitud y conveniencia de abrazar al “monarca salvador” y su institución.

Pero no hay mal que cien años dure y este no puede ser distinto. El blindaje a que todavía hoy tratan de mantener PP, PSOE, y otros partidos menores, pierde consistencia a velocidad de vértigo. El ciudadano ha recuperado el sentido común que le habían secuestrado esos mismos partidos en los que habían creído durante décadas. Ahora simplemente los desprecian, como vemos a diario y cada vez que hay elecciones parlamentarias. 

Como seguir creyendo en partidos como PP y PSOE, ambos plagados de corrupción y políticos incapaces, traidores a su propia historia, ideología y a las clases populares que “representan”, especialmente el partido socialista. 

No obstante, el mayor contribuyente del desprestigio de la institución monárquica llega, como siempre fue, de la mano del propio monarca y familia. Insensato, incontinente y de escasísimas luces, el rey se ha ganado a pulso la crítica situación actual en que se encuentra y que, según todas las predicciones, acabara, felizmente, con su reinado.

Dicen y propagan a los cuatro vientos los entendidos y eminencias grises del reino, entre ellos (quien lo diría!) muchos de afiliación socialista, que la monarquía es la mejor opción que tenemos por ser un factor crucial para la estabilidad política de España debido a  su función neutral y aglutinadora (sic) respecto a partidos y organizaciones políticas. 

De donde han sacado ese invento absurdo esos ilustres personajes nadie lo sabe. Pero han estado vendiendo el pescado a la población incauta durante 35 años repitiendo ese mantra sin ninguna base empírica. 

Niegan acaso la capacidad de un presidente de republica, elegido popularmente, de actuar con neutralidad e independencia partidaria? Es claro que todas esas preclaras mentes juegan con las cartas marcadas en defensa de sus propios intereses, muchas veces coincidentes con los de la corona

 Ese parece ser el único motivo oculto para callar y no cuestionar una monarquía vergonzante y mantener en la Jefatura del Estado a un bon vivant, sin ninguna habilidad intelectual o política conocida, que lo único que representa es un sistema de privilegios insultante, clasista y profundamente antidemocrático.

O tal vez se defienda una institución en la cual se ven reflejados sus propios partidos políticos cuando actúan con impunidad, sin transparencia y en condiciones internas semimafiosas. En todo caso la historia les pasara factura algún día a todos estos encubridores y farsantes.

 Solo por dignidad democrática y la constatada perversidad histórica inherente a la institución, la abolición de la monarquía está sobradamente justificada. Si a esto le añadimos la presente ola de deshonestidad, abuso de poder, falta de transparencia, desprestigio y un escasísimo apoyo popular, el fin de los Borbones está asegurado sin ningún tipo de trauma social o político.

 Una sociedad democrática, igualitaria y justa no puede ni debe consentir sistemas políticos ni gobiernos que no respondan ante la ley de todos y cada uno de sus actos. La Monarquía Borbónica no tiene una base solida y legitima para seguir funcionando en España y, por lo tanto, ha de ser eliminada. Eso sí, mediante el voto libre y democrático de los ciudadanos.

Faltaría más!

(*) José Luís Ruiz. Histórico militante de la UGT y miembro Ágora Socialista. Actualmente reside en Australia.

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