“No siempre fui un aguafiestas, pero muchas veces sí”

Tres tomos de memorias resumen ya la vida de Alfonso Guerra como uno de los personajes clave de la democracia… En la última entrega: las luchas en su partido, sus momentos de debilidad y su relación con Felipe González al desnudo. Todo jugoso… Esta tercera parte ha sido la más dura: “Estoy de retirada vital, en todos los sentidos”, asegura Alfonso Guerra, a punto de cumplir 73 años…

Jesús Ruiz Mantilla en El País Semanal> 26/5/2013 

Alfonso Guerra González nació en Sevilla en 1940 en una familia humilde que llegó a tener 13 hijos. Allí estudió Ingeniería Técnica y Filosofía y Letras. Ingresó en el PSOE en 1962 y accedió a la dirección del mismo en el congreso de Suresnes junto a Felipe González. Ambos llegaron al poder en 1982 y Guerra fue nombrado vicepresidente del Gobierno.

Esta tercera parte ha sido la más dura: “Estoy de retirada vital, en todos los sentidos”, asegura Alfonso Guerra, a punto de cumplir 73 años. Quizá también porque en la última entrega de sus memorias – que abarca desde su salida del Gobierno en 1991 hasta la actualidad, tras los dos primeros tomos: Cuando el tiempo nos alcanza y Dejando atrás los vientos– fue la época en la que vivió las luchas internas tras el declive del felipismo, en la que el tándem entre él y el líder se rompió, en la que le ha venido de visita algún achaque, ha tenido que despedir a varios amigos, y en la que, sin miedo, dice él, contempla con mucha preocupación el futuro.

El caso es que en Una página difícil de arrancar (Planeta), quien fuera vicepresidente del Gobierno durante casi una década se muestra tan tierno como incisivo, tan fiel a la realidad de unos hechos que califican a sus adversarios políticos –los de su partido y el resto– como turbado por algunas de sus consecuencias, tan ascético como desdeñoso con ciertas cosas y tan idealista como realista.

Nadie se escapa de un repaso a fondo: de Felipe González y su, según el autor, síndrome de hybris, mal que afecta a los que no admiten críticas en la cima, a sus enemigos renovadores; de sus hijos a aquellos a los el terrorismo dejó huérfanos; de Fidel Castro y García Márquez a Gorbachov, Willy Brandt o un curioso ofrecimiento de Álvarez Cascos que rechazó, Guerra lamenta y exalta, reivindica su papel, da muchas caricias, varios tirones de oreja, y se muestra tan auténtico como sutilmente despiadado.

PREGUNTA: Muchos síndromes padece la gente en estas memorias, pero en cuanto a usted he detectado algunos: el síndrome de “ya lo dije yo”, por ejemplo.

RESPUESTA: Puede que sí, pero la verdad es que cuando uno advierte signos, lo comenta y no le hacen caso, qué menos que dejar constancia. Me pasa con relativa frecuencia.

P: El síndrome de “cuánta pena me da y este es mi mérito…” también aparece.

R: Tengo una concepción de mí mismo bastante mediocre, por debajo de la que tienen los demás, incluidos mis enemigos. He conocido gente muy humilde y muy importante, la diferencia es pequeña.

P: Tiene usted una manera muy fina de reivindicar los logros.

R: Bueno, están ahí, los relate yo o no. En 25 años, España se lanzó; ahora estamos en la etapa contraria. En ello tiene mérito la época de Suárez, la de Felipe González, algo menos la de Aznar…

P: ¿Y Zapatero? ¿Qué hacemos con él?

R: Yo lo reflejo con mucha claridad. Tuvo un gran éxito en la primera legislatura con la ampliación de los derechos civiles y una segunda etapa con dos agujeros enormes: la reforma de los estatutos de autonomía y que no vio venir la crisis o dijo que no la venía venir.

P: Se muestra usted todo un Séneca, muy sevillano.

R: Yo soy frugal. Austero para mirarlo todo.

P: Amante casi de lo ‘sadomaso’, no quiere usted ni calmantes para el dolor, como relata en uno de los capítulos.

R: Soy así, el dolor forma parte de la vida, negarlo es absurdo. El umbral del sufrimiento es diferente para cada persona. Tengo la impresión de que el mío es alto…

P: Fíjese: creo que ese capítulo sobre su rotura del pie está escrito como un diario y de forma consciente o inconsciente para reflejar que Felipe ni le llamó. Dos veces lo resalta.

R: ¡Porque me lo preguntan dos señores! Yo no dejo constancia de lo que pienso. Me consultan y contesto.

P: Me imagino que eso duele, y el capítulo habla del dolor.

R: Bueno, podría haberme quejado. Más me interesa dejar constancia de la preocupación de la gente por ese hecho que la mía.

P: Sí le llamó, en cambio, el Rey, y hasta la duquesa de Alba.

R: Tiene cierta gracia, son las cosas que suceden, cargo con ello sea bueno o malo. El dinero compra todo, pero el pasado no. Ocurrió.

P: Y al Rey, que tanto caso le hace, ¿no le apetece llamarle estos días y aconsejarle según qué cosas?

R: Yo de vez en cuando me veo con él. Pero no le llamo, no es la dirección correcta. Me parece desmedido. Si me pregunta, le diré lo que pienso. Supongo que tendré oportunidad, siempre le he hablado con franqueza, y por eso creo que me aprecia.

P: O sea, que me cuenta cómo se lo diría –con franqueza–, pero no qué le diría.

R: ¿Es que no puedo conservar un secreto?

P: Por supuesto, pero ¿no le parece que las instituciones que en una etapa crucial de nuestro país, como la Transición, funcionaron, ahora necesitan una clara transformación?

R: Vamos a ver… Durante la Transición, las personas con responsabilidad pensaron que era una oportunidad excepcional para romper el círculo en el que se había desenvuelto España durante dos siglos. Yo creo que se hizo con bastante acierto. Se empezó mal, pero el consenso triunfó. ¿Y qué fue el consenso? El conjunto de renuncias que hicimos para sacar adelante una norma común que integrara a todos. Salió bien. Quedó algo pendiente: el proceso político al franquismo. Si se hace entonces, la democracia se hubiese retrasado. A los 25 años ha surgido de manera muy fuerte lo que defino como el dolor diferido de los nietos. A eso se le ha llamado memoria histórica, algo confuso, porque la memoria es siempre personal, y la que guardan unos no es la misma que la de otros. Eso ha generado un disparo contra la Transición que considero erróneo. ¿Es revisable? Desde luego.

P: Ocurre que quienes tuvieron mucho protagonismo entonces se ponen a la defensiva y lo ven como un ataque.

R: Algunos lo hacen durísimamente. Pero revisar está bien.

P: ¿Por dónde empezamos?

R: Si yo pudiera, revisaría el 80% de la Constitución, pero luego vendrían los demás con otro tanto y no llegaríamos a ninguna parte. Eso es lo que se hizo en la Transición: pactar. ¿Se puede intentar ahora? Mi impresión es que no está el horno para bollos.

P: ¿Existió el guerrismo?

R: No.

P: ¿Y existe?

R: No.

P: Mire que se lo pregunté en pasado.

R: No. Yo nunca he organizado una corriente. Y no lo he hecho porque la sombra de la Guerra Civil ha sido constante. Mi generación no participó en ella, pero quedó marcada.

P: Pero lo que no pudo evitar usted fue la lucha encarnizada que se dio en su organización.

R: Bueno, evité lo que pude. No soy un mago. Esa idea del superpoderoso Guerra es periodística.

P: Tampoco… le viene muy bien a la leyenda.

R: Bueno, sí, como leyenda sí, pero yo me refiero a la realidad. Sobre mí se cuentan muchas cosas, verdaderas y falsas; incluso dentro de estas últimas, las falsas, algunas son muy bonitas.

P: ¿Que el guerrismo quedó sin Guerra puede ser una?

R: Sí. Probablemente.

P: Luego el guerrismo existió, lo está admitiendo.

R: Es que no sé lo que es el guerrismo.

P: Los que le querían usted al mando, organizando el partido según un criterio ideológico preciso.

R: Yo creo que daba a algunos militantes un aliento que necesitaban, pero no estaba organizado en una corriente, eso es falso.

P: El guerrismo no existió, según usted, ¿pero sí los renovadores de la nada?

R: Esos sí.

R: Y en contra de ellos, los guerristas. No necesariamente. Es que hay gente que lucha contra molinos.

P: ¿Deliraban los renovadores? Convengamos en que existieron unos y otros, y está bien, no pasa nada.

R: ¿Por qué estoy obligado a admitirlo? Me quiere convencer y no va a poder.

P: Digamos que era el aparato.

R: Se desconoce casi todo del PSOE. No había aparato.

P: ¿Qué era? ¿La casa de tócame Roque?

R: Un partido fuerte, con un líder fuerte y más de 100 años de trayectoria ligados a la historia del país.

P: Un líder que no quiso contar con su organización para ganar las últimas elecciones. ¿Por qué el partido molesta a Felipe?

R: Todos los grandes liderazgos tienen que soportar una presión tremenda: la de los aduladores. Viene entonces el síndrome de hybris, descrito ya por los griegos. Aparece cuando los dirigentes empiezan a considerar aquello que solo aprueba lo que están haciendo y creen incómodo lo que no les favorece. Escribir de esto ha sido doloroso porque sabía que era una época de declive.

P: ¿A Felipe le dio fuerte el síndrome de hybris?

R: Yo digo en las memorias que sí. No con la fiereza de su sucesor, que aquello fue tremendo con lo de las Azores.

P: ¿Ya se curó?

R: No tengo ni idea. Sospecho que ya está fuera de esas cosas.

P: ¿Cuál es el tratamiento?

R: Una cura de caballo de humildad. Nadie es más que nadie.

P: Debió de ser duro aquel día en que se presenta ante usted y le dice que el programa para las elecciones lo diseña él, quien lo dirige es él, que todo lo hace él. ¿Lo venía viendo?

R: Estas cosas no son caerse de la montura de golpe. Tú las vas descubriendo con gestos, detalles. El primer síntoma lo vi tras una conversación que tenemos por teléfono desde Sidney. Él me había invitado a diseñar el Gobierno cuando yo ya había dimitido y salió otra cosa de la que habíamos hablado. No tenía que haberse comprometido a ello cuando iba a hacer otra cosa, sinceramente.

P: ¿Y si, en vez de hybris, lo que le ocurrió es que sencillamente dejó de confiar en usted?

R: No es solo eso. Es que cuando plantea que lo hace todo solo es que solo confía en él. No ha leído bien el libro.

P: Sí creo haberlo leído bien. Lo que refleja usted no es que confiara solo en él, es que confía más en quien llama usted aduladores. Puede que ellos también tuvieran su base de crítica.

R: Eso no se lo cree usted ni borracho…

P: ¿Nunca vio a los renovadores criticar al jefe?

R: Jamás.

P: ¿Siempre fue usted un aguafiestas tal como le echa en cara su líder?

R: Hombre, siempre no, pero muchas veces sí. Con lo de Ibercorp, el nombramiento de Mariano Rubio, con la inclusión de Garzón en las listas… A menudo me hacía caso.

P: Como en el caso del referéndum de la OTAN.

R: Felipe no quería hacerlo, creía que lo íbamos a perder, hasta las siete de la tarde del día de la votación no se dio cuenta de que lo ganábamos. Yo que un poquito de esto de las elecciones y los referendos sé, aunque no tanto como los que han llegado ahora y me pasan como bólidos, sabía que íbamos a ganar.

P: Para eso necesitaron entonces dinero, y ese es el dinero que salió, según supone usted, de Filesa.

R: Supongo, pero no me equivoco. Los bancos decidieron que éramos los únicos tipos serios que había entonces, que nos la habíamos jugado política y económicamente, y nos prestaron ayuda, lo digo en el libro.

P: Volviendo a Dios, al ‘number one’ que diría Txiki Benegas. ¿Fueron amigos?

R: Sí. Siempre ha habido gente que se ha empeñado en decir que no lo éramos de salir a tomar copas. Yo no salgo a tomar copas con nadie, pero éramos amigos.

P: ¿De mucha confianza? ¿Más que colaboradores? ¿Más que un tándem?

R: Sííí… Con un depósito de confianza extraordinario. Llegamos incluso a plantearnos una vez: pase lo que pase en la vida, si te ocurre algo o me ocurre algo, tú te ocupas de mis hijos y yo de los tuyos. Lo sellamos…

P: ¿Y la pena cuando se rompe la amistad?

R: Vamos a ver, para mí Felipe es un amigo, no era un amigo. Yo no le negaré jamás la amistad a Felipe.

P: ¿Le dolió su desconfianza?

R: No, no, eso ya pasó. Dolor, no sé. Yo siempre procuré que nadie me pudiera meter amargura en el corazón. Es básico para vivir tranquilo. No tengo amargura por nada. Esa es mi gimnasia.

P: Lo que sí hay en estas memorias, le diré, es mucha ternura. Sorprendente para quienes piensen que usted es el demonio.

R: Soy bastante tierno y romántico.

P: Mahleriano. Con eso está todo dicho.

P: No solo. Yo he podido observar en los conciertos de Mahler algo peculiar. Cuando acaban, los músicos están felices. Se abrazan, ríen, hay como una especie de rayo que les ilumina y les hace arder. Ha costado hacerlo entender, antes era imposible y ahora no hay orquesta que no lo toque.

P: Volviendo a la ternura. Es fundamental establecer vínculos de afecto, más en entornos tan salvajes como el de la política.

R: En la vida… Hay gente a quien la luna no le dice nada. No me interesan. Cuando uno contempla la luna, esta emerge en tu interior; me gusta quien lo siente así. La sensibilidad es básica. El arte ha de remover; si solo es decorativo, no me dice nada. Estar en el mundo es establecer lazos, vibrar; si no, vegetas.

P: Recordando a Bertrand Russell, a quien usted cita, ¿también se ha dejado guiar por esas tres pasiones? El ansia de amor, la búsqueda de conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad.

R: No hay mejor definición para una persona sensata, humilde y sincera.

P: Para empezar, el amor.

R: Sí, con muchas caras, no solo lo que se entiende por carnal. En el amor y en la búsqueda de conocimiento yo intento vivir con la edad que tengo, pero con los ojos de cinco años.

P: ¿Y los hijos?

R: Quien tiene hijos cuenta con algo inefable, inexplicable. Normalmente se siente por ellos algo telúrico incomparable al resto de los mortales. Si además se alimenta en una doble vía, entonces es cuando se produce la felicidad.

P: ¿E indignarse? Dice usted que la izquierda ha perdido esa capacidad.

R: Se ha perdido, y eso es una merma del ser humano.

P: ¿No cree que este país está recuperando esa virtud rápidamente?

R: No sobre todas las cosas. Hoy existe un hedonismo muy fuerte.

P: Nos lo están arrancando a velocidad de crucero.

R: La humanidad tenía dos promesas: la del más allá y la de la revolución soviética. Dos paraísos aplazados. Hoy ya no vale. La juventud lo quiere ahora. A ese hedonismo me refiero.

P: Pues eso está muy bien.

R: Yo no lo niego, pero esas reivindicaciones se suavizan debido a ello.

P: O se radicalizan, porque aquí ya nadie se traga los cuentos. Y eso es un buen logro del relativismo, una conquista moral de nuestro tiempo se ponga Ratzinger, que en paz descanse en la Tierra, como se ponga.

R: Yo me reivindico como relativista.

P: Salvo con algunos ministros compañeros de su Gobierno que no resisten la quema: José María Maravall, Carlos Solchaga, Javier Solana…

R: No digo nada de ellos que no sea verdad y sin utilizar adjetivos calificativos.

P: Muy elegante, pero con algunos hechos les hace quedar para el arrastre.

R: Bueno, si ellos no se ven bonitos no es mi problema. Es irrebatible lo que cuento. Si no se gustan en el espejo, que cambien.

P: Habrá que formar un nuevo liderazgo entre los suyos.

R: Los liderazgos brotan, surgen, no se forman.

P: El otro día aludió usted a Eduardo Madina.

R: Me preguntaron si iba a apoyar al candidato Madina y yo respondí: “¿Es que es candidato?”. Como persona me parece estupendo… Tiene un buen discurso.

P: Y además es un héroe.

R: Claro. Eso en Estados Unidos es definitivo, pero aquí, con la derecha que tenemos… A los jóvenes se lo digo. Hay que boxear con las manos atadas a la espalda. Deben saberlo.

P: ¿Arrepentimientos?

R: Es difícil. El ser humano genera un sistema de autorredención permanente. Miras hacia atrás y no encuentras gran cosa. ¿Qué me hubiera gustado más? Que la atmósfera moral de la sociedad hubiese avanzado en otra dirección. Importaba mucho el dinero, la riqueza.

P: Aquello de Solchaga de que este país era donde más rápidamente podía enriquecerse uno… ¿Creó tensión esa frase entre ustedes en el Gobierno?

R: Sin duda. Pero fue un debate en el que me quedé solo.

P: ¿Percibe una situación de hartazgo con respecto al bipartidismo?

R: Sí, pero no comprendo por qué hay que ser antibipartidista.

P: ¿Porque parece quizá que hemos llegado a una situación en la que las cosas no prosperan con ese sistema?

R: Bien, pero ha prosperado mucho este país. ¿Qué queremos? ¿Un Gobierno a la italiana?

P: ¿Quizá un nuevo equilibrio que recupere la cultura del pacto?

R: No entiendo bien que obligatoriamente tenga que existir pacto.

P: Es sano.

R: No lo sé. Gobernar es elegir una opción, y esa idea de que todo sea pacto de Estado a mí no me gusta nada; está bien para una constitución o para evitar situaciones de violencia, pero en todo lo demás se habla en las campañas: la democracia es elección, y para eso tiene que haber programas diferentes. El consenso es para las reglas del juego; después, que cada uno gobierne con su acción. La alegría esa de ¡fuera el bipartidismo…! Es una frivolidad.

P: No pasa nada, hombre. ¿Tiene miedo? Parece que creen ustedes que después de su generación vendrá el caos.

R: ¿Por qué me interpreta? No, no. Después de nosotros… Yo ya no soy un factótum. No tengo miedo de nada. Solo hay algo que me da miedo que es sentir miedo.

P: ¿Lo siente?

R: No.

P: ¿En serio?

R: ¿Por qué tengo que hacer confesión de fe? Ya lo he dicho.

P: Le estaba preguntando.

R: Preguntando no, repreguntando.

P: Sí, porque es mi obligación… y porque me gusta.

R: Bueno, qué vamos a hacer. No tengo miedo, no. La gente goza de un sentido común que hace que superen todas las adversidades. La vida será más complicada en el futuro. El capitalismo ha cambiado su centro de gravedad. Ya no está en la producción, sino en las finanzas, y eso va a arruinar muchos puestos de trabajo. Eso generará injusticias muy grandes que probablemente desemboquen en algún tipo de explosión. La primera ya se ha dado: 250 millones de personas se han movido de sus lugares de origen. Pero habrá más. Solo espero que se encauce de manera fructífera, pero cuando la sociedad lee que a un banquero se le ha jubilado con 88 millones de euros, la gente se muestra demasiado paciente.

P: De la política, ¿qué le dio más placer?

R: Hombre, yo he sentido el cariño de millones de personas. También el odio. A veces es un honor, pero en principio soy un poco desdeñoso con eso. El cariño de la gente no tiene precio. Recibo miles de cartas. Me quieren, lo he sentido, lo he vivido. Y luego algunas veces, cuando tienes el poder de salvar a alguien, problemas que puedes resolver y a veces se dejan por desidia… Cuando haces eso te inflas.

P: Presume usted de no haber cambiado de clase. ¿De verdad me lo dice? ¿No ha cambiado de clase? ¿Eso es una mentalidad o un estatus?

R: Me lo dijo una señora una vez: “Por eso te odia la derecha, porque pudiendo haber cambiado de clase, no lo has hecho”. Es ambas cosas, una mentalidad y un estatus, pero sigo siendo aquel niño.

P: ¿Y sus hijos tampoco han cambiado de clase?

R: Son como yo, muy austeros, no les interesa el lujo, caprichos pocos, entienden a la gente y disfrutan de la naturaleza, el arte, los libros, la música… Buena gente.

P: ¿Ejerció el poder contra alguien?

R: No, y no tenía tanto.

P: Tenía, tenía, y me quedo más tranquilo si es así, porque los votantes se lo dieron para que ejerciera. No seamos cínicos. Claro, claro. Como conjunto… Pero no todo el poder. En la sociedad democrática de hoy…

P: Ustedes tuvieron más poder y capacidad de maniobra de la que tiene hoy el PP.

R: Eso es verdad. Y se asustó mucha gente. Pero luego… la responsabilidad no se puede subrogar. Hay que asumirla. Y tomar decisiones. Nosotros lo ejercíamos. Ahora menos.

P: ¿Dónde está hoy el poder?

R: Los Parlamentos han perdido muchísima fuerza, legitiman lo que se decide fuera. Los grandes poderes de medios de comunicación influyen, en los años ochenta eran un contrapoder; los empresarios también… Y así estamos. Más con este presidente, que le gusta sestear y que le dejen ver los partidos por la tele. No tiene esa pasión que se necesita para ejercer el poder, para cambiar cosas.

P: ¿Satisfecho?

R: Sí, sí, sí… Yo he tenido mucha suerte en la vida. Soy el hijo número 11 de 13 hermanos, ayudé mucho, buscaba por los campos chatarra para venderla desde los cinco años… Pasé hambre y necesidad. En los años cuarenta no había nada. Sé lo que es la pobreza, nunca he vivido en el lujo porque no lo he querido, pero he tenido grandes amigos y una magnífica familia, no me voy a quejar.

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