El derecho a decidir e incompatibilidades

… democracia es derecho a decidir. Pero se olvidan acabar la frase: derecho de todos a decidir, no de una parte. Cuando una parte tiene el derecho a decidir, es decir, a irse o a quedarse, según le convenga, entonces no importa la voluntad de la mayoría: lo que importa es el poder de coacción de las partes. Fin de la democracia.

Jesús Royo en La Voz de Bcn> 21/1/2012  

Parece una boutade, una salida de pata de banco, que diría el castizo, un ciri trencat, que diria el castís, pero es claro y evidente: el derecho a decidir de una parte va contra la democracia de todos. El sufijo griego arquía significa precisamente eso, el derecho a decidir. Aplicado a la oligarquía, por ejemplo, significa que unos pocos (oligoi) deciden sobre lo de todos. Los oligoi tienen el derecho a decidir, el resto no. El sufijo cracia vine a significar lo mismo: la plutocracia es que los ricos (ploutos) tienen el derecho a decidir, y el resto no. La democracia se caracteriza porque el pueblo (demos) tiene la soberanía, o sea el derecho a decidir. El pueblo en su totalidad. No una parte. Si una parte se atribuye o se reserva el derecho a decidir, en realidad se lo está quitando a la totalidad. Unos pocos se apoderan de un derecho de todos. Nada más antidemocrático.

Esto ya lo ha advertido Félix Ovejero, la mente más lúcida de la izquierda catalana, en sus últimas publicaciones Contra Cromagnon (2007) y La trama estéril (2011). Unas cuantas citas, casi al azar:

 ‘Si cada vez que una minoría no está de acuerdo con las decisiones políticas, pudiera decir “nosotros nos vamos”, no habría democracia. Mejor dicho, la democracia se convertiría en un juego de negociaciones. […] Si aquellos que ven atacados sus privilegios económicos por las decisiones de la mayoría pudieran unilateralmente abandonar la comunidad política con lo suyo, las decisiones políticas quedarían al albur del poder negociador de los poderosos. […] Eso significa que no se puede salir -no se debe poder salir- de una democracia. Y que si se puede salir, deja de ser una democracia, porque los que pueden irse acumulan un poder por encima de su número: son lo que se denomina una minoría de bloqueo’.

Continúa Ovejero:

 ‘Precisamente en aras de la democracia, el demos no se puede decidir democráticamente; las fronteras no se deciden: se decide dentro de las fronteras. […] La modificación de las fronteras solo está justificada cuando no existe democracia’.

Y eso le lleva a una bonita paradoja: ‘A mayor democracia, menor posibilidad de decidir el espacio de la democracia’.

Sin embargo, la propaganda nacionalista insiste machaconamente en igualar democracia con derecho a decidir. Y es cierto, democracia es derecho a decidir. Pero se olvidan acabar la frase: derecho de todos a decidir, no de una parte. Cuando una parte tiene el derecho a decidir, es decir, a irse o a quedarse, según le convenga, entonces no importa la voluntad de la mayoría: lo que importa es el poder de coacción de las partes. Fin de la democracia.

Observen el proyecto de ‘Declaración de soberanía sobre el derecho a decidir del pueblo de Cataluña’, que se va a votar en el Parlamento autonómico -en su versión de cuando escribo este artículo, el 15 de enero-: en un texto corto (250 palabras), democracia aparece seis veces, casi tantas como Cataluña (ocho). Por cierto, España solo una, en la forma de ‘Estado español’, y Europa cuatro. Y la expresión ‘ejercicio del derecho a decidir’, también cuatro, y siempre en esa secuencia fija de seis palabras: con ello se insiste en la idea de que el derecho a decidir es preexistente, y de que lo que se vota en el Parlamento autonómico es ‘su ejercicio’.

Pero a lo que íbamos: ¿por qué tanta insistencia en empedrar la declaración con la palabra democracia? Está muy claro: dime de lo que presumes, y te diré de lo que careces.

Jesús Royo es licenciado en Lengua catalana y en Filosofía

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