El PSC no tiene ni “O”, ni “E”

… en 1978 (el PSC) se inscribió como partido distinto del PSOE, pero le cautivó  su votante natural… Por aquellos años, la federación catalana del PSOE, dirigida por J.M. Triginer tenía una gran implantación social en el mundo de la inmigración, deseosa de integración, pero reacia a la asimilación obligatoria. El grupo de Reagrupament que dirigía J. Pallach, sí era nacionalista pero carecía de implantación social…

Juan José Miguélez (*) en Diálogo Libre> 30/11/2012  

Los resultados de las elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco convulsionaron a los “peces grandes” de la familia socialista;  a los “chicos” les dejó en su desafección ausente. Con palabras bíblicas y tono de escatología laica J.M. Barreda, el castellano manchego,  clamó “quien tenga oídos para oír, que oiga”. Que “oiga” ¿qué cosa? Y lo que había que oír, sigue produciendo escalofrío: el PSOE ha tocado fondo y no puede continuar en la suicida labor de seguir cavando hacia abajo. López Aguilar, el canario, reconocía que estaban en la peor situación de los últimos 30 años a la vez que apuntaba la clave para “hacer pie” en  un suelo firme  donde apoyar la necesaria reflexión  articuladora de las futuras pautas de acción. Y el suelo firme no es otro, dice, que poner sobre la mesa “una idea clara de España”. Clara, no discutida y discutible como en “gracieta” irresponsable les propuso Zapatero a los nacionalsocialistas de Maragall. Auténtica bomba de relojería que pudiera devenir, no sólo en dejar caer la “E” de las siglas del PSOE, sino en la deconstrucción misma de la nación española: ese espacio nuestro de convivencia y tensiones, de éxitos y fracasos, de desmoronamientos e ilusiones, de siglos imperiales y viscerales pesimismos noventaiochescos…; de variedades lingüísticas, de ricas y plurales tradiciones, de contrastadas climatologías…; de guerras que nos unieron contra el invasor pero también de guerras fratricidas… y de muchos siglos de historia y vida religiosa, social, cultural, plástica, literaria, económica y política compartidas.

La “O” de las siglas quedó muy vapuleada cuando el felipismo se rindió ante  la “gente guapa” y Solchaga decía aquello de que España es el país donde, más rápidamente, uno se puede hacer rico. Tiempos de pelotazos múltiples y más escándalos de los que un socialista obrero podía digerir. Más tarde, el optimismo antropológico y adolescente de Zapatero negó, primero, la crisis como negó Pedro a Cristo para, después, llevar a los “obreros con faena” hasta los cinco millones de “obreros en paro”. La “E” está en la picota de las mal llamadas “nacionalidades históricas” donde el socialismo ha revestido de honorabilidad (cuando no ha hecho directamente el juego sucio) a los nacionalismos románticos, separadores y dinamiteros. Ninguna extrañeza debería producir que el votante socialista, sin sus referentes “O y E”, se quede en casa. Aquí está la clave que permite aprehender la debacle socialista en Galicia y País Vasco.

Pero si los socialistas gallegos y vascos han debilitado y/o dejado medio caer que son obreros y que son españoles, la circunstancia negativa más grave se encuentra en el PSC que nunca ha sido ni lo uno ni lo otro. En las elecciones catalanas de ayer, 25-N, han recogido los merecidos y amargos frutos del fraude y prevaricación política que gestaron hace 35 años. (500.000 votos, cuando el número de sus votantes naturales es de 1.500.000 y 20 escaños. ¡El peor resultado de su historia¡) Su desleimiento inevitable ya está buscando cronista.

Por aquellos años, la federación catalana del PSOE, dirigida por J.M. Triginer tenía una gran implantación social en el mundo de la inmigración, deseosa de integración, pero reacia a la asimilación obligatoria. El grupo de Reagrupament que dirigía J. Pallach, sí era nacionalista pero carecía de implantación social. Convergencia Socialista de Cataluña estaba dirigida por J. Reventós. Éste fue el principal muñidor y cocinero de la estrategia que alió a los tres grupos y llevó a los nacionalistas a la cúpula, mientras el PSOE aportaba el grueso de la militancia y todo el potencial electoral.

Años más tarde, en la presentación de sus memorias, reconocerá: “Yo rechacé el pacto con Pujol porque los socialistas nos hubiéramos partido en dos mitades. Y preferí la hegemonía de Pujol a que en Cataluña se instaurara con fuerza una opción lerrouxista”. En la cúpula nacionalista se integraría la divina izquierda, la burguesía progre de los Obiols, Serra, Maragall, Dalmau…, tan catalanistas como los Pujol y los Roca. La maquiavélica jugada, adobada con el pastoreo de tipos como García Prieto y su Feria de Abril o Justo Molinero con su Tele Taxi y macroconciertos permitió reducir el voto de la emigración castellanohablante a la categoría de tonto útil.

Así, hasta hoy, pasando por dos capítulos de nefasto recuerdo: el pulso al orden constitucional  “a la mayor gloria” del ególatra Maragall con su Estatut-constitución para la nación catalana y la rebelión paranoica contra la sentencia del TC del cordobés y neo-converso Montilla (le habían alquilado una poltrona en la Masía y tenía que hacer méritos, asumiendo la ignominia de traicionar a los suyos). Ni el “sabio por viejo” Pujol se había atrevido nunca a tanto. El juego sucio en su construcción nacional se lo hacían otros, los socialistas. Éstos, neutralizados en su fuerza verdadera, izquierda obrera, española y jacobina, devinieron en simples marionetas manipuladas por el visionario y viejo alquimista que se frotaba las manos de gozo. Después vino A. Mas y “se echó al monte”.

Este 25-N, el electorado socialista hubiera querido votar unas siglas Obreras y con “una muy clara idea de España”; ese es el partido que les pide el cuerpo. Muchos, por su izquierda obrera, han ido a ICV; muchos por su españolidad a C´s; la mayoría, sin embargo, se quedó en casa “esperando” no a Godot, sino a la federación catalana del psOE. ¿Hasta cuándo?

(*) Juan José Miguélez / Filósofo

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