Ulises en su laberinto por Josep Borrell (*)

Mas ha conseguido perder parte de su electorado y aumentar la participación en beneficio de los partidarios claros de la unión con España. Al final, se ha convertido en el mejor agente electoral de ERC. La apuesta soberanista ha significado para CiU lo mismo que para el PSC su tentación a emular el nacionalismo: puestos a escoger el elector prefiere el original a la copia.

Artículo publicado en La República de las Ideas y que hemos obtenido a partir del Blog de Alternativa Ciudadana Progresista.   

Si el ridículo matara Artur Mas estaría muerto… políticamente se entiende. No tenía ni había ninguna necesidad de convocar elecciones anticipadas en Catalunya. Pero la política, como nos dijo Maquiavelo, es el arte de la oportunidad. Y Mas creyó ver su oportunidad de pasar a la Historia cabalgando sobre la oleada emocional del 11 de septiembre y el resentimiento de muchos catalanes hacia España por su sistema de financiación que la crisis ha agravado. Y la excusa fue el previsible portazo de Rajoy a su propuesta de equiparar el sistema de financiación al del cupo vasco.

Así Mas podía escapar de sus responsabilidades en la difícil gestión del presente para proyectarse hacia el futuro convertido en la voz mesiánica del pueblo. Y de paso romper el espinazo al PSC, cogido por desprovisto y con un liderazgo por definir pendiente de unas primarias que no pudieron realizarse.

En este sentido Mas se ha comportado como un irresponsable oportunista. En medio de una crisis feroz anunció que Catalunya estaba en vísperas de su plenitud nacional y en su campaña ha recurrido a todos los resortes épicos y retóricos del nacionalismo. No ha faltado de nada: carteles de miradas infinitas y estética charlonhestoniana, apelaciones a “un poble” supuestamente unitario, predisposiciones al martirio si necesario fuera, genuflexiones en los altares de la patria, tergiversaciones de la Historia presentando 1714 como una guerra de secesión cuando en realidad fue una guerra de sucesión. Y al final hasta el recurso lírico a Ulises en su viaje a/desde Ítaca para ilustrar la dimensión épica del proceso que había puesto en marcha.

Durante la campaña hemos tenido mucho de eso que los franceses llaman “coup de geule”, algo así como golpes enérgicos de mandíbula para reafirmar la trascendencia del momento y de la decisión que se está tomando. Pero tras el resultado, el ridículo ha sido estrepitoso. CiU pierde 12 diputados y se queda a 18 de la mayoría absoluta que se buscaba con la convocatoria anticipada. Hay 522.000 votantes más que en el 2010, pero obtiene 90.000 votos menos. Teníamos razón los que decíamos que una cosa es la hegemonía y otra es la mayoría. Hay que volver a leer a Gramsci sobre la diferencia entre ambos conceptos. Y también a Orwell para entender lo que es el nacionalismo.

A CiU le ha costado caro romper el velo de la ambigüedad calculada con la que había ocupado la centralidad catalana. Al propiciar la ruptura y tomar partido por la independencia, aún sin nunca nombrarla, Mas ha conseguido perder parte de su electorado y aumentar la participación en beneficio de los partidarios claros de la unión con España. Al final, se ha convertido en el mejor agente electoral de ERC. La apuesta soberanista ha significado para CiU lo mismo que para el PSC su tentación a emular el nacionalismo: puestos a escoger el elector prefiere el original a la copia.

Después de la ensoñación épica, nuestro Ulises despierta perdido en su laberinto. No se arrepiente porque, según nos explica, lo hecho era necesario para “clarificar” el mapa político catalán. Pero a buen seguro que si hubiese conocido a priori los resultados hubiese pasado gustoso de esa “clarificación”. El peso conjunto de las fuerzas soberanistas en el Parlament apenas aumenta un escaño pero cambia su composición. Por un extremo y el otro ganan los que defienden opciones más claras, ERC, CUP, C’S y PP, y pierden los dos grandes partidos centrales CiU y PSC. Pero se cuente como se cuente, los soberanistas no llegan a los dos tercios de los votos necesarios para operaciones de calado, que era el gran objetivo del viaje a Ítaca.

Ahora el laberinto de Ulises tiene difícil salida. Es cierto que CiU es imprescindible para formar gobierno. Pero sola no puede, necesita a uno de los tres partidos, PSC, ERC o PP, que obtienen casi el mismo número de votos populares, entre el 13 y el 14,4 % del total. Por cierto, hay que observar que el PP obtiene casi tantos votos como ERC, con lo que la pretensión de los independentistas de hablar en nombre del poble de Catalunya no tiene ningún fundamento, salvo que se considere que sólo pertenecen a ese pueblo los que les votan a ellos.

Aunque esta vez nos haya ahorrado la escena de acudir al notario para garantizar que no pactaría con el PP, hay que descartarlo aunque con el PP coincidiría en la política de recortes. ERC es el aliado natural pero le impondrá líneas rojas en los recortes presupuestarios incompatibles con las exigencias de Bruselas. Y con el PSC no coincide ni en los recortes ni en la cuestión de la consulta, por lo que los socialistas deberían resistir la tentación de gobernar a cualquier precio, y no cometer la ingenuidad de votar gratis la investidura de Mas como hizo en el 2010.

El PSC es el segundo gran perdedor de estas elecciones, o el primero en términos relativos porque perder 8 de 28 es peor que 12 de 62. Puede argumentar con razón que en términos de votos, que es como se mide realmente el apoyo popular, es todavía la segunda fuerza aunque el álgebra de d’Hont le haya dado a ERC un escaño más. Pero aunque el aumento de la participación le haya salvado de las peores expectativas, no debería consolarse con que Mas no haya alcanzado las suyas.

A pesar del esfuerzo denodado de Pere Navarro, una persona seria y responsable, verdadera antítesis del caudillo iluminado y mesiánico, el resultado del PSC (14,4 %) continúa cayendo, perdiendo dos tercios de los votos del 2008. El análisis territorial comparativo es más preocupante todavía. En Lleida y Tarragona no supera al PP, en Girona le va de un pelo y en la ciudad de Barcelona es cuarta fuerza. La polarización de la campaña no ha favorecido a una propuesta federalista difícil de explicar y percibida, como un parche de última hora y con una profesión de fe por parte del PSOE tibia, tardía y poco creíble. Es injusto porque el PSC siempre ha defendido esta opción. Pero no se puede hacer creer que las diferencias PSC-PSOE sobre una cuestión tan fundamental como el derecho a decidir sean de segundo orden.

El problema es más de fondo. El PSC ha dejado de ser la argamasa que cohesionaba una sociedad catalana entre sus componentes autóctonos y los resultantes de la emigración. Parte de su fuerza electoral provenía del voto “a Felipe” pero a éste no se la ha visto en esta campaña y el paso del tiempo cambia las actitudes de los nietos de la emigración.

La mayonesa ya no cuaja y hay que volver a batirla. Y sin embargo, la solución sensata del federalismo es la más posible y, según las encuestas, la preferida por una mayoría de catalanes. A pesar de todas las dificultades, el PSC debe perseverar en ella, explicando que los hechos diferenciales derivados de la lengua no constituyen ningún privilegio, construyendo una hermandad entre España y Catalunya y priorizando las cuestiones sociales más que las identitarias. Así podría recuperar el grueso de sus potenciales y desorientados votantes que ha ido perdiendo en todas las direcciones.

(*) Josep Borrell, militante del PSC-PSOE, ha sido ministro de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente en el gobierno de Felipe González y fue Presidente del Parlamento Europeo.

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