Antonio Roig en La Voz de Bcn: Ilusiones peligrosas

   ‘¿Cómo vamos a contribuir a que allí donde ha habido una complicidad que nos ha mantenido unidos durante generaciones, lazos de familia que nos han constituido a unos y a otros, todo se destruya porque algunos desean más dinero o más poder para sí? ¿Podemos seguir contemplando esta deriva con indulgencia cuando está haciendo nacer el cisma en nuestro propio seno, en nuestras propias familias, a pesar de lo civilizado de nuestras relaciones?’.

Los separatistas se han quejado hasta la saciedad -es lo que mejor saben hacer- de que los partidarios de la unión sólo manejan los argumentos del miedo, pero me temo que esa crítica tiene el carácter de un eslogan de campaña y que no se han detenido a observar con objetividad lo que surge de sus propias filas.

Cuanto más se acerca lo que juzgan como el momento de la verdad, más se hacen oír voces airadas cuyo ritornelo ha sonado siempre, de forma constante, por debajo del victimismo. No hace mucho escuchábamos el grito, que sólo puede calificarse como de guerra, “o lliures, o morts” y, hace aún menos, este otro que no le va a la zaga: “Votarem amb mala hòstia“. Y sin embargo, tratan de fingir que lo que se contrapone a las soeces amenazas que atribuyen al adversario es la limpia y honesta ilusión de todo un pueblo.

No voy a entrar en los sofismas que subyacen a ese planteamiento de combate, ni tampoco en la descalificación de los otros muchos de que se han valido hasta la saciedad en los últimos meses, derecho a decidir, España nos roba, etc. -habrán observado la estratégica ocultación de los argumentos históricos o esencialistas, sin los cuales, sin embargo, los dos anteriores carecen de todo fundamento-. Muy al contrario, voy a exponer mis ilusiones y las razones por las que sus sueños se me antojan pesadillas.

Deseo y persigo un mundo más justo, más igualitario, más pacífico, donde todos puedan disfrutar de los mismos derechos fundamentales en tanto que seres humanos y donde no haya más límite para la libertad que el que determine el disfrute común de los derechos. No se me ocurre mejor utopía ni otra más en consonancia con el humanismo que ha constituido la vena que alimenta nuestra civilización. En el camino de aproximación a ese ideal, el proyecto secesionista del nacionalismo es una vuelta atrás.

La defensa de la nación por encima de cualquier otra consideración (“primero catalanista y luego socialista”, dijo en una ocasión Joaquim Nadal) es una de los más sólidos obstáculos que frenan el progreso hacia una humanidad unida. Es una descarada exhibición de egoísmo colectivo que, como dijera Bertrand Russell, se condenaría en los individuos pero se disculpa e, incluso, se aplaude en las colectividades. Quienes deseamos la desaparición de las fronteras no vamos a prestar nuestro apoyo a la erección de ninguna nueva dentro de una Europa que, a nuestro juicio, tiene ya demasiadas.

Siendo afortunado por haber nacido y vivido entre el 20% de los habitantes del planeta que disfrutan del 80% de sus riquezas y recursos, estaría idealmente dispuesto a sacrificar una parte de mis beneficios al desarrollo de los menos favorecidos y a la construcción de un sistema de reparto más justo, aunque ello me supusiera una merma considerable en mi bienestar. Pero soy un ser humano egoísta como la mayoría y, en consecuencia, esa decisión, así como las que se refieren a otros muchos aspectos relativos a la naturaleza de la ley y al bien común, no la puedo tomar yo por y para mí mismo, sino que sólo puedo hacerlo de común acuerdo con los demás. Y lo que vale para mí, vale para mi pueblo y para mi región y, por supuesto, para mi nación. El sistema impositivo, debidamente (democráticamente) controlado, es la garantía de que, aunque yo quisiera toda la riqueza que produzco para mí mismo, una parte de ella se invertirá en la promoción de los menos favorecidos. Quienes así pensamos, no contribuiremos a impulsar el incremento de la desigualdad en nuestro entorno cercano.

En tiempos, nos dejamos seducir por un principio simplista según el cual cuánto más próximo esté el poder, más fácil será de controlar por los ciudadanos, pero la experiencia nos ha mostrado la falsedad de ese aserto. No creo que la corrupción esté extendida por todo el sistema, sé sobradamente que era mayor bajo la dictadura, y que ahora -con dificultades- funcionan los mecanismos de control, pero estarán de acuerdo conmigo que hay muestras de ella en todos los niveles de la administración y, atentos, resulta ser mayor allí donde el poder está más próximo. El conocimiento y la cercanía fortalecen los instrumentos de presión de los poderosos y coartan el libre funcionamiento de los sistemas de crítica y de las instituciones de vigilancia. (Podríamos empezar por Marbella y acabar en el caso Palacio, en el cinismo del debate parlamentario del 3% o en la evolución de La Vanguardia, por poner sólo unos ejemplos). Conscientes de ello y de que no es un problema que se resuelva con mero voluntarismo, preferiremos siempre procedimientos de control que sean lo más fuertes posible y que escapen al máximo a una influencia demasiado próxima de la autoridad.

Si me remonto una, dos, tres o cuatro generaciones atrás, mis raíces empiezan a extenderse por todas partes hasta alcanzar un tronco común, una única especie humana al cabo. Nada desearía más que poder mantener relaciones de amistad, cooperación y camaradería con el mayor número posible de mis congéneres. ¿Qué me lo impide? La brevedad de la vida, mis limitaciones y las barreras que artificialmente el tribalismo de la especie ha ido sembrando. ¿Cómo vamos a contribuir a que allí donde ha habido una complicidad que nos ha mantenido unidos durante generaciones, lazos de familia que nos han constituido a unos y a otros, todo se destruya porque algunos desean más dinero o más poder para sí? ¿Podemos seguir contemplando esta deriva con indulgencia cuando está haciendo nacer el cisma en nuestro propio seno, en nuestras propias familias, a pesar de lo civilizado de nuestras relaciones? No contribuiremos a hacer realidad un sueño que tenemos razones para considerar destructivo.

La historia reciente de Europa nos ha alertado -con un coste desmesurado, es preciso admitirlo- acerca del peligro de los movimientos irracionalistas que recurren a las pasiones y a supuestas esencias comunes (nacionales) para fundamentar derechos colectivos anteriores al pacto social por el que nos hemos constituido en ciudadanos, en verdaderos sujetos de derechos. Un consenso extendido no aumenta ni un ápice la legitimidad de esa reivindicación predemocrática (en la medida en que hurta su fundamento a la voluntad libre de los ciudadanos), ni tampoco hace más liviana la amenaza potencial que representa en forma de coacción. Hace poco, Rogelio Alonso, especialista en terrorismo, nos hacía ver cómo la mayoría de los vascos se había doblegado no a la amenaza directa del terrorismo (que, pese a estar muy extendida sólo afectaba de hecho a un porcentaje pequeño de la población), sino a la presión ejercida por los vecinos o al miedo a la exclusión. Quienes hemos vivido la osadía del poder en la Cataluña de nuestros días, que ha impuesto criterios incluso en contra de la justicia y de sus propios compromisos, amparado por el aliento metafísico del pueblo, no contribuiremos a alimentar esa ilusión que puede limitar aun más nuestra libertad quién sabe hasta qué límite.

Me molesta sentirme parte de un pueblo, verme obligado a formar parte de un ente superior a mi voluntad compartida. Me siento más cómodo allí donde me definen como ciudadano. Por ello, no voy a contribuir a la realización del sueño secesionista, que siento que me aleja de mi condición de sujeto libre y hace más remota la realización del ideal cosmopolita. Ciertamente, cada uno de estos argumentos puede reproducirse en relación con la nación española. Pero ese es otro debate al que me gustaría poder contribuir, cuando las peligrosas ilusiones de mis conciudadanos dejen de distraernos de lo verdaderamente importante. Para mí, como para el injustamente olvidado poeta Carlos Álvarez, “lo urgente es acabar con la barrera que separa al hermano del hermano” y no puedo dejar de preguntarme por qué la izquierda no está aquí a mi lado.

Antonio Roig es vocal de la junta directiva de la Asociación por la Tolerancia

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