Tiempo de acción. Artículo de José Luis Ruíz (*)

          Finalmente, el nacional-catalanismo, con la ayuda invaluable de socialistas (?) y comunistas (?)  ha decidido poner en práctica su misión redentorista/mesiánica y ha traspasado el punto sin retorno, el rubicón del abismo. Aunque el verdadero objetivo del nacionalismo catalán siempre fue un secreto a voces para muchos de nosotros, es un hecho real que la mayoría de ciudadanos de Cataluña y España han despertado entre sorprendidos e incrédulos de la realidad virtual en que se hallaban desde hace casi 40 años respecto a las intenciones separatistas del catalanismo.

El oportunismo extorsionista desplegado por los voceros separatistas para iniciar su andadura hacia su quimérica independencia, aún cuando rebasa todos los límites de la decencia político-moral humana, no es más que el reflejo típico, claro y contundente del modus operandi de éste, y cualquier otro, movimiento nacionalista. Por lo tanto, sobran ahora las caras de sorpresa de muchos ingenuos, socialistas o no, en este tema.

La catástrofe económico/financiera en que se halla sumido el Estado español, más un gobierno central inerte y sin ideas coherentes para hacer frente al reto político/económico actual, es el maná bíblico que todo nacionalismo espera y aprovecha para alcanzar su insolidario objetivo final. Por esta razón, el catalanismo ha decidido enseñar todas sus cartas en el momento preciso. Aquí se juega a todo o nada y se rechaza todo compromiso que ponga en peligro su aspiración descabellada de independencia.

Pero lo peor es lo que nos temíamos infinidad de socialistas de esta comunidad autónoma: la huída hacia adelante del nacionalismo ha acabado arrastrando al socialismo oficial catalán, desarbolado, sin rumbo ideológico y en sus horas más bajas de apoyo popular.

Los restos del naufragio del desacreditado PSC han creído necesario agarrarse al carro nacionalista como último recurso a su más que probable desaparición como partido alternativa de gobierno en Cataluña. Votando a favor de la autodeterminación han certificado su propia muerte como organización progresista y de izquierda. Simplemente se han convertido, contra toda razón y lógica, en un apéndice más del nacional-catalanismo.

Esta decisión tendrá, sin duda, consecuencias gravísimas en la relación del PSC con el PSOE, que más pronto que tarde se verá obligado a modificar el status actual del PSC dentro del partido socialista federal para garantizar su propia unidad ideológica y política, lo cual podría conducir, a corto plazo, a la ruptura total como única salida factible, seguida de la restitución de la Federación Socialista de Cataluña como organización representativa en Cataluña del socialismo federal.

Esta hipótesis, altamente aconsejable dada la actitud y estado actual del PSC, se presenta como la única alternativa seria y viable al desvarió y deriva nacionalista de la totalidad del aparato directivo del partido y, además, contaría con el respaldo de la gran mayoría de la militancia y votantes socialistas que han sufrido en silencio el abandono de la praxis socialista y nunca se han identificado con el nacionalismo impuesto por la dirección.

Perdido el referente socialista para detener la “marcha parda” de Mas y su cohorte de fanáticos separatistas, la responsabilidad de recoger el testigo en defensa de la razón, la igualdad, solidaridad, justicia y democracia en Cataluña recae ahora en el conjunto de la ciudadanía progresista, grupos, organizaciones, entidades culturales, intelectuales de izquierda y foros, como Ágora Socialista y otros, que han luchado durante años contra la ideología identitaria de todos los gobiernos catalanes desde el inicio de la democracia.

En las circunstancias actuales, sin embargo, y ante la velocidad vertiginosa a la que se están produciendo los acontecimientos políticos, sería tan deseable como efectivo evitar el desvío de energías constitucionalistas hacia causas perdidas e inútiles como tratar de dialogar, explicar, suplicar o esperar un cambio de rumbo de los que manejan el fuego nacionalista.

No es hora, ciertamente, de perderse en disquisiciones histórico/intelectuales/metafísicas sobre el origen de la crisis, la deriva del PSC, la culpabilidad de Zapatero o el cainismo ibérico. Es hora de enfrentarse a hechos reales, concretos, peligrosos e inminentes. Por tanto, todas las energías han de concentrarse en identificar y poner en práctica los posibles medios de contención de la ola nacionalista.

Programas, escritos, manifiestos, debates, actos, etc. resultan absolutamente necesarios y urgentes si se quiere conseguir la movilización de la ciudadanía no nacionalista que, a la postre, es el principal elemento que decidirá el futuro de Cataluña. Asegurar ese 70%  de ciudadanos potencialmente favorable al rechazo de la división catalanista y procurar su participación, en las urnas y en la calle, contra la ofensiva desatada por Más y sus correligionarios.

El nivel de envalentonamiento alcanzado por el nacional-catalanismo, debido fundamentalmente a la absurda pasividad y condescendencia del PP y PSOE, es evidente y se nos muestra a diario con declaraciones oficiales de sus máximos representantes, el desafío y desacato a la constitución y ordenamiento jurídico y, últimamente, el intento alevoso de internacionalizar “el problema catalán”.

Ante esta situación los demócratas tenemos la razón y la Constitución. Pero estas armas, aunque necesarias, no son suficientes, como estamos comprobando cada día. Si se quiere derrotar la apuesta independentista, es imperativo formar, informar y movilizar la ciudadanía, con valentía y sin miedo, para que acuda a las urnas con pleno conocimiento de lo que se juegan.

A este respecto, el compañero Joaquín Leguina, en uno de sus recientes artículos, mostraba muy acertadamente su asombro e indignación a la posición tímida y cobarde de los grandes partidos nacionales frente al órdago nacionalista al mismo tiempo que arremetía contra todos aquellos que estúpidamente han aceptado y dejado hacer al nacionalismo por temor a ser tachados de lerrouxistas o “españolistas”.

Ciertamente, se necesita ser adjectamente estúpido e ingenuo para aceptar el papel de tonto útil que la mayoría de los políticos españoles han jugado durante toda una generación en favor de los nacionalismos periféricos con la intención trasnochada de aplacarlos por la vía de la concesión de poder político-económico, sin límites claros, precisos e infranqueables.

Gente dispuesta a destruir el estado de derecho al amparo de sus leyes democráticas, dispuesta a conducir 47 millones de ciudadanos al desastre económico-social y promover, al mismo tiempo, la balcanización de España, no debe ni puede ser sujeto de respeto ni consideración democrática alguna. Al nacionalismo hay que combatirlo con la fuerza de la razón y norma democráticas, pero también sin cuartel ni debilidad infantiloide.

El nacionalismo cavernario esgrime 500.000-600.000 manifestantes para demostrar el apoyo del “pueblo catalán” a su apuesta independentista. Aunque importante, esta cantidad solo representa el 8.5% de la población catalana. ¿Sería imposible reunir el doble de personas en defensa de la justicia, igualdad, solidaridad y democracia?

 Sin lugar a  dudas, esta sería el arma más convincente para desvanecer todos los ensueños estrafalarios soberanistas de la burguesía nacional-catalanista. En caso contrario, que Dios nos coja confesados.

 (*) José Luis Ruiz es Magistrado y miembro de ÁGORA SOCIALISTA.

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