Roca Junyent no es nazi

‘Cataluña hoy no es la Alemania de los años treinta, ni Hitler es Mas. Hay muchas más diferencias que semejanzas. Pero tampoco hay que negarlas, y menos por la vía del escándalo y la histeria. Precisamente porque sabemos cómo acaban estas cosas, hay que darse por avisados. No jugar con fuego. Tener las alertas encendidas. No fomentar el griterío. Desconfiar de las unanimidades’.

Jesús Royo en La Voz de Bcn> 18/10/2012

En un curioso artículo en La Vanguardia con el elocuente título de ‘¡Basta!’, Miquel Roca nos dice en tono airado que es nacionalista catalán, pero que por nada del mundo eso le convierte en nazi. Y que le ofende profundamente que alguien lo insinúe. Es un artículo breve, apenas una columna, no debe llegar a las 300 palabras. Y sin embargo, la palabra nazi aparece once veces. ‘No soy nazi’ lo dice seis veces. ‘Me ofende que me llamen nazi’ lo dice tres veces. ‘No se nos puede acusar de nazis’ un par de veces, y aún aparece tres veces más la palabra ‘nazi’.

Con lo cual a uno se le sube la mosca a la oreja. Ya sabíamos que el nacionalismo catalán no es nazi, que siempre combatió al franquismo, que es democrático fuera de toda sospecha. Vale. Entonces, ¿a qué viene tanta insistencia? Uno se resiste a meterse en los vericuetos del inconsciente, psiquiatras hay de sobras, che, pero ¿no se le puede aplicar el refranero, mucho más fiable y sabio? Dime de qué presumes y te diré de qué careces. O la otra, esta en latín: Excusatio non petita, accusatio manifesta. No des excusas, si nadie te las pide, que te acusas a ti mismo. Pues algo de eso me barrunto que hay en el artículo del señor Roca.

Los nacionalistas catalanes no son nazis, lo sabemos. Pero algún ramalazo sí lo tienen, y en especial en esta etapa que nos ha tocado vivir. Y no se me ofenda, señor Roca, no haga escarafalls -aspavientos-, que es peor. En primer lugar, el contexto de crisis económica: la del 29 y la actual. No son lo mismo, pero algo se parecen. En segundo lugar, la clase social afectada, la clase media que, alarmada por las penurias, los recortes y la perspectiva de una próxima pobreza, sale despavorida al grito de “¡sálvese quien pueda!”. Tercero: la identificación de todos los males en una bestia negra, llámese España o llámense los judíos. Cuarto: la exacerbación de lo gregario y a la vez la exaltación de la unidad: un millón y medio de personas, todos a una, un sol poble en marxa imparable cap a la llibertat. Quinto: la abundancia de banderas al viento, en correspondencia con la absorción del individuo por el grupo: ahí está la supersenyera del Camp Nou. Sexto: que flaquee el respeto a la ley y se derrita ante la fuerza telúrica de la nación. Ante la voz de todo un pueblo, dice Mas, el referendo se hará “sí o sí”, diga lo que diga la Constitución. ¿Le parecen pocas coincidencias?

Aún hay otras, quizá menores, como compartir filosofía política (el espíritu del pueblo, Herder, la lengua como expresión nacional, etcétera), la propia alegría compulsiva de los manifestantes, cofois, que les hace peligrosamente optimistas e intrépidos ante el futuro (recuerden el tomorrow belongs to me, de la película Cabaret). O la alusión equívoca de Mas a la “genética catalana” en uno de sus últimos discursos. Incluso la formación del joven Jordi Pujol en la escuela alemana de Barcelona, del 39 al 45: de sus nueve a sus quince añitos.

Pero no. Cataluña hoy no es la Alemania de los años treinta, ni Hitler es Mas. Hay muchas más diferencias que semejanzas. Pero tampoco hay que negarlas, y menos por la vía del escándalo y la histeria. Precisamente porque sabemos cómo acaban estas cosas, hay que darse por avisados. No jugar con fuego. Tener las alertas encendidas. No fomentar el griterío. Desconfiar de las unanimidades. Honrar al disidente. Respetar escrupulosamente las leyes. Atenerse a la ley de oro de la democracia: igualdad, reciprocidad, simetría. Y administrar las metáforas sin solemnidad, con escepticismo: estoy hablando de Ítaca, el viaje a lo desconocido, la emancipación. Que las metáforas, señor Mas, las carga el diablo.

Jesús Royo es catedrático de Instituto de Lengua catalana y licenciado en Filosofía

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