Olegario Ortega en La Voz de Bcn: Autodeterminación

‘Espaciar estas consultas a fechas lejanas entre sí, considerando que 30 años no sería inapropiado, ya que es el periodo contemplado por los sociólogos para hablar de cambio de generación. Se pueden también considerar procedimientos más garantistas, que exijan más de un resultado favorable, a través de la repetición de la consulta 2, 3 ó 4 veces, en tiempo y forma razonables. 

‘Espaciar estas consultas a fechas lejanas entre sí, considerando que 30 años no sería inapropiado, ya que es el periodo contemplado por los sociólogos para hablar de cambio de generación. Se pueden también considerar procedimientos más garantistas, que exijan más de un resultado favorable, a través de la repetición de la consulta 2, 3 ó 4 veces, en tiempo y forma razonables.

El problema es que, en política, hay demasiados intereses en juego para esperar objetividad y juego limpio, por lo que, en modo alguno, se puede ser pasota o indiferente’.

Miércoles, 10 de octubre de 2012

La coincidencia con compañeros socialistas en tertulias en las que se habla sin guión y sin rigideces formales o de agenda permite tratar los más variados asuntos. En ellas, ocasionalmente se ha vertido el juicio, por alguno de los participantes, de que todo y no siendo nacionalista, ni menos aún separatista, si se plantea la independencia de una Comunidad en términos democráticos y se obtiene la mayoría en un referendo, no ve como se podrían plantear objeciones a dicha decisión.

En un primer momento parece lógico asentir; sin embargo, dándole vueltas a este asunto, aparecen serias dudas, tanto al procedimiento como a los apriorismos que encierra dicho planteamiento, que, sin explicitarlo, da por ciertos e inequívocos.

Vamos con el procedimiento: parece claro que el proceso se somete al juicio y a la voluntad de los integrantes de esa Comunidad, y si el resultado mayoritario es favorable, el objetivo de la separación está consumado. No hay que perderse en resultados de difícil interpretación, como sería, por ejemplo, 42% sí, 41% no y 17% abstención. Pongamos que los llamados a pronunciarse se sienten responsables y participan todos, despejando con ello la ambigüedad interpretativa y su apropiación por ganadores o perdedores. Pongamos 51% sí y 49% no. En este caso parece que no hay duda, la autodeterminación se ha expresado y los partidarios de la separación han triunfado. Y no digamos si el resultado es un 56% sí y un 44% no, o, mejor aún, 73% sí y 27% no.

Pero si el resultado es mayoría de partidarios del no o duda razonable en favor del no, no por ello se desanimarán los impulsores de la secesión. Al día siguiente estarán laborando por la organización de otro referendo y porque sus resultados les sean favorables.

Aparentemente ninguna objeción, pero… ahí empieza la perversión del procedimiento. ¿Hay alguien con mente abierta e ideología democrática capaz de creer que una vez alcanzada la separación se darán condiciones para organizar un nuevo referendo y pronunciarse sobre una posible reunificación? Alguien se atreverá a decir que en teoría todo es posible. En estos avatares se debe cultivar la honestidad, pero no la ingenuidad.

La pertinencia de la pregunta se puede probar mediante esta otra: ¿alguien podría sostener que dado que el PP ganó por mayoría absoluta, es absurdo convocar nuevas elecciones, ya que la sociedad se ha pronunciado? No hay que ser muy sagaz para percibir el disparate; que incluso como boutade produce escalofríos. Pues exactamente en esas estamos. En esencia se toma una respuesta electoral, fruto de variables sociológicas presentes en ese momento, complejas y emotivas, como decisión trascendente, no precisamente neutra, no sólo para los que se pronuncian en contra o se abstienen, sino para todas las generaciones posteriores. ¿Es esto justo? ¿Es admisible?

Contra este reparo, los pro secesión pueden argumentar, y con razón, que algún mecanismo hay que arbitrar y que es imposible contentar a todos. Eso, aunque cierto, deja margen para considerar procesos más equitativos en sus consecuencias y con notable reducción de tributo social y humano (precisamente no conviene banalizar ese coste, que necesariamente se mide en sufrimiento).

Una aproximación al deseo de la sociedad se mide directa e indirectamente en cada contienda electoral, y se mide porque no estamos hablando de teoría, sino de realidades sociológicas concretas, en las que, si hay posibilidad de plantear un referendo de autodeterminación, es porque las fuerzas políticas se mueven, quieran o no, considerando esa variable social, en forma más o menos explícita, formando parte de su programa o de su discurso o con otras menciones o sobreentendidos.

Por eso, los electores, en el aprecio de unos partidos u otros, están pronunciándose por algo más que por un programa electoral. Están dando información sobre sus preferencias y sobre sus rechazos hacia posiciones pro o contra secesionistas.

Pero no es esta la única herramienta que proporciona información bastante precisa sin un compromiso irreversible y sin las consecuencias negativas derivadas de las polarizaciones sociales primarias o existenciales. Espaciar estas consultas a fechas lejanas entre sí, considerando que 30 años no sería inapropiado, ya que es el periodo contemplado por los sociólogos para hablar de cambio de generación. Se pueden también considerar procedimientos más garantistas, que exijan más de un resultado favorable, a través de la repetición de la consulta 2, 3 ó 4 veces, en tiempo y forma razonables. El problema es que, en política, hay demasiados intereses en juego para esperar objetividad y juego limpio, por lo que, en modo alguno, se puede ser pasota o indiferente.

Se había hecho mención a dudas sobre el procedimiento y sobre los apriorismos que encierran, pero que no se explicitan. Se da por supuesto que la decisión tiene que afectar a todos los miembros de la población implicada y a todo el territorio cuestionado. ¿Tiene que ser así?

En España hemos empezado a aprender algo de cultura de la separación, o mejor dicho, de las separaciones. Pues bien, ¿qué debemos hacer ante una pareja en la que uno de los integrantes desea separarse? Parece razonable no obligar a nadie a compartir destino con quien no desea, por lo que se debe facilitar que dicha separación se produzca con el menor daño para los convivientes y para los que de ellos dependen. Pero, ¿qué diríamos ante quien quisiera separarse, pero quedándose todo el patrimonio, los hijos, la tutela, la patria potestad y el buen nombre entre vecinos y amigos? Asociar el deseo de cesar en la convivencia con la apropiación de todo lo conseguido en mutua colaboración difícilmente se podría aceptar como legítimo. Menos aún, dejar a la otra parte en la calle y sin dignidad.

Esencialmente eso es lo que proponen los promotores de las nuevas soberanías. En sus enunciados están implícitos la posesión legítima y en exclusiva de la patria; razonada con derecho de suelo, derecho de sangre, derecho de etnia, derecho de historia, derecho de cultura, derecho de… ¡Pobre derecho! Cuyo único fundamento te doy para que me des, ni por asomo guarda relación con los postulados nacionalistas.

Pero junto con el territorio va la apropiación de la legitimidad social, es decir, la capacidad de imponer las normas, la lengua, la cultura, las tradiciones, las creencias, lo correcto, lo patriótico, lo legal, las condiciones de convivencia, la vida posible, el extrañamiento o el exilio o la muerte.

Sería más justo y razonable que si unos consideran que no pueden vivir plenamente su realización personal, y que para hacerlo necesitan una nueva patria, un nuevo Estado, aceptasen repartirse el territorio en proporción al resultado de una consulta lo más objetiva posible, mediante un procedimiento lo más garantista posible y promovida con la disposición más honesta posible.

Todo hace temer que los postulantes nacionalistas dirán: “Yo, con esas reglas, no juego”. Pero hay algo peor, también todo indica que seguirá habiendo bienintencionados en las filas de la izquierda y en las del propio nacionalismo que seguirán pensando que nacionalismo e izquierda son compatibles y que también lo son nacionalismo y democracia.

Olegario Ortega es vicepresidente de Ágora Socialista

 [Este artículo se publicó en la revista de la Asociación por la Tolerancia de septiembre de 2002. Nota del autor: A la vista de los acontecimientos, estamos como entonces, sólo que con las espadas más afiladas, con las mentes más romas y con más mellas en el alma y en el ánimo. No es culpa mía, es el reflejo de una sociedad torpe que se empeña en la ignorancia de la historia, en el cainismo, y especialmente, en abrir la caja de Pandora]

 

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