Jesús Royo en La Voz de Bcn: ‘Plou: Puta Espanya!’

‘España ha llegado a ser, para mentalidades rudimentarias, la encarnación del mal. Peajes, balanzas fiscales: todo son agravios. Aquí la gente está convencida de que los catalanes pagamos más que el resto de españoles. Y si el bosque se quema, siempre hay un simple que dice que ha sido culpa de españoles, y se lo reímos. Son todo mentiras, pero nadie se esfuerza en desmentirlo’.

‘España ha llegado a ser, para mentalidades rudimentarias, la encarnación del mal. Peajes, balanzas fiscales: todo son agravios. Aquí la gente está convencida de que los catalanes pagamos más que el resto de españoles. Y si el bosque se quema, siempre hay un simple que dice que ha sido culpa de españoles, y se lo reímos. Son todo mentiras, pero nadie se esfuerza en desmentirlo’.

Es la versión catalana del piove, porco governo de los italianos. Un invento que resulta muy práctico para endosar al vecino todas nuestras caquitas y aparecer así ante el mundo y ante nosotros mismos mucho más guapos y relucientes. Es un elemento fundamental en la implantación subliminar del nacionalismo: España es la causa de todos nuestros males y desgracias. Más aún: es el mal por antonomasia. D’Espanya, ni gent ni vent. España es tan mala, que la misma palabra ya mancha, y hay que evitarla. El español, en consecuencia, es un ser ontológicamente perverso del que hay que huir. En las manifestaciones se utiliza como insulto: “Espanyol el que no boti“. En Cataluña, si dices que eres español te la juegas: ¡es que vas provocando, hombre! Textual: a mí me sucedió hace una semana.

La hispanofobia es algo fundamental en el montaje del independentismo. Algo o bastante. Y cabe preguntarse: ¿de dónde viene esa manía contra España? ¿De la leyenda negra? ¿Del ancestral autoodio de los españoles, que retrataba el poeta Bartrina, catalán por cierto, “si alguien habla mal de España, es español”? Recuerdo que en mi infancia (años cincuenta) en las parroquias y entre boyscouts se cantaba La muntanya venerada cambiándole la letra: “Quan Espanya sigui morta… Catalunya encara forta alçarà son front altiu“. Franco también contribuyó, y mucho, en el descrédito de España, abusando del nombre, el sentimiento y la bandera, apropiándoselo y dejándolo casi inservible para su uso en democracia: tanto, que a veces pienso que los nacionalistas de ahora no son más que el reverso y al mismo tiempo la continuación lógica del franquismo.

La gran inmigración de los años 60-70, que dobló la población de Cataluña, tuvo también gran importancia en el desprestigio de España y el correspondiente prestigio de Cataluña. Por un lado, los catalanes nativos veían venir de España gentes más pobres que ellos, con quienes competían en el trabajo, en el espacio y hasta en las novias. Igualar España a pobreza y Cataluña a riqueza era una manera de retener la primacía de los nativos ante los competidores recién llegados. Por otro lado, los inmigrantes dejaban en su tierra un pasado incómodo y llegaban a otra tierra que esperaban que fuera mejor. Su propia biografía representa España como lo que se deja atrás, y Cataluña como lo que se adquiere. Ellos también reforzaban la ecuación España-mala Cataluña-buena. Todos esos factores, debidamente explotados por el nacionalismo reinante, han contribuido a la situación actual: España es motivo de vergüenza, mientras Cataluña lo es de orgullo.

España ha llegado a ser, para mentalidades rudimentarias, la encarnación del mal. Peajes, balanzas fiscales: todo son agravios. Aquí la gente está convencida de que los catalanes pagamos más que el resto de españoles. Y si el bosque se quema, siempre hay un simple que dice que ha sido culpa de españoles, y se lo reímos. Son todo mentiras, pero nadie se esfuerza en desmentirlo. Y así crece la bola. Como las leyendas que corrían sobre los judíos, que si comían niños, que si traían la peste: el caso es que llevaron a la masacre del Call de Barcelona, Lérida y Gerona (1391), y acabaron en la expulsión del siglo XV: toda una limpieza étnica.

La hispanofobia existe, pero lo terrible es que esté bien vista en Cataluña, a todos los niveles, y que hasta los intelectuales simpaticen con ella. Algunos de ellos descaradamente la alimentan, está claro, y quizá cobran por ello. Es hora de desprestigiar a los hispanófobos, y de restaurar el apego a España como Estado: o sea, garantía de igualdad, libertad y democracia. Con bandera incluida: y quien tenga complejos, allá él.

Jesús Royo es catedrático de Instituto de Lengua catalana y licenciado en Filosofía

Es la versión catalana del piove, porco governo de los italianos. Un invento que resulta muy práctico para endosar al vecino todas nuestras caquitas y aparecer así ante el mundo y ante nosotros mismos mucho más guapos y relucientes. Es un elemento fundamental en la implantación subliminar del nacionalismo: España es la causa de todos nuestros males y desgracias. Más aún: es el mal por antonomasia. D’Espanya, ni gent ni vent. España es tan mala, que la misma palabra ya mancha, y hay que evitarla. El español, en consecuencia, es un ser ontológicamente perverso del que hay que huir. En las manifestaciones se utiliza como insulto: “Espanyol el que no boti“. En Cataluña, si dices que eres español te la juegas: ¡es que vas provocando, hombre! Textual: a mí me sucedió hace una semana.

La hispanofobia es algo fundamental en el montaje del independentismo. Algo o bastante. Y cabe preguntarse: ¿de dónde viene esa manía contra España? ¿De la leyenda negra? ¿Del ancestral autoodio de los españoles, que retrataba el poeta Bartrina, catalán por cierto, “si alguien habla mal de España, es español”? Recuerdo que en mi infancia (años cincuenta) en las parroquias y entre boyscouts se cantaba La muntanya venerada cambiándole la letra: “Quan Espanya sigui morta… Catalunya encara forta alçarà son front altiu“. Franco también contribuyó, y mucho, en el descrédito de España, abusando del nombre, el sentimiento y la bandera, apropiándoselo y dejándolo casi inservible para su uso en democracia: tanto, que a veces pienso que los nacionalistas de ahora no son más que el reverso y al mismo tiempo la continuación lógica del franquismo.

La gran inmigración de los años 60-70, que dobló la población de Cataluña, tuvo también gran importancia en el desprestigio de España y el correspondiente prestigio de Cataluña. Por un lado, los catalanes nativos veían venir de España gentes más pobres que ellos, con quienes competían en el trabajo, en el espacio y hasta en las novias. Igualar España a pobreza y Cataluña a riqueza era una manera de retener la primacía de los nativos ante los competidores recién llegados. Por otro lado, los inmigrantes dejaban en su tierra un pasado incómodo y llegaban a otra tierra que esperaban que fuera mejor. Su propia biografía representa España como lo que se deja atrás, y Cataluña como lo que se adquiere. Ellos también reforzaban la ecuación España-mala Cataluña-buena. Todos esos factores, debidamente explotados por el nacionalismo reinante, han contribuido a la situación actual: España es motivo de vergüenza, mientras Cataluña lo es de orgullo.

España ha llegado a ser, para mentalidades rudimentarias, la encarnación del mal. Peajes, balanzas fiscales: todo son agravios. Aquí la gente está convencida de que los catalanes pagamos más que el resto de españoles. Y si el bosque se quema, siempre hay un simple que dice que ha sido culpa de españoles, y se lo reímos. Son todo mentiras, pero nadie se esfuerza en desmentirlo. Y así crece la bola. Como las leyendas que corrían sobre los judíos, que si comían niños, que si traían la peste: el caso es que llevaron a la masacre del Call de Barcelona, Lérida y Gerona (1391), y acabaron en la expulsión del siglo XV: toda una limpieza étnica.

La hispanofobia existe, pero lo terrible es que esté bien vista en Cataluña, a todos los niveles, y que hasta los intelectuales simpaticen con ella. Algunos de ellos descaradamente la alimentan, está claro, y quizá cobran por ello. Es hora de desprestigiar a los hispanófobos, y de restaurar el apego a España como Estado: o sea, garantía de igualdad, libertad y democracia. Con bandera incluida: y quien tenga complejos, allá él.

Jesús Royo es catedrático de Instituto de Lengua catalana y licenciado en Filosofía

Anuncios