DIADA VIII – Un juego de patriotas. Eduardo Valencia

 

                 LA DIADA DEL 11 DE SEPTIEMBRE. UN JUEGO DE PATRIOTAS

No obstante, no perdamos la esperanza pues no hay mal que por bien no venga. El 11 de septiembre del 2012 va a poner a cada uno en su sitio: por un lado los que no quieren un futuro común con España; y por otro, los que seguimos creyendo en la igualdad, en la justicia social, en la defensa de la clase trabajadora, en los menos favorecidos y en el proyecto federal de un Estado fuerte integrado en una Europa común. Ya no es la Diada de todos, y podremos ver lo que realmente significa ese día tan especial tanto para los que irán a la manifestación como los que nos quedaremos en casa, valoraciones intencionadas aparte.

 

El 11 de septiembre se cumplirán 36 años de aquel tumultuoso día de 1976 en que una buena parte de la sociedad catalana pudo expresar, después de cuatro décadas de férrea dictadura, su deseo de libertad, de cambio y de justicia social, todas enmarcadas en aquella frase que ya ha pasado a los anales de la historia bajo el lema de “Llibertad, Amnistía i Estatut d’Autonomía”.

       Fue la culminación de una estrategia de lucha política y social protagonizada por diversas organizaciones de oposición al régimen dictatorial que finalmente pudo llevarse a cabo desde principios de los años sesenta apoyándose en la creciente conflictividad social, laboral y estudiantil que encontró en el antifranquismo un nexo de unión y de lucha aceptado por la mayoría opositora. Incluso la propia Iglesia, hasta aquellos momentos aliada del régimen, comenzaba a decantarse hacia un progresismo más abierto a la modernidad y a las corrientes políticas de la izquierda, proliferando los llamados curas obreros identificados en buena parte por las doctrinas emanadas del Concilio Vaticano II y por la nueva actitud del Papa Pablo VI mucho más crítica con el régimen.

En el éxito final de esta convocatoria de reivindicación nacional por las libertades y por el restablecimiento de la democracia en Cataluña y en el resto del Estado tuvieron mucho que ver los componentes de la Comissió Coordinadora de Forces Polítiques de Catalunya (CCFPC) que, entre 1968-69 acordó, a partir del principio de no-exclusión, constituirse como una fuerza política unitaria en la clandestinidad y establecer las ideas básicas de las que surgiría un futuro programa político.

El documento fundacional de esta plataforma trataba, a grosso modo, de la obtención de las libertades democráticas, de la amnistía para los presos políticos, de la libertad sindical, del derecho de huelga, de las mejoras inmediatas que afectaban directamente a la situación de la clase trabajadora y del restablecimiento del Estatuto Autonómico de Cataluña de 1932 derogado por el gobierno franquista.

Esta Comisión estuvo impregnada desde su inicio por un catalanismo transversal transmitido a través de la iniciativa de sus propuestas, siendo el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) el que marcaba principalmente la estrategia a seguir. Sin embargo, el mayor acierto de esta Comisión fue llegar al convencimiento de la necesidad estratégica de conseguir para sus fines el apoyo de la clase obrera y de las diferentes asociaciones de carácter sindical y social y así dar un impulso global a sus pretensiones políticas y al movimiento de oposición democrática que se ponía en marcha. Así es como empezó a gestarse lo que se llamó la Asamblea de Cataluña.

Sin duda, esta Comisión buscó y mantuvo formas de relación bilateral y multilateral con partidos y grupos de la oposición que no estaban en ella, como la Federación Catalana del PSOE (FSC-PSOE), el Partit Socialista d’Alliberament Nacional (PSAN), los carlistas, los monárquicos, la Organización Comunista de España. Bandera Roja OCE (BR), el Partido Comunista de España (marxista- leninista), etc., a la vez que se esforzó por relacionarse y debatir con los partidos y grupos de la oposición democrática del Estado. Sin embargo, pese a todos sus esfuerzos, esta plataforma no pudo conseguir que la visión que se tenía de ella, especialmente desde la oposición no identitaria, sobre el impacto popular que podría ejercer en la clase trabajadora y estudiantil fuera más bien negativa y de escasa atracción sobre éstos, por lo que no fue nada sorprendente que al poco tiempo la Comisión abriese el abanico a todos los entes y personas que se pronunciaban contra la Dictadura y que deseaban luchar por su eliminación.

Quedaba claro que a partir de entonces era necesaria la acción y el apoyo de la clase obrera y estudiantil para conseguir los objetivos marcados en su constitución.[1]

También fue en ese momento cuando comenzó a tener protagonismo una nueva plataforma unitaria surgida de la famosa “tancada” de Montserrat. Era la llamada Asamblea de Intelectuales, una organización que carácter burgués que llegó a tener una influencia decisiva en la Asamblea de Cataluña a lo largo de su existencia, pues todo lo relacionado con la polémica sobre la vía al derecho de autodeterminación, provenía de ellos.

Sorprendente también fue el papel de los sindicatos en la Asamblea siendo evidente que la militancia sindical era mayoritariamente de CC.OO e influyó de forma determinante tanto en la constitución como en el propio desarrollo de esta plataforma. En ella, los sindicatos procuraron defender los intereses de la clase obrera bajo una estrategia peculiar: por un lado, tratando de vincular esta plataforma unitaria con importantes sectores de la población; y por el otro, conseguir el respaldo y la identificación de la población inmigrante y trabajadora a las reivindicaciones nacionales. Sin duda, esta estrategia resultó contraria a lo esperado, ya que, lo que se consiguió fue más bien un rechazo al régimen dictatorial que no a la adopción de otros anhelos identitarios.[2]

La posición de los socialistas dentro de estas plataformas políticas fue confusa y con una fuerte discrepancia interna entre la llamada Federación Socialista Catalana que representaba al PSOE en Cataluña y el PSC (c) de ámbito catalanista. Este razonamiento se confirma cuando se pusieron de manifiesto dentro de la Asamblea las contradicciones entre ambos proyectos socialistas: por un lado la apuesta de los socialistas del PSC (c) dirigidos por Raventós, favorable al Estatuto de Cataluña y a la transversalidad identitaria inherente a la Asamblea desde su inicio; y por el otro, la postura de la FSC-PSOE, que era contraria a esta idea, pues mientras el primero lo consideraba esencial para la lucha democrática, el segundo simplemente lo contemplaba como desfasado. De todas formas, estas diferencias de criterio poco influyeron en la dirección trazada desde la Asamblea pues la mayoría de las propuestas aportadas a ésta, sobre todo por la Federación Socialista, eran sistemáticamente derrotadas y no tenidas en consideración.

Sin embargo, lo sorprendente del caso fue que esa clara discrepancia surgida dentro de la Asamblea entre los representantes socialistas, desapareciese al poco tiempo casi en su totalidad en las ejecutivas de ambos partidos, que no en sus bases de militancia, conforme se acercaban los primeros comicios electorales democráticos después de casi cuarenta años.

Así pues, había llegado el momento en que el interés partidista prevaleciese sobre el ideológico acabando tanto Convergencia Socialista como la FSC-PSOE y otras organizaciones socialistas por fundirse, en lo que algunos llamaron “la unión del socialismo”, transformándose en un único partido de carácter catalanista, el Partit Socialista de Catalunya (PSC-PSOE). Consiguieron así uno de sus objetivos más importantes como representantes de la izquierda democrática en Cataluña que era desplazar al PSUC a un segundo plano en las primeras elecciones democráticas.

Efectivamente, estas dos organizaciones unidas bajo las siglas del PSC obtuvieron el 30% de los votos, alcanzando así el objetivo principal de esta fusión que era, tanto para la dirección del PSOE estatal como para el socialismo catalanista, ser el referente mayoritario de la izquierda socialista en Cataluña. Sin embargo, -según reflexiones del propio Jordi Pujol- “esta maniobra diseñada por los dirigentes socialistas de federarse entre ellos, no condujo a buena parte de sus votantes hacia el catalanismo, aunque sí los encuadró en un sistema de partido catalán.”[3] En consecuencia, tras esta confrontación de ideas, surgió un claro perdedor dentro de la militancia socialista que fueron los partidarios de las tesis llamadas españolistas aunque esta situación fue relativamente breve, ya que, al poco tiempo la lucha antifranquista y la afirmación de la identidad catalana conocida como el “problema nacional catalán”, se entrelazaron entre si con un claro interés electoralista de tal forma que constituyeron ambas el marco natural de la lucha reivindicativa en Cataluña.

El político y estadista aún en activo Alfonso Guerra describe en sus Memorias, me atrevería a decir con arrepentimiento, como se forjó el destino a la práctica desaparición del socialismo no identitario en Cataluña y a la vez el principio del desencanto de buena parte del electorado socialista.

“Convoqué una reunión con los socialistas del PSOE. El salón, repleto de militantes, rezumaba espíritu patriótico de Partido. Todos protestaban porque consideraban que se relegaba a los socialistas de la Federación, en beneficio del grupo de “intelectuales” cercanos a las tesis nacionalistas que ellos no compartían. Tuve que tragarme el corazón y con un discurso que no lograba dominar por completo intenté mostrarles la importancia que para la conexión de los ciudadanos de Cataluña y el socialismo tenía el presentarnos ante el pueblo como un sólo grupo socialista. Fue una intervención capciosa, pues yo mismo no estaba convencido plenamente de lo que decía. Se votó, y aceptaron mis argumentos. Muchos expresaron que lo hacían porque los defendía yo, no porque creyeran en ellos. Me sentí mal. Tenía la angustiosa sensación de estar equivocándolos, de engañarlos. Mucho tiempo después, y a tenor de la evolución de los hechos, un sabor salado me sube a los labios: es el gusto de la incertidumbre acerca de mis actos. ¿Debí negarme a un acuerdo que efectivamente ha ido de forma paulatina imponiendo unas tesis que la Federación Socialista del PSOE no aceptaba? Estas son las marcas que deja la responsabilidad. Tomar decisiones no es tan difícil; salvar tu conciencia de los efectos morales de las decisiones es un pago inevitable.”[4]

Sin duda, desde la Transición española han cambiado muchas cosas y costumbres y hemos formado parte de un progreso tanto en lo económico como en lo social nunca visto en nuestro país. Sin embargo, en Cataluña hay cuestiones en las que no hemos evolucionado lo más mínimo. De nuevo, se realza como el ave Fénix lo que algunos politólogos entienden como “la cuestión nacional catalana”, o sea, como definir el modelo de Estado español y el papel de Cataluña en él. La Asamblea de Cataluña ya se extinguió sin conseguir uno de sus objetivos irrenunciables, la independencia de Cataluña. Ahora se hacen llamar la Asamblea Nacional Catalana. De nuevo se vuelve a aquella camaradería catalanista que contribuyó al fortalecimiento de lo que todos conocemos como el “oasis catalán”. Aquel lugar de encuentro donde todos eran amigos y daba lo mismo estar en un partido o en otro contribuyendo de esa forma a la exclusión de los que pensaban diferente o eran críticos con esa posición.

Pero aún falta el tercero en discordia, Convergencia Democrática. Jordi Pujol, su máximo representante, no quiso participar en los años setenta con la plataforma que significaba en aquellos días el máximo movimiento antifranquista en Cataluña, quizás porque sus objetivos a corto plazo se cruzaban con los intereses de otro presidente de la Generalitat, Tarradellas, de ERC por más inri, y el último en utilizar el concepto de “ciutadans de Catalunya”, dejado en desuso durante la etapa del pujolismo y transformado en “catalans”.

La cuestión bajo mi punto de vista está en saber si Pujol ha cambiado, o no. Parece ser que sí y su heredero político lo esta llevando a la perfección arrastrando a todo el partido con él porque, a pesar de sentirnos tan identificados con aquellos días del “ara no toca”, quizás no supimos entenderle o no quisimos.

No hay duda de que si sus convicciones no han cambiado desde entonces cuando decía: “Nosotros tenemos unas líneas definidas para la actuación política en España, la línea europeísta que nos viene dada por la geopolítica. Cataluña es una marca hispánica que nació como frontera sur de los francos, no como último reducto de los visigodos”,[5] poco podemos hacer, los visigodos, o los que se sientan así para llegar a acuerdos con este gobierno. No obstante, no perdamos la esperanza pues no hay mal que por bien no venga. El 11 de septiembre del 2012 va a poner a cada uno en su sitio: por un lado los que no quieren un futuro común con España; y por otro, los que seguimos creyendo en la igualdad, en la justicia social, en la defensa de la clase trabajadora, en los menos favorecidos y en el proyecto federal de un Estado fuerte integrado en una Europa común. Ya no es la Diada de todos, y podremos ver lo que realmente significa ese día tan especial tanto para los que irán a la manifestación como los que nos quedaremos en casa, valoraciones intencionadas aparte.

Del Estatut de Catalunya de los años ochenta hemos pasado al refrendado por el Tribunal Constitucional hace poco tiempo. Tenemos por fin un marco legal para poder autogobernarnos aceptado por las máximas instituciones representativas del estado español. Sin embargo, de nuevo la estrategia basada en el “hecho diferencial” exige la obsolescencia de estas normas que nos hemos dotado y la puesta en marcha esta vez del Pacto Fiscal, y si esto no funciona, todavía hay un largo camino por recorrer repleto de anecdotarios victimístas y de agravios comparativos hacia los ciudadanos de Cataluña.

Y entre todo éste paripé ¿Qué ha de hacer el PSC? Es evidente que dadas las circunstancias actuales la línea del Primer Secretario, Pére Navarro, es la más acertada. De todas formas hemos de recordar que se eligió una nueva dirección política y corresponde a nuestro máximo representante actuar en consecuencia a lo acordado partiendo de la base de que si queremos cambiar las cosas no podemos seguir haciendo lo mismo. En ese aspecto pienso que Navarro es nuestro Primer Secretario y yo estoy con él.

Sin embargo, después de haber valorado los  argumentos que me he permitido exponer, creo que deberíamos reflexionar sobre las consecuencias de adonde nos lleva esta nueva estrategia del President Mas y de su partido teniendo esta vez como cebo el Pacto Fiscal; o sea, excluirnos de nuevo del debate político en Cataluña considerándonos como alienados de ese juego de patriotasy con el convencimiento de que, queramos o no, tenemos que seguir bailando al ritmo que nos marca el gobierno de la Generalitat.

 ¡Pues yo le digo, Honorable President, que yo no sé bailar!

 Eduardo Valencia, Doctor en Hª Contemporánea. Miembro del PSC

[1]ANC “Informe del Comité Central”, Fondo PSUC, nº 230, 1973, pp. 16-17.

[2] BALFOUR, Sebastián, La dictadura, los trabajadores y la ciudad, Valencia, Ed. Alfonso el Magmánimo, 1994, pp. 209-210. También en Treball, diciembre de 1971.

[3]  PUJOL, Jordi, Memòries, pp. 311-312.

[4] GUERRA, Alfonso, Memórias., pp. 301-303. También ver Tele/expres, 15-12-1977.

[5] Tele/expres, 8-6-1974.

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