Un estado propio no es ninguna panacea para los catalanes

… es bastante realista pensar que Catalunya seguirá dependiendo para financiarse del crédito de los mercados y, a falta de este, del estatal y del de la UE. En estas condiciones, plantearse un proceso de independencia cae por su propio peso. Las certezas que piden los mercados son, por definición, incompatibles con las incertezas de un proceso de ese tipo…

Francesc Moreno en El Debat> 29/8/2012 

Según los partidarios de la independencia de Catalunya, los problemas de los catalanes se solucionarían con un estado propio. Centrándonos en las ventajas económicas, de absoluta actualidad, se nos dice que con la independencia, Catalunya dispondría de muchos más recursos por desaparecer los efectos del denominado déficit fiscal, es decir el hecho de que en Catalunya se recauden más ingresos tributarios de lo que asciende el gasto público, lo que los soberanistas resumen en el «España nos roba». La afirmación merece numerosas consideraciones.

1. La afirmación de que Catalunya tiene déficit fiscal es cierta en momentos de crecimiento económico, a mayor crecimiento mayor déficit fiscal, pero no lo es en momentos de recesión como los actuales. Esta realidad ya está recogida en el informe de la propia Generalitat sobre balanzas fiscales referido al ejercicio 2009, último del que se conocen datos. Aún dando por buenas las cifras de la Generalitat, el déficit por flujo monetario, el más favorable a la Generalitat, era de apenas 791 millones, que se convertían en más de 16.000 millones, corrigiendo los efectos del ciclo económico, es decir suponiendo que no estamos en crisis económica. La razón es que ahora nos financiamos con déficit público y no con ingresos tributarios, y se puede explicar con un ejemplo sencillo. Si en momentos de crecimiento económico se recaudaban 100 y se gastaban 75 en Catalunya, Catalunya tenía un déficit fiscal de 25. Ahora, con la caída de ingresos tributarios derivados de la crisis, especialmente a partir del 2010, se recaudan 50 y se siguen gastando, más o menos, 75. La diferencia se financia acudiendo al crédito, ya sea bancario, de inversionistas, de particulares o, como ahora, del Estado. Lo mismo ocurre, más o menos,con el déficit público estatal en su conjunto. Al final, ante las dificultades y, sobre todo, el coste de acudir al mercado, el Estado tiene que ser financiado por Europa, como Catalunya ha de serlo por el Estado. Y es que, como ponen de manifiesto las agencias de ráting, los mercados no se fían ni del Estado español, ni mucho menos, de sus Comunidades Autónomas.

Teniendo en cuenta que en los próximos años, aún sin tener en cuenta los efectos económicos de un proceso de secesión, no son previsibles grandes incrementos del PIB, es bastante realista pensar que Catalunya seguirá dependiendo para financiarse del crédito de los mercados y, a falta de este, del estatal y del de la UE. En estas condiciones, plantearse un proceso de independencia cae por su propio peso. Las certezas que piden los mercados son, por definición, incompatibles con las incertezas de un proceso de ese tipo. Una supuesta independencia en 2013 llevaría a Catalunya al colapso.

2. Una segunda consideración es que las consignas soberanistas sobre las ventajas de la independencia no evalúan o infravaloran el efecto anuncio negativo sobre las inversiones de convertir esta cuestión en algo más que un debate teórico. Algo que ya está pasando. Además, un proceso de secesión implicaría perder buena parte de los ingresos tributarios imputados a Catalunya provenientes del superávit comercial con el resto del Estado, amén de reducir las ventas, al menos a corto plazo, en el todavía decisivo mercado español. Otro factor de imposible evaluación es el efecto migratorio de personas y empresas. Dependería del grado de acuerdo con que se alcanzase la independencia, si la misma llevaría o no aparejada la pertenencia a la Comunidad Económica Europea, así como del grado de sectarismo del nuevo Estado hacia lo que algunos denominan «españoles» para definir a los inmigrantes de otras regiones o a los catalanes que no comulgan con las tesis nacionalistas o son castellanohablantes. La pérdida de población activa, en contra de quienes absurdamente piensan que si somos menos tocaremos a más, no significa más riqueza sino al contrario, menos PIB.

3. La tercera consideración afecta al gasto público. Un Estado comporta más gastos y, ya he explicado que, al menos a corto y medio plazo, no garantiza más ingresos sino más bien al contrario. ¿Cuánto cuesta crear un ejército de la nada y después mantenerlo? ¿Cómo se incrementarían partidas como el servicio exterior o la administración tributaria? En general el gasto público aumentará sensiblemente pero no en servicios públicos, sino en estructura administrativa. Más burocracia y menos economía productiva.

4. Una de las paradojas de Catalunya podría resumirse en que contra Franco y de espaldas al Estado éramos más creativos e innovadores, más empresarios, la sociedad civil era más fuerte, independiente y democrática. En 1970, los universitarios catalanes en su gran mayoría querían dedicarse a actividades privadas. Hoy la gran mayoría aspira a ser funcionario o, como mucho, trabajar en una gran corporación. Más estado significa que más recursos humanos son detraídos del sector privado para ir al público. Lo que equivale a menos riqueza. Y más en un Estado gobernado por nacionalistas por definición obsesionados por el control social y el clientelismo. No me extraña que los sectores económicos más adictos al soberanismo sean los menos dinámicos económicamente. Ni las grandes corporaciones, ni las empresas más dinámicas y exportadoras apuestan por la independencia. Los que pululan entorno a los favores de la administración son los que piensan que un Estado propio podrá darles más contratos y son sus más fervorosos defensores.

Decía Daniel Innerarity en un artículo sobre la necesidad de cooperación publicado en El País: «Pues algo tan concreto como que hay que aprender toda una nueva gramática del poder para la que sirve de poco la obstinada defensa de lo propio o la despreocupación por lo ajeno. Todo lo que podía valer para el antiguo juego del poder, ahora ya no es más que pura gesticulación. El instrumento fundamental para sobrevivir en la superexposición es la cooperación, la atención a lo común. La intemperie, en el mundo actual, es la soledad, por muy soberana que se imagine».

Coincido con su análisis. Si no hubiera intereses electorales en juego, sería mucho más sensato y productivo definir un modelo federal auténtico, con elevados grados de autonomía política y económica pero también de colaboración y lealtad entre niveles administrativos (catalán, español y europeo). No discuto que es un reto difícil, pero al menos iríamos a favor de los tiempos y de la construcción europea. Y además, asumiríamos muchos menos riesgos.