Órdago catalán: ¿Reforma constitucional?

                    Antonio Robles En Libertad Digital>26/7/2012

“Ahora o nunca” suena muy parecido a los pasajeros de un avión que buscan desesperadamente un despiste de los secuestradores para abalanzarse sobre ellos y reducirlos. Lo terrible de esta metáfora es que España no es una célula de Al Qaeda.

Mas allá de si Artur Más ha pretendido enmascarar la bancarrota de Cataluña exigiendo una Hacienda propia, las formas burdas con que lo ha hecho, merecen una reflexión. Les pregunto qué les escandaliza más: ¿el que suelte en el Parlamento catalán: “solo con la mitad del déficit fiscal, Cataluña tendría déficit cero” –como si España fuera un vulgar sacamantecas–, o el seguidismo del 63% de la cámara ante tanta impostura?

¿Cómo puede decir que si recaudaran todos sus impuestos (en eso consiste la Agencia Tributaria única) Cataluña no tendría problema alguno? ¡Toma! Y Madrid, y Baleares, y cualquier empresario que no pagara un duro a Hacienda y sus márgenes comerciales tuvieran superávit, además de gestionar bien sus inversiones.

Este es el milagro del nacionalismo o de cualquier secta, sus miembros tienen justificada cualquier aspiración del grupo por muy insolidaria, contraria al bien común o, incluso, ilegal que sea.

“Ahora, o nunca”, también dijo. Ahora o nunca ¿para qué? ¿Para lograr el pacto fiscal? También. Sí. Pero sobre todo para quedarse con la banca, y con ésta, financiar un Estado propio. ¿Es eso ilegal? Con la actual Constitución, sí. ¿Es antidemocrática la aspiración? No. Ninguna debería serlo si no va contra los derechos fundamentales regidos por una constitución democrática. Pero lo que denota ese “ahora, o nunca” es la convicción profunda de un comportamiento que desprecia al Estado al que teme, al mismo tiempo que odia, y a quien debe coger desprevenido para llevar en su huida las joyas y los puentes de comunicación. “Ahora o nunca” suena muy parecido a los pasajeros de un avión que buscan desesperadamente un despiste de los secuestradores para abalanzarse sobre ellos y reducirlos. Lo terrible de esta metáfora es que España no es una célula de Al Qaeda, ni los catalanes unos desamparados viajeros a merced de unos sacamantecas, sino ciudadanos con los mismos derechos y deberes que el resto de españoles, aunque con más carga impositiva, pero no por el Estado, sino por su propio Gobierno. Y peor gobernados.

¿La deuda de 42.000 millones de euros, es consecuencia de la cicatería del Estado o de una gestión lamentable? ¿Quién ha derrochado el dinero que no tenía? ¿El Estado? ¡No!, el Gobierno de Cataluña. Podría haber tenido más recursos o menos, pero los que ha tenido los ha derrochado en incentivar políticas improductivas y en construir un Estado paralelo. Es su entera responsabilidad.

Cada vez corren más voces a favor de la reforma del artículo VIII de la Constitución. Cerrar el Estado de las autonomías y delimitar claramente competencias y soberanías, es del todo imprescindible para que los nacionalistas no desguacen el Estado. Pero el remedio puede ser peor que la enfermedad. En el mejor de los casos, es decir, que los dos grandes partidos nacionales, PP y PSOE, se pusieran de acuerdo, el consenso conseguido en la transición nunca se alcanzaría, ahora. Los nacionalistas solo se avendrían a una reforma si de ella sacaran mayor soberanía, es decir, agravarían el artículo VIII en lugar de mejorarlo, que es, al fin y al cabo, por el que se habría llegado a la conclusión de reformarla. Pero si no se diera mayor soberanía a los nacionalistas, jamás la votarían, con lo cual, la matraca y la desafección aumentarían sin fin. La disculpa de no sentirse amparados por una Constitución hecha a sus espaldas le activarían un filón victimista sin fondo. Un desastre. En un caso y en otro, contando con que los dos partidos nacionales tuvieran claro los intereses generales del Estado. Pero… ¿el atomizado PSOE actual, infectado ya de los mismos males nacionalistas que trataría de evitar la reforma, pactaría con el PP o con múltiples intereses territoriales?

La máxima ignaciana “en tiempos de desolación, nunca hacer mudanza” podría servirnos para pensar fríamente. Si acaso, reformar puntualmente tal o cual necesidad. Por ejemplo, la imprescindible reforma electoral, o la sucesión al trono. Y mientras tanto, el gobierno nacional de turno, a quejarse menos de los nacionalistas y a hacerles cumplir a rajatabla la Constitución.

Si se fijan, seguir esta línea de pensamiento, llevaría al Estado a ir siempre a rebufo de la agenda nacionalista. Un error aún mayor que los anteriores. O sea, el que nos ha traído a esta crisis económica y política.

Ha llegado la hora de que España actúe como Estado, y sean los nacionalistas los que deban preocuparse por el protagonismo que éste determine en cada momento. Y si la reforma es imprescindible para tomar las riendas de la soberanía nacional, cuanto antes, mejor. Sin complejos.

 

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