El independentismo-trampa, según Kepa aulestia

                                                   Jesús Royo Arpón

El indepe debería ser un personaje fijo de todas las sátiras, bromas y chistes cotidianos. Una especie de forofo cuatribarrado o ikurriñado, abonado de por vida a la ducha escocesa que les lleva del entusiasmo a la decepción, y siempre con un poso de melancolía. En fin, ese síndrome bipolar propio y característico de las patrias.  

Hablo del independentismo, no de la independencia. La independencia de Cataluña y el País Vasco no se va a dar, y menos en el plazo (¡ya!) con que la reclaman sus fogosos postulantes. Claro que en la historia a veces las cosas se precipitan contrariamente a todo lo previsible, y lo que hoy era impensable es la nueva realidad triunfante al día siguiente. ¿Quién les iba a decir a los pobres beduinos árabes que en el 642 atacaron la Alejandría bizantina -la Nueva York de la época- que iban a conquistarla tan fácilmente, y tras ella la mitad del antiguo Imperio Romano, Hispania incluida? O sea que hacen bien los independentistas hispánicos en insistir en su sueño, porque a veces los sueños se cumplen. Por suerte o por desgracia, que esa es otra: ¡cuántos irlandeses, aunque sea por lo bajini, no se habrán arrepentido de salir del Reino Unido en 1923! En la historia no se puede dar nada por imposible. Otra cosa es que su probabilidad razonable se acerque a cero, que es lo que pasa con la independencia de Cataluña o el País Vasco. Razones: las evidentes, y quien no las quiera ver, allá él.

Pero no hablo de la independencia, sino del independentismo. Un frenesí del alma que conmueve a tantos catalanes y vascos, que les ayuda a sobrellevar las penas y amarguras de la vida, que les mantiene ilusionados y combativos. Un espectáculo social que sería divertidísimo, si no nos condujera directamente y con toda seguridad a la frustración y el batacazo. De todas maneras, los indepes, con su mitología, sus fobias y filias, su capacidad de tragar y encajar e incluso sublimar todas las humillaciones de la realidad, su admirable sentido gregario que les hace blandir con entusiasmo las banderas, entonar con devoción los himnos y plantar cara con fiereza al enemigo, su absoluta incapacidad para la autocrítica, los indepes, digo, constituyen una tribu divertidísima de la que habría que sacar más provecho para el necesario jolgorio nacional. El indepe debería ser un personaje fijo de todas las sátiras, bromas y chistes cotidianos. Una especie de forofo cuatribarrado o ikurriñado, abonado de por vida a la ducha escocesa que les lleva del entusiasmo a la decepción, y siempre con un poso de melancolía. En fin, ese síndrome bipolar propio y característico de las patrias.

Kepa Aulestia, en “Independentismo de oportunidad” (La Vanguardia, 10.7.2012), con un castellano barroco y espeso, no ahorra (des)calificativos para el independentismo catalán o vasco. Dice, por ejemplo “Euskadi se beneficia netamente de su pertenencia a España”. Lo cual puede traducirse en lenguaje llano como “Euskadi nos roba”. Y añade “Es la verdad incontrovertible que el nacionalismo más soberanista se empeña en soslayar”. O sea, que los indepes más voceras sobre esto no dicen ni mu. Pero Aulestia remata: “Lo mismo podría decirse de Cataluña”. Aquí los indepes sí dicen mu, y se inflaman, y se llenan la boca con el déficit fiscal: pero el cacareado déficit no es nada comparado con el beneficio de tener un mercado prácticamente cautivo como el de España. Suelen ironizar sobre las dificultades económicas de España, dando por supuesto que si Cataluña o Euskadi fuesen independientes tendrían unas economías boyantes, como los holandeses, o más. Pero Aulestia sabe -y los demás callan- que “una economía como la vasca, desenganchándose del Estado constitucional, acabaría en la deriva”. Lo mismo de la catalana, claro. Sobre el concierto y el cupo, lo califica de “ventajoso sistema que a vascos y navarros nos asegura el diferencial con el que operamos respecto al resto de las comunidades autónomas”. En cristiano: los vascos tienen un premio por ser vascos, y ese premio se lo pagamos los demás, como es debido a los hijosdalgo, título con el que les premió el rey de Castilla por su colaboración en la guerra contra Navarra. Una renta vitalicia, vamos. Y de la misma catadura que, pongamos, el derecho de pernada. Y además constitucional, para más risa. Tienen el gordo asegurado en la lotería de las Comunidades Autónomas. Y encima se jactan porque ese premio les pertenece por la historia y porque son especiales: porque “nosotros nos merecemos lo mejor”, por una especie de “derecho natural”. Porque “muchos catalanes y vascos se sienten agraciados por un saber hacer que los sitúa moralmente por encima de los ciudadanos de otras comunidades autónomas”.

Kepa (o sea Pedro, en hebreo Kefas) Aulestia es exmilitante de ETA(pm), salió de la cárcel por la Amnistía de 1977, y pertenece al cada vez más numeroso grupo de intelectuales a los que no amedrentan ni acallan los abertzales: como Onaindía, Uriarte, Savater, Gorriarán, Joseba Aguirre, Calleja y pocos más. En Cataluña el espeso silencio del “no t’emboliquis” (no te compliques) está más extendido. Boadella, Espada, Carreras, Tubau, Ovejero están expulsados a las tinieblas exteriores. ¿No es hora de reaccionar ya, periodistas, catedráticos, aunque sea por vergüenza torera?

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