Jesús Royo Arpón: De pitos y flautas

A partir de ahora, todos los rituales con himno serán pitables. Y si son pitables, no lo duden: serán pitados. Siempre habrá motivos para pitar en los rituales. 

Después de la pitada general del Barça-Athletic del sábado pasado, abrumadora como un chaparrón de septiembre, solo se me ocurre la respuesta de Bogart en Casablanca: siempre nos quedará la melancolía. Hemos pitado al himno de España y al Príncipe, se nos ha quedado bien el cuerpo, ha sido algo soberbio: estruendoso, ensordecedor, absoluto. Hemos dado un paso al frente, hemos saltado un muro. Y de repente el paisaje ha cambiado. No hay vuelta atrás. Como los asesinos de Dios que relata Nietzsche, debemos asumirlo y tirar para adelante. Tras haberlo hecho, quizá nos sobrevenga una pregunta, como un moscardón, como el papel que cae volando minutos después de un hundimiento: y ahora, ¿qué? A partir de ahora, todos los rituales con himno serán pitables. Y si son pitables, no lo duden: serán pitados. Siempre habrá motivos para pitar en los rituales. Lo cual significa que desaparecerán. O eso, o seremos expulsados de la comunidad de gentes que suelen guardar la compostura ante los himnos, minutos de silencio y solemnidades varias.

A los organizadores del acto (¡pita contra Espanya, pita per la independència!), la jugada les ha salido redonda: en el mayor recogimiento, cuando los guerreros anhelantes dedican un minuto para honrar al enemigo y al propio campo de batalla, los estrategas captaron que era el momento propicio para vender su mercancía: españanosroba, o somunanació, o mueraelborbón, o quéindignadoestoy, o vivaelnacionalsindicalismo, qué más da. Pero claro, el resultado sale a cuenta mientras los demás mantengan el rito, mientras siga la convención del silencio ante el himno. Si los demás dan por buena la pitada, entonces pierde toda la gracia. Si aceptamos que, en uso de su derecho de expresión, uno puede cargarse el silencio del himno, entonces no hay silencio, porque siempre habrá alguien que se crea autorizado a romperlo. Y si no hay silencio, no hay himno. Adiós al rito. ¿Se ha perdido algo? ¿Valía la pena mantener esa tontería de la contención antes de la lucha, y ante quien la preside?

En las tertulias de Cataluña, y supongo que en Euzkadi lo mismo, se solía argumentar que la política siempre fue con el deporte (yo pensaba: sobre todo en los fascismos), y que si España nos joroba, entonces estamos cargados de razones para hacer lo que nos salga del pito (yo pensaba: ¿Euskadi y Cataluña son las más jorobadas?), y que si el rey fue puesto por Franco, y que si Franco fusiló a Companys, etcétera. Excusas. Pero los más sutiles aducían un valor democrático fundamental: la libertad de expresión. Según ellos, hay que respetar a los que quieran silbar, como expresión libre de sus sentimientos. Lo dijo el presidente Rossell, y remató con un pase de pecho: faltaría más. Y ahí nos callamos todos. Sublime coartada. Pero no. Pitar el himno no tiene nada que ver con la libertad de expresión. A ver si nos aclaramos. El silencio y la inmovilidad cuando suena el himno es uno de los rituales de respeto de la sociedad, que no significan nada pero acordamos que es grave cargárselos, porque simbolizan la sumisión de todos a las mismas normas: el juego limpio, el respeto entre rivales. Si yo puedo pitar el himno de mi enemigo, entonces él puede pitar el mío: por eso acordamos que ningún himno es pitable. Con lo cual el respeto del himno es obligatorio, no es objeto de la libertad de expresión.

Nos hemos dado el gustazo de la pitada. Bien. Pero ¿eso cuánto nos va a costar? ¿Cuánto vamos a tener que pagar por ello?. De entrada, Cataluña y Euskadi, y España de rebote, hemos quedado como gente de poco fiar, listillos que se saltan las reglas y encima se ríen. También Zapatero se dio el gustazo de quedarse sentado ante la bandera americana. ¿Y cuánto nos costó su gesto a los ciudadanos? Con eso también cuentan los organizadores de la pitada: con que nadie les va a reclamar nada por los platos rotos. La factura, la pagaremos todos. A escote.

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