Diego Vega en La Voz de Bcn: Capital vs. Trabajo

Es fácil entrever los sectores que serán beneficiarios de esta nueva entrega de la deconstrucción del trabajo. Los negocios puramente financieros, los todopoderosos oligopolios, la banca, las telecomunicaciones y la llamada sociedad de la información, las cadenas de distribución, la industria energética, el ocio, las constructoras y los laberintos más sórdidos de la economía golfa recibirán mano de obra recién horneada al gusto de las tendencias neoliberales.

‘El último informe de Eurostat (2011) ha concluido que la media de los costes laborales en España (costes salariales por hora más otros costes como las cotizaciones a la Seguridad Social) son los más bajos de entre los análogos correspondientes a países destacados de la UE-27 y de la zona euro: 20,6 euros frente a 23,1 (UE), que incluye a los países del este de Europa, y frente a 27,6 (zona euro). A la vista está que queda completamente descartado buscar en el trabajo la causa de la crisis, del paro, de la falta de creación de empleo, del cierre de empresas’.

Los trabajadores españoles celebramos el pasado Primero de Mayo más dramático desde la reinstauración de la democracia. Recortes sociales, subida de las tasas de los servicios, impuestos mal aplicados (IRPF) o directamente regresivos (IBI, IVA), solapada privatización de las instituciones características del Estado del bienestar y, por encima de todo, una reforma laboral que nos devuelve a los tiempos de la Revolución Industrial.

El eco de las críticas al anterior Gobierno recubre el atropello tratando de ocultar el origen sistémico de la crisis y haciéndonos colar unos Presupuestos Generales del Estado rateros. Sin embargo, la embestida neoliberal a los derechos adquiridos de los trabajadores no sólo responde a la implementación de programas concretos, sino que presta su silueta a una nueva era oscura para la clase obrera.

La contraposición entre capital y trabajo revelada a través de la evolución de los salarios se observa vehementemente en la reforma, pero indicadores como la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística (INE) nos muestran datos significativos con anterioridad a la puesta de largo oficial de la crisis. En concreto, las rentas de trabajo han caído un 19%, desde los primeros años 80 del siglo XX, en su aportación a la riqueza generada y en relación con las rentas de capital.

Esta contraposición se corresponde con la pérdida de la independencia económica bajo las directrices del eje francoalemán (Unión Europea) y ha aumentado con la aplicación de los programas neoliberales confiados al PSOE y al PP por parte de sus mentores europeos. Con la sempiterna complicidad, tanto en el caso de los socialdemócratas como en el de los conservadores, de los partidos nacionalistas regionales mayoritarios. El hecho es que los salarios cayeron, entre 2000 y 2007 (el año cero de la crisis), en la misma proporción que se incrementó la tasa de ganancia del capital, en un 3,4%. A día de hoy, los beneficios empresariales superan a las rentas salariales: un 46,2% del PIB frente al mínimo histórico de un 46%.

La servidumbre al euro impide plantearse una devaluación, por lo que ahí se ha apuntalado el ataque a los salarios. El cierre de las viejas fábricas y la apertura de nuevos mercados (globalización) son el contexto de una depresión salarial que cursa con la destrucción del empleo y el crecimiento del ejército industrial de reserva (desempleados) que pugna por un puesto de trabajo, y de países y regiones de un mismo país que compiten entre sí por atraer inversiones. He aquí que una reforma para abaratar brutalmente el despido, como la reciente, se convierta en uno de los puntos negros de este proceso.

Entidades como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) o el Banco de España no son precisamente sospechosas de pretender soluciones revolucionarias, pero han aportado datos, referidos a antes de la crisis, en el primer caso, y a uno de los períodos álgidos de la misma (2010) en el segundo, que nos informan sobre el hundimiento de los salarios en clave de diferencias entre las rentas y desigualdad social. El factor coadyuvante definitivo es la galopante regresividad de un sistema tributario que grava terriblemente al grueso de la población y, en sentido inverso, exime a los más ricos.

La cuestión estriba en que el 70% de las rentas financieras está en manos de sólo un 10% de la población española, y un 1% de esas sagas burguesas posee cerca de la mitad de tales rentas. Estamos hablando de una clase social que detenta sociedades y fondos de inversión (instituciones de inversión colectiva, IIC), bancos, cajas y empresas, y que absorbe insultantes sueldos, pensiones y, principalmente, descomunales plusvalías generadas de la explotación directa de la clase trabajadora.

¿Acaso pueden justificarse los ajustes presupuestarios cuando estamos sometidos al pago draconiano de una deuda opaca, no auditada? ¿Pueden argumentarse los rescates públicos a la banca nacional y europea o esa suerte de tributos a los oligopolios como son las infladas tarifas eléctricas? ¿Cómo tomarnos un Plan de Lucha contra el Fraude que apenas persigue a los timadores de poca monta a la par que se abre una amnistía fiscal para el defraudador más poderoso y dañino?

Con objeto de buscar apoyos para su reforma laboral y, al mismo tiempo, realizar una mezquina jugada política, el Gobierno popular y sus altavoces han querido presentar la lucha de clases como un conflicto de la pequeña y la mediana empresa con sus trabajadores. Se pretende dar por sentado que las facilidades en el despido y la volatilidad de condiciones laborales como los mismos salarios van a ser determinantes en la salida de la crisis.

Sin embargo, se ignora flagrantemente que el mercado de trabajo tiene un impacto mucho menor en la competitividad de la economía que el modelo productivo o la falta de crédito. Se ignora que la supremacía del capital financiero unida a una industria y una tecnología decadentes y dependientes (las que nos impone la UE con el beneplácito de los partidos gobernantes) traban el futuro de un país, y que la suma del ataque al trabajo más los recortes en el bienestar de los ciudadanos conduce irremediablemente a su empobrecimiento y a la subsiguiente caída de la demanda de bienes y servicios.

Pero, por encima de todo, al mundo del trabajo le urge desmentir para siempre la ruidosa y pesada falacia que insiste en la supuesta rigidez del mercado laboral. En este sentido y en alusión directa a los salarios de los trabajadores, el último informe de Eurostat (2011), la oficina estadística de la Comisión Europea, ha concluido que la media de los costes laborales en España (costes salariales por hora más otros costes como las cotizaciones a la Seguridad Social) son los más bajos de entre los análogos correspondientes a países destacados de la UE-27 y de la zona euro: 20,6 euros frente a 23,1 (UE), que incluye a los países del este de Europa, y frente a 27,6 (zona euro). A la vista está que queda completamente descartado buscar en el trabajo la causa de la crisis, del paro, de la falta de creación de empleo, del cierre de empresas.

Por tanto, una vez desvanecidas las cortinas de humo, es fácil entrever los sectores que serán beneficiarios de esta nueva entrega de la deconstrucción del trabajo. Los negocios puramente financieros, los todopoderosos oligopolios, la banca, las telecomunicaciones y la llamada sociedad de la información, las cadenas de distribución, la industria energética, el ocio, las constructoras y los laberintos más sórdidos de la economía golfa recibirán mano de obra recién horneada al gusto de las tendencias neoliberales. Semejantes poderes fácticos seguirán siendo protagonistas de sobornos, chantajes y corruptelas de toda índole, de presiones sobre la política, de apropiación de prebendas y adquisición de privilegios con menoscabo de otros sectores y a expensas de las Administraciones públicas.

El adelgazamiento del Estado social, unido a una fiscalidad llena de agujeros, les libra del poco lastre que pudieran llevar consigo. Las PYME, aturdidas, contemplarán ante sí las consecuencias del libertinaje fiscal y comercial, y de la práctica liquidación del derecho laboral: la competencia desleal las irá borrando del mapa, y los autónomos y pequeños empresarios no tendrán más opción que formar parte de esta actual clase trabajadora reproletarizada o del ejército de desempleados.

 ‘La concentración de capitales se hace mayor, los capitalistas grandes arruinan a los pequeños y una fracción de los antiguos capitalistas se hunde en la clase de los obreros, que por obra de esta aportación padece de nuevo la depresión del salario y cae en una dependencia aún mayor de los pocos grandes capitalistas; al disminuir el número de capitalistas, desaparece casi su competencia respecto de los obreros, y como el número de éstos se ha multiplicado, la competencia entre ellos se hace tanto mayor, más antinatural y más violenta. Una parte de la clase obrera cae con ello en la mendicidad o la inanición tan necesariamente como una parte de los capitalistas medios cae en la clase obrera’ (Karl Marx, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, 1932).

Creación de monopolios, despótica fijación de cuotas de mercado, puestos de trabajo aplastados, derechos adquiridos que han pasado a mejor vida. ¿De qué sirve la victoria pírrica que supone bajar el sueldo o despedir a un empleado si apenas hay demanda en el contexto de una ciudadanía depauperada y de un mercado monopolizado por una élite? Los berridos de la canciller alemana Angela Merkel son asentidos por el obediente mandatario español Mariano Rajoy, pero tampoco Alemania debería de ser un ejemplo para los que todavía creen honestamente en esta Europa a varias velocidades.

El anterior Gobierno socialdemócrata de aquel país adelantó la agenda neoliberal que ahora aplican los democristianos, igual que nos ha pasado en España y ha ocurrido históricamente con la izquierda reformista. El país germano es, sin miedo a exagerar, otra sociedad fuertemente desigual (el 25% de los trabajadores es submileurista) que precariza laboral y socialmente a la población a través de las mismas medidas que estamos sufriendo los españoles (atraso de la edad de jubilación, recorte de pensiones y prestaciones, contratos basura, depresión salarial…) demostrando que la dialéctica de Estados matiza la lucha de clases sin excluirla en modo alguno. Casi tan sólo la herencia de las amplias conquistas sociales logradas durante años y, en primer lugar, la nervuda organización de los trabajadores alemanes de la gran industria está sirviendo de colchón. Vale la pena reflexionar profundamente sobre esto último.

Diego Vega es consultor laboral y miembro de Alternativa Ciudadana Progresista

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